Entra la luz hoy en el cuarto como entraba la otra tarde. Y no nos ve aquí juntos de nuevo: no has venido. Yo puedo recordarte. Y te recuerdo, a solas, en esta habitación —llena de nada ahora— que entonces compartimos. Las palabras que hablamos, la música, tu risa, y lo que entre nosotros sucedió en esas horas, siguen viviendo en mí.
Pero la luz no te recuerda, porque la luz ama el presente. Regresa sin memoria a la estancia vacía. Y ya no sabe que se enredó en tu pelo y que brilló en tus ojos, que, a la vez que mis manos minuciosas, anduvo despacio por tu cuerpo.
No, la luz no recuerda haber estado aquí, contigo, con nosotros. Llega, alegre y dorada, al lugar en que ardiera la otra tarde la vida. Y únicamente encuentra en su silencio a un hombre recordando, recordándote: un hombre triste, y derrotado, y solo.