QUISIERA perseguir algún poema
que hablase de mis noches, nuestra noche,
la misma noche cálida de rostros conocidos,
en el mismo rincón, ya no hace falta
preguntar lo que bebe cada uno.
Escribir, por ejemplo, puedo cerrar los ojos
y todo sigue igual, abro despacio
la puerta fría de color madera,
intimidad con humo de luz almacenada,
y risas en el fondo,
y una voz que denuncia mi costumbre
de llegar siempre tarde.
Escribir, por ejemplo, son ahora
mucho menos frecuentes estas noches,
y recuerdan inviernos negociados
con renta de amistad,
y tienen algo
de temblor fugitivo.
Las caras han cambiado, saben cosas
y se parecen más a nuestras vidas.
Escribir, por ejemplo, que los ojos,
cuando pasa la noche y en la calle
duele la luz del alba,
tienen otra manera de mirarse,
un modo más avaro de pensar
en los años, los meses, las semanas,
los días y las horas.
Noche eterna, tal vez
será mejor llamarte reincidente.
La atracción de la piedra imán -Rocío Arana
UN segundo tan solo y para siempre,
lo nunca visto, lo que brilla oscuro,
secreto, tan sin nombre de llamarlo,
y deslumbrante hiere, y no se marcha.
Basta un tenue segundo
de sol incandescente y doloroso
para encender el mundo, puro incendio.
Ese dardo feroz y luminoso
es lo que mueve el mundo de un poeta.
Un segundo que puede corromperte
o llenarte de lluvia soleada:
lo mismo que te abisma te da a luz.
Yo amo a una mujer – Elvira Sastre
Yo amo a una mujer
que me incomoda, que me
hace cuestionar los tamaños de
los planetas cuando choca contra
el mío y no se mueve.
Yo amo a una mujer
que es silencio, a quien solo
entiendo cuando no habla o
cuando lo hace tan despacio que
le respondo en un sitio diferente.
Yo amo a una mujer
que sufre, que sabe llorar y eso
me gusta, que sabe callar y eso
es necesario, que sabe gritar solo
donde hace falta y eso, eso la hace cierta.
Yo amo a una mujer
que no me obliga, que sabe saltar
y caer en otro sitio, que no se queda
en los lugares que la dañan, que me
deja dormir con mi tristeza y despertar con ella.
Yo amo a una mujer
que escoge las palabras, que las cuida
y acaricia igual que a mis problemas,
que las repasa con el mismo dedo
con el que se quita la lágrima el día en el que
todo es demasiado. Una mujer
que respeta las letras y sabe colocar
los espacios necesarios, una mujer
que me enseña cómo respira el aire.
Yo amo a una mujer
con un idioma propio, que se inventa
mis preguntas, que me clava las uñas
solo para salir a coger aire, una mujer
que tiene en su lengua el único idioma que conozco.
Yo amo a una mujer
que me ama, y eso es solo coincidencia,
eso es solo un acierto colocado a tiempo
por las montañas que nos rodean,
ni siquiera es suerte, no,
eso es solo lo que le contaré a mi futuro
cuando mi pasado pregunte por qué ella,
por qué tan fácil.
Yo amo a una mujer
que me ama
porque la mujer que yo amo
es mucho más que todo esto.
Amor – Carmen Conde
Ofrecimiento.
Acércate.
Junto a la noche te espero.
Nádame.
Fuentes profundas y frías
avivan mi corriente.
Mira qué puras son mis charcas.
¡Qué gozo el de mi yelo!
Padre nuestro – Nicanor Parra
Padre nuestro que estás en el cielo
lleno de toda clase de problemas
con el ceño fruncido
como si fueras un hombre vulgar y corriente
no pienses más en nosotros.
Comprendemos que sufres
porque no puedes arreglar las cosas.
Sabemos que el Demonio no te deja tranquilo
desconstruyendo lo que tú construyes.
Él se ríe de ti
pero nosotros lloramos contigo:
no te preocupes de sus risas diabólicas.
Padre nuestro que estás donde estás
rodeado de ángeles desleales
sinceramente: no sufras más por nosotros
tienes que darte cuenta
de que los dioses no son infalibles
y que nosotros perdonamos todo.
Busca y anhela el sosiego… – Rosalía de Castro
Busca y anhela el sosiego…
mas… ¿quién le sosegará?
Con lo que sueña despierto,
dormido vuelve a soñar.
Que hoy como ayer, y mañana
cual hoy, en su eterno afán,
de hallar el bien que ambiciona
-cuando sólo encuentra el mal-,
siempre a soñar condenado,
nunca puede sosegar.
Ahora que ya no ofrezco – Antonio Hernández
Ahora que ya no ofrezco a su seno la rosa
que la niñez entrega, ni la gracia me fluye
como de un arriate el color y el aroma,
ahora, cuando soy como un cero a la izquierda
de la pureza, ahora
que no tengo ya lengua sino para cantar
ahogado cuanto un día me dejé entre sus cosas,
a un paso de la muerte y un paso de la vida,
en medio de la tumba y de la luz, es gloria
pensar que me arrodillo en mi río y con agua
bendita me persigno, me confieso de toda
ausencia y, perdonado, tomo la luz, los aires,
el sol, la brisa, el mar de allí, como quien toma
en un domingo claro que es orilla de un dios
la eternidad de un día de la sagrada forma.
Deseo de venganza – Gertrudis López de Avellaneda
¡Del huracán espíritu potente,
rudo como la pena que me agita!
¡Ven, con el tuyo mi furor excita!
¡Ven con tu aliento a enardecer mi mente!
¡Que zumbe el rayo y con fragor reviente,
mientras -cual a hoja seca o flor marchita-
tu fuerte soplo al roble precipita.
roto y deshecho al bramador torrente!
Del alma que te invoca y acompaña,
envidiando tu fuerza destructora,
lanza a la par la confusión extraña.
¡Ven… al dolor que insano la devora
haz suceder tu poderosa saña,
y el llanto seca que cobarde llora!
El Coloso – Sylvia Plath
Nunca he de conseguir repararte del todo,
Armado, pegado y propiamente ensamblado.
Rebuznos, gruñidos y cacareos indecentes
Emanan de tus enormes labios.
Es peor que en un corral.
Quizás te consideras a ti mismo un oráculo,
Vocero de los muertos o de uno que otro dios.
Treinta años ya he trabajado
Para dragar el sedimento de tu garganta.
No he aprendido nada.
Trepando pequeñas escaleras con botes de pegamento y baldes de Lysol
Me arrastro cual hormiga enlutada
Sobre la extensa maleza de tu ceño
Para arreglar tus inmensas placas craneales y limpiar
Los blancos, desnudos túmulos de tus ojos.
Un cielo azul sacado de la Orestiada
Se arquea sobre nosotros. Oh padre, enteramente tú mismo
Eres tan sentencioso y antiguo como el Foro Romano.
En una colina de cipreses negros saco mi almuerzo.
Tus huesos acanalados y tu cabello de acanto están desordenados
En su anciana anarquía hasta el horizonte.
Tomaría más que la caída de un rayo
Para producir una ruina tal.
Por las noches, me encuclillo en la cornucopia
De tu oreja izquierda, alejada del viento,
Contando las estrellas rojas y esas otras del color de las ciruelas.
El sol sale bajo el pilar de tu lengua.
Mis horas están amarradas a la sombra.
Ya no escucho más que el rasguño de una quilla
Contra las piedras lisas del embarcadero.
Envío – Claudia Lars
Sobre tu blanca huella mi camino;
mi siempre andar sobre tu luz en fuga.
Con ecos, con taludes, con mareas,
y este nombre del alma en mi aventura.
Aquí… para llegar hasta tu reino,
escuchando la voz que no se escucha;
cayendo en estas noches de mi paso
y amaneciendo clara por tu ayuda.
Llevo en el corazón tu guerra eterna:
la guerra del que anuncia y del que busca.
Estoy, bajo mi cuerpo de vergüenzas,
formando un ángel con la sangre pura.
Por eso muestro aquella casa ciega
y el diurno puente en medio de las lunas.
Por eso voy a la montaña libre
que define mi tierra de criatura.
Torbellinos de amor me han detenido,
pero en amor hallé la vía oculta.
No se borró el secreto del gran sueño
ni se cansaron nunca las preguntas.
Se cuenta el viaje sin decir en dónde
está el arribo, la silente música.
Ni la memoria sabe lo que pierde
ni la palabra pesa lo que junta.
Ya tengo la canción, ya se me rinde;
ya combato en su llama tan desnuda.
El ardiente mensaje está en mi lengua
para entregarlo como cosa tuya.
¡Oh Cristóforo mío, de tu marcha
salgo yo… la pequeña, la nocturna!
Subiré por la escala de tu fuego
sin traicionar mi estremecida ruta.