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EL BESO – PATRICIO DE LA ESCOSURA

Levantan en medio de patio espacioso
cadalso enlutado, que causa pavor:
un Cristo, dos velas, un tajo asqueroso
encima; y con ellos, el ejecutor.

En torno al cadalso se ven los soldados,
que fieros empuñan terrible arcabuz,
a par del verdugo, mirando asombrados
al bulto vestido del negro capuz.

«¿Qué tiemblas, muchacho, cobarde alimaña?
Bien puedes marcharte, y presto, a mi fe.
Te faltan las fuerzas, si sobra la saña;
por Cristo bendito, que ya lo pensé».

«Diez doblas pediste, sayón mercenario,
diez doblas cabales al punto te di.
¿Pretendas ahora negarte, falsario,
la gracia que en cambio tan sola pedí?».

«Rapaz, no, por cierto, ¡creí que temblabas!;
bien presto al que odias verasle morir».
Y en esto, cerrojos se escuchan y aldabas,
y puertas herradas se sienten abrir.

Salió el comunero gallardo, contrito,
oyendo al buen fraile que hablándole va.
Enfrente el cadalso miró de hito a hito,
mas no de turbarse señales dará.

Encima subido, de hinojos postrado,
al mártir por todos oró con fervor;
después, sobre el tajo grosero inclinado,
«El golpe de muerte», clamó con valor.

Alzada en el aire su fiera cuchilla,
volviéndose un tanto con ira el sayón,
al triste que en vano lidió por Castilla
prepara en la muerte crüel galardón.

Mas antes que el golpe descargue tremendo,
veloz cual pelota que lanza arcabuz,
se arroja al cautivo, «¡García!», diciendo,
el bulto vestido del negro capuz.

«¡Mi Blanca!», responde; y un beso, el postrero,
se dan, y en el punto la espada cayó.
Terror invencible sintió el sayón fiero,
cuando ambas cabezas cortadas miró.

La Infancia – Vicente Gallego

La infancia en mi memoria es un derroche,		
una inmensa fortuna en el desierto,		
una flor en las manos de un cosaco,		
un tiempo en que creí no tener nada		
y sin saberlo tuve lo más grande:		
esa firme creencia en que los años		
pondrían a mis pies el mundo entero.		
La infancia se parece a esos regalos		
que a los niños les hacen para luego,		
diciendo que los guarden, que algún día		
aprenderán sin duda a utilizarlos.		
La infancia es un regalo que disgusta		
porque uno no sabe de qué sirve,		
y, cuando al fin lo entiende, ya lo ha roto.

Ajedrez – Alejandra Pizarnik

todavía la enclítica no destruye
los peones reverentes ante él
millares de montañas
revientan exquisitas
delante del sol rojo
(no sol amarillo)
pensar innato en moldeadas rejas
torta trashumeante de vela sin fogón
quisiera ser masa lingüística
para cortarle la barba
ondas en preciosa lumbre
alzar bandera gratuita
kilómetros de nueces
y golpes en relevante torniquete

Humo – Alejandra Pizarnik

marcos rozados en callado hueso
agitan un cocktail humeante
miles de calorías desaparecen
ante la repicante austeridad
de los humos vistos de atrás
dos manos de trébol roto
casi enredan los dientes separados
y castigan las oscuras encías
bajo ruidos recibidos al segundo
los pelos ríen moviendo
las huellas de varios marcianos
cognac boudeaux-amarillento
rasca retretes sanguíneos
tres voces fonean tres besos
para mí para ti para mí
pescar la calandria eufórica
en chapas latosas
ascendente faena!

Sueño del marinero – Rafael Alberti

Yo, marinero, en la ribera mía,		
posada sobre un cano y dulce río		
que da su brazo a un mar de Andalucía,		

sueño en ser almirante de navío,		
para partir el lomo de los mares		
al sol ardiente y a la luna fría.		

¡Oh los yelos del sur! ¡Oh las polares		
islas del norte! ¡Blanca primavera,		
desnuda y yerta sobre los glaciares,		

cuerpo de roca y alma de vidriera!		
¡Oh estío tropical, rojo, abrasado,		
bajo el plumero azul de la palmera!		

Mi sueño, por el mar condecorado,		
va sobre su bajel, firme, seguro,		
de una verde sirena enamorado,		

concha del agua allá en su seno oscuro.		
¡Arrójame a las ondas, marinero:		
-Sirenita del mar, yo te conjuro!		

Sal de tu gruta, que adorarte quiero,		
sal de tu gruta, virgen sembradora,		
a sembrarme en el pecho tu lucero.		

Ya está flotando el cuerpo de la aurora		
en la bandeja azul del océano		
y la cara del cielo se colora		

de carmín. Deja el vidrio de tu mano		
disuelto en la alba urna de mi frente,		
alga de nácar, cantadora en vano		

bajo el vergel añil de la corriente.		
¡Gélidos desposorios submarinos		
con el ángel barquero del relente		

y la luna del agua por padrinos!		
El mar, la tierra, el aire, mi sirena,		
surcaré atado a los cabellos finos		

y verdes de tu álgida melena.		
Mis gallardetes blancos enarbola,		
¡oh marinero!, ante la aurora llena		

¡y ruede por el mar tu caracola!

Agua de lumbre – Alejandra Pizarnik

                      Sí. Llueve...
el cielo gime montones desteñidos
sombras mojadas recogen sus trozos
cavidades barrosas tremendas
mezquinas gotas de agua sulfurada
si bien no sé cómo recojo las masas
de ver si me agita la pálida lumbre
tremendo espesor de perros y gatos
las gotas siguen

Epitafio – Eloy Sánchez Rosillo

Detened, caminantes, vuestros pasos.
Sabed que aquí reposa alguien que amara mucho
La hermosura del mundo: los árboles, los libros,
La música, el verano, las muchachas.
No preguntéis quién fue, ni desde cuándo
Es ya silencio, olvido de las cosas.
En la tierra que cubre sus despojos
Plácidamente descansad un rato.
Y proseguid después vuestro camino
Bajo el propicio sol que en su noche os desea.