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Como un ala negra – Manuel Altolaguirre

Como un ala negra de aire
desprendida de hombro alto,
cuerpo de un muerto reflejo
en duras tierras ahogado,
la sombra quieta, tendida,
flota sobre el liso campo.

La nube, sombra en el viento
de la sombra, flor sin tallo,
de la amplia campana azul
adormecido badajo,
techo azul y suelo verde
tiene en la tarde de mayo.

Como una rama de almendro
el horizonte nublado.

La sombra quieta, tendida,
flota sobre el liso campo,
cuerpo de un muerto reflejo
en duras tierras ahogado.

Monstruos – Dámaso Alonso

Todos los días rezo esta oración
al levantarme:
Oh Dios,
no me atormentes más.
Dime qué significan
estos espantos que me rodean.
Cercado estoy de monstruos
que mudamente me preguntan
igual, igual que yo les interrogo a ellos.
Que tal vez te preguntan,
lo mismo que yo en vano perturbo
el silencio de tu invariable noche
con mi desgarradora interrogación.
Bajo la penumbra de las estrellas
y bajo la terrible tiniebla de la luz solar,
me acechan ojos enemigos,
formas grotescas me vigilan,
colores hirientes lazos me están tendiendo:
¡son monstruos,
estoy cercado de monstruos!
No me devoran.
Devoran mi reposo anhelado,
me hacen ser una angustia que se desarrolla a sí misma,
me hacen hombre,
monstruo entre monstruos.

No, ninguno tan horrible
como este Dámaso frenético,
como este amarillo ciempiés que hacia ti clama con todos sus tentáculos
enloquecidos,
como esta bestia inmediata
transfundida en una angustia fluyente,
no, ninguno tan monstruoso
como esta alimaña que brama hacia ti,
como esta desgarrada incógnita
que ahora te increpa con gemidos articulados,
que ahora te dice:
«Oh Dios,
no me atormentes más,
dime qué significan
estos monstruos que me rodean
y este espanto íntimo que hacia ti gime en la noche».

Más verdad – Jorge Guillén

Sí, más verdad,
Objeto de mi gana.

Jamás, jamás engaños escogidos.

¿Yo escojo? Yo recojo
La verdad impaciente,
Esa verdad que espera a mi palabra.

¿Cumbre? Sí, cumbre
Dulcemente continua hasta los valles:
Un rugoso relieve entre relieves.
Todo me asombra junto.
Y la verdad

Hacia mí se abalanza, me atropella.
Más sol,
Venga ese mundo soleado,

Superior al deseo
Del fuerte,
Venga más sol feroz.

¡Más, más verdad!

Brisa loca – Juan Larrea

Un esplendor sin velos en el hueco del aire
¿quién no ama a las gaviotas que desprenden tus buenos modales?
quemando impaciencias en el corazón del mar
deja ondear el ritmo de una veleta altanera
por otra parte nada es más digno de ti que
el pudor de un párpado humedecido

(pero tú te equivocas de
tristeza y de lámpara
soñadora
pequeña casa gris
tristeza de la lámpara
de las abnegaciones en el fondo marítimas
por una extraña coincidencia
camisa gris apenas
con toda el alba esencial de una botadura de barco
me  deslizo camisa
hacia el infinito
me deslizo
camisa
con placer)

Sueño del marinero – Rafael Alberti

Yo, marinero, en la ribera mía,		
posada sobre un cano y dulce río		
que da su brazo a un mar de Andalucía,		

sueño en ser almirante de navío,		
para partir el lomo de los mares		
al sol ardiente y a la luna fría.		

¡Oh los yelos del sur! ¡Oh las polares		
islas del norte! ¡Blanca primavera,		
desnuda y yerta sobre los glaciares,		

cuerpo de roca y alma de vidriera!		
¡Oh estío tropical, rojo, abrasado,		
bajo el plumero azul de la palmera!		

Mi sueño, por el mar condecorado,		
va sobre su bajel, firme, seguro,		
de una verde sirena enamorado,		

concha del agua allá en su seno oscuro.		
¡Arrójame a las ondas, marinero:		
-Sirenita del mar, yo te conjuro!		

Sal de tu gruta, que adorarte quiero,		
sal de tu gruta, virgen sembradora,		
a sembrarme en el pecho tu lucero.		

Ya está flotando el cuerpo de la aurora		
en la bandeja azul del océano		
y la cara del cielo se colora		

de carmín. Deja el vidrio de tu mano		
disuelto en la alba urna de mi frente,		
alga de nácar, cantadora en vano		

bajo el vergel añil de la corriente.		
¡Gélidos desposorios submarinos		
con el ángel barquero del relente		

y la luna del agua por padrinos!		
El mar, la tierra, el aire, mi sirena,		
surcaré atado a los cabellos finos		

y verdes de tu álgida melena.		
Mis gallardetes blancos enarbola,		
¡oh marinero!, ante la aurora llena		

¡y ruede por el mar tu caracola!

El mal invitado – Pedro Salinas

Quedarme aquí
en esta casa
donde estoy de paso.
Y lo que cogen los ojos
con torpe prisa de avaro
—ángulo, relumbre en sombra,
hoja y cielo en la almohada—,
visto al fulgor del momento,
y lo agavillan ansiosos
para llevárselo,
verlo despacio,
a luz de sol y de luna,
a luz de estío y otoño,
a luz de goce y de pena.
Verlo tanto
que esto que me queda ahora
clavado e inolvidable
como el más alto cantar,
esto, que nunca se olvidará
en mí porque fue del tiempo,
de tan mío, de tan visto,
de tan descifrado, fuera,
eternidad, lo olvidado.

Madrigal a la ciudad de Santiago – Federico García Lorca

Llueve en Santiago
Mi dulce amor.
Blanca camelia del aire
brilla su tiniebla al sol.

Llueve en Santiago
por la noche oscura.
Hierbas de plata y de sueño
cubren la desierta luna.

Mira la lluvia en la calle,
queja de piedra y cristal.
Mira el viento desvaído
surco y ceniza tu mar.

Surco y ceniza tu mar,
Santiago, lejos del sol.
Agua de mañana antigua
temblando en mi corazón.

Me estás enseñando a amar… – Gerardo Diego

Me estás enseñando a amar.
               Yo no sabía.
Amar es no pedir, es dar,
               noche tras día.

La Noche ama al Día, el claro
               ama a la Oscura.
Qué amor tan perfecto y tan raro.
               Tú mi ventura.

El Día a la Noche alza, besa
               sólo un instante.
la Noche al Día -alba, promesa-
               beso de amante.

Me estás enseñando a amar.
               Yo no sabía.
Amar es no pedir, es dar.
               Mi alma, vacía.

Oda – Luis Cernuda

La tristeza sucumbe, nube impura
Alejando su vuelo con sombrío
Resplandor indolente, languidece
Perdiéndose a lo lejos, leve, oscura.
El furor implacable del estío
Toda la vida espléndida estremece
Y profunda la ofrece
Con sus felices horas,
Sus soles, sus auroras,
Delirante, azulado torbellino.
Desde la luz, el más puro camino,
Con el fulgor que pisa compitiendo
Vivo, bello y divino,
Un joven dios avanza sonriendo.

¿A qué cielo natal, ajeno ausente
Le niega esa inmortal presencia esquiva,
Ese contorno tibiamente pleno?
De mármol animado quiere, y siente;
Inmóvil pero trémulo se aviva
Al soplo de un purpúreo anhelar lleno.
El dibujo sereno
Del desnudo tan puro
En un reflejo duro
Copia la luz que mira su reposo.
Y levantando el bulto prodigioso
Desde el sueño remoto donde yace,
Destino poderoso,
A la fuerza suprema firme nace.

Pero ¿es un dios? El ademán parece
Romper de su actitud la pura calma
Con un gesto de muda melodía
Que luego suspendido no perece;
Silencioso más vívido, con alma,
Mantiene sucesiva su armonía
El dios que traslucía
Ahora olvidado yace;
Eco suyo renace
El hombre que ninguna nube cela.
La hermosura diáfana no vela
Ya la atracción humana ante el sentido;
Y su forma revela
Un mundo eternamente presentido.

Qué prodigiosa forma palpitante,
Cuerpo perfecto en el vigor primero,
En su plena belleza tan humano.
Alzando su contorno triunfante
Sólido sí, mas ágil y ligero,
Abre la vida inmensa ante su mano.
Todo el horror en vano
A esa firmeza entera
Con sus sombras quisiera
Derribar de tan fúlgida armonía.
Pero acero obstinado, sólo fía
En sí mismo ese orgullo tan altivo;
Claramente se guía
Con potencia admirable, libre y vivo.

Cuando la fuerza bella, la destreza
Despliega en la amorosa empresa ingrata
El cuerpo; cuando trémulo suspira;
Cuando en la sangre, oculta fortaleza,
El amor desbocado se desata,
El labio con afán ávido aspira
La gracia que respira
Una forma indolente;
Bajo su brazo siente
Otro cuerpo de lánguida blancura
Distendido, ofreciendo su ternura,
Como cisne mortal entre el sombrío
Verdor de la espesura,
Que ama, canta y sucumbe en desvarío.

Mas los tristes cuidados amorosos
Que tercamente la pasión reclama
De quien la vida entre sus manos deja,
El tierno lamentar, los enojosos
Hastíos escondidos del que ama
Y tantas lentas lágrimas de queja,
El azar firme aleja
De este cuerpo sereno;
A su vigor tan pleno
La libertad conviene solamente,
No el cuidado vehemente
De las terribles y fugaces glorias
Que el amor más ardiente
Halla en fin tras sus débiles victorias.
Así en su labio enamorada nace
Un ala luminosa dilatando
Por el viril semblante la alegría.
Y la antigua tristeza ya deshace,
Desde el candor primero gravitando,
La amargura secreta que nutría.
El cuerpo sólo fía
En su bella destreza,
En su divina fuerza
Que por los tensos músculos remueve.
Y a la orilla cercana, al agua leve,
La forma tras la extraña imagen salta;
Relámpago de nieve
Bajo la luz difusa de tan alta.

Sonriente, dormida bajo el cielo,
Soñaba el agua mientras fluye lenta,
Idéntica a sí misma y fugitiva.
Mas en tumulto alzándose, en revuelo
De rota espuma, al nadador ostenta
Ingrávido en su fuga a la deriva.
Y la forma se aviva
Con reflejos de plata;
Ata el río y desata,
En transparente lazo mal seguro,
Aquel rumbo veloz entre su oscuro
Anhelar ya resuelto en diamante.
La luz, esplendor puro,
Cálida envuelve al cuerpo como amante,

Un frescor sosegado se levanta
Hacia las hojas desde el verde río
Y en invisible vuelo se diluye.
La sombra misteriosa ya suplanta
Entre el boscaje ávido y sombrío
A la luz tan diáfana que huye.
Y la corriente fluye
Con un rumor sereno;
Todo el cielo está lleno
Del trinar que algún pájaro desvela.
El bello cuerpo en pie, desnudo cela,
Bajo la rama espesa, entretejida
Como difícil tela,
Su cegadora nieve estremecida.

Oh nuevo dios. Su deslumbrante brío
El crepúsculo vuelve vagoroso
En perezosa gracia seductora.
Todo el fúlgido encanto del estío
El fatigado bosque rumoroso
Con reposo vacío lo evapora.
Vana y feliz la hora
Al sopor indolente
Se abandona; no siente
La silenciosa y lánguida hermosura.
Por la centelleante trama oscura
Huye el cuerpo feliz casi en un vuelo,
Dejando la espesura
Por la delicia púrpura del cielo.