Archivo de la etiqueta: poesia

Triunfo de Eros – Sófocles

Eros incombatible en la batalla,
Eros, tú que te arrojas contra las fortunas
y en las mejillas tiernas de una joven
pasas toda la noche;
por el mar vas y vienes
y por los patios de los campesinos:
nadie es tu fugitivo, ni el inmortal ni el hombre
que sólo un día dura. El que a ti te posee
por la locura queda poseído.
Tú arrastras a la ruina las almas ya sin juicio
de los antes juiciosos
e incluso esta discordia has provocado
entre varones de una misma sangre.
Pero triunfa el deseo que irradia de los ojos
de una novia de lecho deseable.
Eros que participas del origen
de las leyes sagradas: sin resistencia juega
la divina Afrodita...

Voy a a arraigar en ti… – Ernestina de Champourcín

Voy a a arraigar en ti. Mis fuerzas más oscuras
remueven lentamente la tierra de tu alma.
Quisiera penetrarte y enraizar mi esencia
sobre la carne viva que nutre tu fervor.

Ahondaré en ti mismo y abrasará tu sangre
el fuego de la mía rebelde y soñadora.
Invadido por mí, derribarás la cumbre
que te aleja del cielo.

¿No sientes mis raíces? Tu tallo florecido,
ebrio de sí, eterniza mi cálida fragancia.
¡Irguiéndolo alzarás la copa de mi frente,
hasta volcar su zumo en los labios del sol!

El hijo de la noche – Aristófanes

Al principio existían el Caos y la Noche,
el negro Erebo, el Tártaro espacioso;
no existían la tierra, la atmósfera ni el cielo.
En el seno infinito del Erebo la Noche de alas negras
pone un huevo sin germen y, cumplidos los ciclos,
nace adorable Eros, con dos alas de oro brillándole en la espalda
igual a un torbellino de viento huracanado.
Y en el Tártaro inmenso, Eros unido al Caos de alas tenebrosas
engendró nuestra raza y la sacó a la luz.
No existía el linaje de los dioses
hasta que Eros mezcló los elementos
y unidos entre sí surgió el océano,
surgió el cielo y la tierra y la estirpe indestructible
de los dioses felices.

Ante el mar – Antonio Lucas

Detrás de tanta noche hereditaria
un hombre mira el mar de espaldas a lo vivo.
Confía en la aventura
de no tener delante más párpado que el agua.
Es alguien asomado a su extremo más mortal,
donde todo se libera de sentido.
Un hombre ya sin gozo ni trofeo.
Un hombre con la voz desordenada,
con la piel de muchos años como un alcohol fingido.

Está mirando el mar donde el mundo no merece más pretexto.
Es uno de nosotros, visible en lo invisible.
Un cuerpo con sus glóbulos, su prodigio, su sonido,
con su verdad que llega a oírse.
Un hombre sabiéndose irreal cuándo aún se siente cierto.
Un hombre ya implacable, con su estatura de fiebre,
con su atlas de espumas,
con la vida un poco aparte y derramando olvido.

Es exactamente así:

Pues cuando un hombre observa el mar
amplía la nostalgia de sí mismo.

Tirano de los hombres – Eurípides

Eros, Eros, tú que de los ojos el deseo destilas
y goce dulce inoculas en el alma
de aquellos contra quienes combates,
no te aparezcas nunca con dolor
ni llegues hasta mí desmesurado.
Porque el dardo del fuego y de los astros
no tiene más poder que el de Afrodita, el que arrojan las manos
de Eros, hijo de Zeus.

Vana, muy vanamente, a orillas del Alfeo
y en las moradas píticas de Apolo
la sangre de las víctimas nutre la tierra griega.
Pero a Eros, tirano de los hombres, el dueño de las llaves
de las gratas alcobas de Afrodita,
no solemos honrarlo: a él, que cuando llega,
aniquila y empuja a los mortales
por el centro de todas las desgracias.

Si mi amor es tan cauto que, a buscarte… – Susana March

Si mi amor es tan cauto que, a buscarte, prefiere
aguardar en la sombra tu primera llamada,
si mi tímido anhelo sabe apenas decirte
con torpe lengua el verso que me dicta la sangre.

Si no sé darle nombre a esta hoguera en que vivo,
ni logro desprenderme de mis cansados credos,
y ahuyento entristecida los rápidos corceles
que habrían de llevarme a tu sueño, a tus labios…

Si soy así, tan pobre, con mi cuerpo encendido,
encarcelado al vago fantasma de mi miedo,
el alma hecha jirones, batiendo sobre ella,
los pecados del mundo, tercamente, uno a uno…

Ven tú que desafías leyes, prejuicios, miedos;
tú, que llevas la vida sobre los hombros, ancha,
tú que arrasas montañas, que desnucas el mundo
con tu fuerza de macho sin fronteras ni angustias.

Lo mismo que las otras, yo te estoy esperando.
Sellada está mi boca; sellada mi ternura.
-¡Oh Dios, cómo rebosa este fuego, esta llama!-
Rompe tú todo sello, desgarra, libra, entra.