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Al paso de los días – Enrique Molina

Durante cierto tiempo, sin saberlo quizás,
viví la vida cotidiana, en medio de moscas aberrantes
y gentes que decían "Buenos días", "Adiós"
o "Eres sin duda alguna miserable, y hasta cuándo
tu maldita costumbre de perder pie, tan lamentable".
Dedicado a trabajos absurdos, aunque a pesar de todo 
                            la vida cotidiana
fluía beso a beso, latido a latido,
no era ni luz ni 'sombra, y siempre había
personas muertas o remotas en el hogar.

                              Pero después
llegó la extraña vida, la insaciable, la insólita,
pendiente de un hilo, convirtiendo en pasión
toda cosa, en lugares de pájaros y olas,
                          quemándome las manos,
envenenada por el viento y el mar, una existencia
eminentemente escandalosa, con moscas y ruinas
y bocas que decían "Buenos días", "Adiós"
y extrañas ambiciones y maneras de morir,
todo exactamente igual a la vida cotidiana.

Lo perdido – Jorge Galán

Si abro los brazos y entonces corro
a través de una calle, una colina
o en medio de unos árboles,
mi corazón se inflama, no de emoción
sino de enfermedad. ¿Es eso envejecer?
La lentitud se vuelve una mujer
que abraza nuestras piernas.
Tan mínima al principio,
se torna más robusta cada invierno.
La golpeamos, pero jamás se queda atrás,
se vuelve otra madre
y jamás podemos deshacernos de ella.
Entonces la muerte es una silueta
al final de la calle una mañana.
El temblor en la mano dibuja esa silueta
en la región del aire frío.
Los orinales son motivo de odio.
La individualidad detesta a las amables enfermeras.
¿Qué pensaríamos del sol si necesitara
una o dos estrellas o incluso tres para encender el alba?
¿Acaso no nos compadeceríamos de él?
¿Acaso no dejaría de parecernos espléndido?
Nos parecería solo una mancha amarilla en el cielo,
casi como un llanto,
y entonces hablaríamos de otras épocas
y diríamos, con pesar y orgullo,
que alguna vez fue algo terrible.

Oremos – Carmen Jodra Davó

Líbranos de la pena porque ella
destroza el corazón larvadamente
y trae sombra a los ojos de los niños.

Líbranos de la dicha porque a ella
le siguen siempre penas que la hacen
aún más amarga que las penas mismas.

Líbranos del dolor que nos reduce
a tristes bestias de ojos humillados
que sólo buscan un rincón caliente.

Líbranos del placer que nos obliga
a creer que este mundo es dulce y bueno
justo hasta que salimos del encanto.

Líbranos del mal hado y la pobreza
que nos azotan con mano invisible
hasta que maldecimos nuestros nombres.

Líbranos del buen hado y la abundancia
que vierten la ponzoña gris del tedio
en la copa de oro del cinismo.

Aquella palabra – Elena Martín Vivaldi

Encontrar la palabra extraviada,
huida entre la noche. Doblemente
de mí perdida. Lejos. Ciegamente
la busca el corazón desde su nada.

De las demás iguales desterrada,
tiene el secreto de mi voz. Y fuente
de mi sentir. La quiero como ausente,
como antigua caricia y arraigada.

Diría, yo, si viene, verdadera
mi canción, que en las manos ya me grita
realidad, luz y su emoción primera.

Aguardo —sol de niebla— y desespero,
si, olvidada de mí, falta a la cita
donde, en la sombra, su retorno espero.

Joven desnuda ante el espejo – Joaquín Márquez

No salgas que hace frío.		
Deja a la noche donde está. Las fiestas		
son un engaño torpe por el que se acostumbran		
los cuerpos al cansancio. Quédate en ese aljibe		
ahora que eres tan joven, ahora que no hay madrastra		
capaz de conminarte a inclinar la sonrisa.		
No salgas que han dictado leyes contra la música		
de las ondulaciones, y cercenan gladiolos		
por todas las esquinas. Que han abierto el olvido		
y urgen, con agujeros, la piel de los zapatos.		
No salgas. No te asomes al balcón		
de ese traje de noche, o se te irán los pechos		
a cazar golondrinas por el país del mirto.		
Quédate en ese arroyo que se muerde la cola,		
que desemboca y nace para ti y tu desnudo.		
Deja sola a la noche columpiarse en su miedo.		
Deja a los bailarines que desangren sus tangos.		
Deja que el whisky archive su pena en los vencidos.		
Déjale libre el día a tu ángel de la guarda.		
Y sigue duplicándote para engañar al tiempo.		
No salgas. No hagas caso de guiños fluorescentes.		
Agárrate a ese espejo. Sujétate con clavos.		
Si sales esta noche te morirás de prisa.		
Que ya están escondidas por todos los rincones		
las ancianas que vienen a mustiar los espejos.