El árbol ha entrado en mis manos,
la savia ha ascendido por mis brazos,
el árbol ha crecido en mi pecho—
hacia abajo,
las ramas brotan de mí, como brazos.
Eres árbol,
eres musgo,
eres violetas que el viento acaricia,
una niña —tan alta— eres,
y todo esto es incomprensible para el mundo.
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Canción putesca – Sylvia Plath
La blanca helada se acabó,
los sueños verdes nada valen,
tras un mal día de trabajo
llega el momento de la sucia puta:
su simple fama llena nuestra calle.
Todos los hombres:
blancos, rubicundos, negros
derivan hacia su forma desmañanada.
Fijaos, os pido, en esa boca
hecha para bofetadas
en ese rostro costuroso
sesgado a fuerza de pintarrajos, hondones, marcas,
violado por cada hosco año.
Ningún hombre se le acerca
que sea capaz de concentrar aliento
con que corcusir fuego de amor en tan fétida mueca
como apuntan
mis castísimos ojos
saliendo de charco, zanja, trago.
Esperando morir – Anne Sexton
Ahora que lo preguntas, no recuerdo muchos días.
Camino metida en un sobre sin sellos postales para este viaje.
Es así, que como una lujuria innombrable, soy devuelta.
Aun entonces, no tengo nada contra la vida.
Conozco bien los brotes de hierba que mencionas
Y los muebles de casa que pusiste bajo el sol.
Pero los suicidas tienen un lenguaje especial.
Así como los carpinteros quieren saber cuáles herramientas.
Ellos nunca preguntan para que construir
Dos veces simplemente me declaré a mí misma
Haber poseído al enemigo, haber devorado al enemigo,
Tomado sus artificios, su magia.
De esta forma, profunda, meditada
Tibia como agua o aceite
Me he quedado babeando por el agujero de la boca.
No pienso en mi cuerpo como si fuera un bordado.
Incluso la cornea y los residuos de orina se fueron.
Los suicidas están listos para traicionar al cuerpo.
Aun siendo abortos, no siempre mueren,
Pero deslumbrados, no pueden olvidar la dulce droga.
A la cual desde niños les gustaba mirar y sonreír.
¡introducir toda esa vida bajo tu lengua!
Eso, por sí mismo, se convierte en pasión.
La muerte es una osamenta triste; amoratada, tú lo dijiste,
Y ahora ella espera por mí año tras año,
Para deshacer delicadamente un viejo deseo.
Para vaciar mi aliento de esta mala prisión.
Haciendo un balance, los suicidas
Espejo – Sylvia Plath
Soy plateado y exacto. No tengo ideas preconcebidas.
Cualquier cosa que veo la engullo inmediatamente
Tal y como es, sin rastro de amor ni desprecio.
No soy cruel, sino sincero-
El ojo de un pequeño dios, con cuatro esquinas.
La mayor parte del tiempo medito sobre la pared de enfrente.
Es rosa, con motas. La he mirado durante tanto tiempo
Que la siento parte de mi corazón. Pero ella parpadea.
Las caras y la oscuridad nos separan una y otra vez.
Ahora soy un lago. Una mujer se inclina sobre mí,
Buscando en mi alcance lo que realmente es.
Luego se vuelve hacia esas mentirosas, las velas o la luna.
Veo su espalda y la reflejo fielmente.
Me recompensa con lágrimas y temblor de manos.
Soy importante para ella. Viene y va.
Cada mañana su rostro reemplaza la oscuridad.
En mí ha ahogado a una muchacha, y en mí una vieja
Se eleva hacia ella día tras día, como un terrible pez.
Soñando pechos – Anne Sexton
Madre,
extraño rostro de una diosa
sobre mi casa de leche,
el delicado asilo,
te consumí.
Toda mi necesidad te
tragó como una comida.
Lo que dabas
lo recuerdo en un sueño:
los brazos con las pecas me agobiaban,
la risa en algún sitio sobre mi gorro de lana,
los dedos sangrientos atando mis zapatos,
los pechos colgando como dos murciélagos
y después lanzados sobre mí,
agachándome.
Los pechos que conocí a medianoche
golpean en mí ahora como el mar.
Madre, meto abejas en mi boca
para evitar tragar
pero eso no te sirve de nada.
Al final te cortaron los pechos
y corrió leche de ellos
en la mano del cirujano
y él los abrazó.
Yo los tomé
y los planté.
Yo he puesto un candado
a tu alrededor, madre, querida muerta humana,
y tus grandes campanas,
los queridos ponis blancos,
pueden irse a galopar, galopar,
estés donde estés.
LA BALADA DE LA MASTURBADORA SOLITARIA – Anne Sexton
El final de la historia es siempre la muerte.
Ella es mi taller. Ojo resbaladizo,
fuera de la tribu de mi yo, mi aliento
encuentra tu ausencia. Asusto
a los que se quedan. Estoy harta.
A la noche, sola, me caso con la cama
Dedo por dedo, ella ahora es mía.
No está tan lejos. Es mi encuentro.
La toco como una campana. Me recuesto
en la enramada donde la solías montar.
Me tomabas sobre la colcha de flores.
A la noche, sola, me caso con la cama.
Por ejemplo esta noche, mi amor,
que todas las parejas se unen
en una volteada conjunta, arriba y abajo,
el dúo abundante en esponja y pluma,
empujando de rodillas, cabeza a cabeza.
A la noche, sola, me caso con la cama.
Así escapo de mi cuerpo,
un milagro molesto.¿Puedo
exhibir el mercado de los sueños?
Me abro. Me crucifico.
Mi ciruelita le decías.
A la noche, sola, me caso con la cama.
Después llegó mi rival de ojos negros.
La dama del agua, alzándose en la playa,
con un piano en la punta de los dedos, vergüenza
en los labios y una voz de flauta.
Y pasé a ser la escoba vieja.
A la noche, sola, me caso con la cama.
Te arrebató como se arrebata
un vestido de oferta del perchero
y yo me quebré como lo hacen las piedras.
Te devuelvo tus libros y las cañas de pescar.
El diario de hoy dice que se casaron.
A la noche, sola, me caso con la cama.
Chicos y chicas esta noche son uno.
Desabrochan blusas. Bajan cierres.
Se sacan los zapatos. Apagan la luz.
Los seres que brillan están llenos de mentiras.
Se comen unos a otros. Comen de más.
A la noche, sola, me caso con la cama.
Sur – Paul Auster
Tallado hasta ser blanco: el corazón
de bronce y la forma celeste
de nuestro invierno
gradual.
No lo olvides,
mi ser libre de sueños: yo también
vine a este mundo antes
que la nieve.
Es un mar una hora… – Emily Dickinson
Es un Mar una Hora
Entre algunos y yo —
Con ellos tendría Puerto —
De sombra a sombra – Paul Auster
Contra la fachada del atardecer:
sombras, fuego y silencio.
Ni siquiera silencio, sino su fuego,
la sombra
que arroja un respirar.
Para entrar en el silencio de este muro
debo dejarme atrás a mí mismo.
Fragmento desde el frío – Paul Auster
Porque nos volvemos ciegos
en el día que nace con nosotros,
y porque hemos visto a nuestro aliento
nublar
el espejo del aire,
el ojo del aire no se abrirá
sino en la palabra
hecha renuncia: el invierno
habrá sido un lugar
de madurez.
Nosotros, convertidos en los muertos
de otra vida que la nuestra.