Partir
en cuerpo y alma
partir.
Partir
deshacerse de las miradas
piedras opresoras
que duermen en la garganta.
He de partir
no más inercia bajo el sol
no más sangre anonadada
no más fila para morir.
He de partir
Pero arremete ¡viajera!
Partir
en cuerpo y alma
partir.
Partir
deshacerse de las miradas
piedras opresoras
que duermen en la garganta.
He de partir
no más inercia bajo el sol
no más sangre anonadada
no más fila para morir.
He de partir
Pero arremete ¡viajera!
Ese instante que no se olvida
Tan vacío devuelto por las sombras
Tan vacío rechazado por los relojes
Ese pobre instante adoptado por mi ternura
Desnudo desnudo de sangre de alas
Sin ojos para recordar angustias de antaño
Sin labios para recoger el zumo de las violencias
perdidas en el canto de los helados campanarios.
Ampáralo niña ciega de alma
Ponle tus cabellos escarchados por el fuego
Abrázalo pequeña estatua de terror.
Señálale el mundo convulsionado a tus pies
A tus pies donde mueren las golondrinas
Tiritantes de pavor frente al futuro
Dile que los suspiros del mar
Humedecen las únicas palabras
Por las que vale vivir.
Pero ese instante sudoroso de nada
Acurrucado en la cueva del destino
Sin manos para decir nunca
Sin manos para regalar mariposas
A los niños muertos
ya comprendo la verdad
estalla en mis deseos
y mis desdichas
en mis desencuentros
en mis desequilibrios
en mis delirios
ya comprendo la verdad
ahora
a buscar la vida
Alza tus brazos,
ellos encierran a la noche,
desátala sobre mi sed,
tambor, tambor, mi fuego.
Que la noche nos cubra con una campana,
que suene suavemente a cada golpe del amor.
Entiérrame la sombra, lávame con ceniza,
cávame del dolor, límpiame el aire:
yo quiero amarte libre.
Tú destruyes el mundo para que esto suceda
tu comienzas el mundo para que esto suceda.
Oveja descarriada, dijeron por ahí.
Oveja descarriada. Los hombros encogí.
En verdad descarriada. Que a los bosques salí;
estrellas de los cielos en los bosques pací.
En verdad descarriada. Que el oro que cogí
no me duró en las manos y a cualquiera lo di.
En verdad descarriada, que tuve para mí
el oro de los cielos por cosa baladí.
En verdad descarriada, que estoy de paso aquí.
Nadie está, aunque parezca estar, en el mundo.
Como cuando en el agua lisa y resplandeciente
cae una piedra que llena el aire con su eco,
igual el todo, permanencia inmóvil,
se abre y se cierra con cada nudo, fugaz, de acaecer.
Ruidos de agua. Y silencio, después,
en un lugar arcaico y sin orillas.
En esta tarde de oro, dulce, porque supongo
que la vida es eterna, mientras desde los pinos
las dulces flautas suenan de alados inquilinos,
siento, desconocido, que en tu ser me prolongo.
Los encantados ojos en tu recuerdo pongo:
¿Quién te acuñó los rasgos en moldes aquilinos
y un sol ardiente y muerto te puso en los divinos
cabellos, que se ciñen al recio casco oblongo?
¿Quién eres tú, el que tienes en los ojos lejanos
el brillo verdinegro de los muertos pantanos,
en la boca un gran arco de cansancio altanero,
y a mi pesar arrastras, colgante de tu espalda,
como un manto purpúreo o una roja guirnalda,
por la ciudad del Plata mi corazón de acero?
Hay que incendiar a la poesía
y cantar luego
con las cenizas útiles
Inaccesible al viento que suspira
por apagar la luz de su cabello,
inaccesible al pálido destello
de la estrella lejana que la mira.
Inaccesible al agua que delira
por llegar a la orilla de su cuello,
inaccesible al sol y a todo aquello
que alrededor de su persona gira,
la doncella en su mundo de diamante
inclina la cabeza lentamente
para escuchar en el remoto mundo:
el eco de un latido muy distante,
la resonancia de una voz ausente
y el sonido de un paso vagabundo.
El silencio que queda entre dos palabras
no es el mismo silencio que envuelve una cabeza cuando cae,
ni tampoco el que estampa la presencia del árbol
cuando se apaga el incendio vespertino del viento.
Así como cada voz tiene un timbre y una altura,
cada silencio tiene un registro y una profundidad.
El silencio de un hombre es distinto del silencio de otro
y no es lo mismo callar un nombre que callar otro nombre.
Existe un alfabeto del silencio,
pero no nos han enseñado a deletrearlo.
Sin embargo, la lectura del silencio es la única durable,
tal vez más que el lector.