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Invitación al regreso – Luis García Montero

Quien conozca los vientos, quien de la lejanía
haga una voz donde guardar memoria,
quien conozca la piel de su desnudo
como conoce el rastro de su nombre,
y no le tenga miedo, y le acompañe
más allá del invierno encerrado en sus sílabas,
quien todo lo decida sin la noche,
de golpe, como un beso,
que suba entre la niebla por el puente,
que le roce los dedos a su propio vacío,
que salga al mar, que pierda
el temor de alejarse.

En la debilitada
sombra violeta de las olas,
mientras se van hundiendo con el puerto
los antiguos letreros y las luces,
flotarán esperando
nuestras conversaciones en el agua.
Serán el obligado desengaño
que con la brisa caiga desde la arboladura,
devolviendo al recuerdo
la tempestad de hablar
o palabras partidas como mástiles.
Porque los sueños dejan
igual que los naufragios algún resto,
con maderas y cuerpos hundidos en las sábanas,
llenos de dominada libertad.

No es la ciudad inmunda
quien empuja las velas. Tampoco el corazón,
primitiva cabaña del deseo,
se aventura por islas encendidas
en donde el mar oculta sus ruinas,
algas de Baudelaire, espumas y silencios.
Es la necesidad, la solitaria
necesidad de un hombre,
quien nos lleva a cubierta,
quien nos hace temblar, vivir en cuerpos
que resisten la voz de las sirenas,
amarrados en proa,
con el timón gimiendo entre las manos.

Aléjate de allí, vayamos lejos,
sin la ilusión que llama desesperadamente,
sin el dolor que asume su decencia.
La piel, mi piel, los vientos
han preguntado tanto en las orillas,
tanto se han estrellado por ciudades y pechos,
que no conocen patrias ni las cantan,
no recuerdan naciones,
sólo pueblos.

Yo sé que su regreso
es el nuestro sin duda. Porque con voz humana,
como marinos viejos,
sobre el desdibujado dolor de sus espaldas,
vendrán para decirnos:
es el tiempo,
dejémonos volver con la marea.

El coraje y la fuerza del crepúsculo
os llevarán al fondo de lo ya conocido,
y veremos fragatas sobre los charcos negros,
pero la silueta desdoblada de un niño
no será frágil ni tendrá cansancio.

Así, después del viaje,
sorprendidos y mudos delante del fantasma,
mientras surgen despacio con el puerto
los antiguos letreros y las luces,
oiremos la canción de los que llegan,
de los que pisan tierra cuando han sido
durante muchos días esperados.

Y el mar, el dulce mar tan trágico,
a su propia distancia sometido,
sabrá dejar escrito
que el viaje nunca fue nuestro tesoro,
ni tampoco el dolor famoso en los poemas,
sino los sueños puestos en la calle,
los lechos y su bruma,
al despertar de tantas noches largas
donde sólo pudimos presentir,
hablar de los deseos en la sombra.

Al lado de tu pelo, capital de los vientos,
la historia en dos, el ruido de las lágrimas,
tienen que ser pasado necesario,
alejada miseria,
cosas para contar después de algunos años,
si es que alguien pregunta por nosotros.

Aunque también, y necesariamente,
entre la baja noche y esta casa
donde suelo escribir,
yo esperaré los labios
que con llamada extraña de nuevo me pregunten:

¿Prisionero de amor, para quién llevas
un hombro de cristal y otro de olvido?

Las lágrimas – Juan Gil-Albert

 

Las lágrimas son el vino de los ángeles.
San Bernardo

Un día el hombre vio llorar al ángel.
Algo había pasado en los espacios,
algo muy tierno o algo muy terrible,
y el hombre contemplaba conmovido
la alada criatura en su congoja.
Vio en su rostro encendido por la gracia
una expresión tan honda, vio en sus rasgos
abrirse tales muestras de tristezas
y pasar por su frente tales nubes
de inmensos infortunios, que prendado
quedóse allí mirando la nobleza
de aquel dolor. El ángel suspiraba
cual si en sí mismo un mundo más potente
diera un extraño impulso a su amplio pecho.
Llevábase las manos tan hermosas
a su faz dolorida, y el trastorno
daba a su cabellera un indolente
sabor de adversidad. Cuando en sus ojos
comenzaron con lívidos fulgores
a cuajarse unas aguas con destellos
de sobrenaturales inclemencias,
el hombre se sintió sobrecogido
y allá en su corazón algo ignorado
fluyó a su vez; caían sobre el ángel
unas lágrimas densas, arrastrando
no se sabe qué peso delicioso,
y cada vez que abría sus pupilas
hacia el vaso horizonte le manaba
aquel triste caudal. ¡Ay!, dijo el hombre,
¿qué goce extraño es ése o desvarío
que siento remontar en mis entrañas,
qué turbadora imagen comunica
a mi ser un dolor irresistible?
Y cuando con dulzura abandonado
lloró también gimiendo amargamente,
una sal en los labios le vertían
las luces de sus ojos.

Vivir es tener hambre Morir es no tener sueño y, aún así, Dormir – Isabel Bono

¿qué harás cuando no te duela nada?
¿qué golpe buscarás, qué herida?
¿quién hablará por ti?
¿qué palabras escaparán
para perderse en la niebla?

¿qué harás cuando el hambre
te deje sin fuerza y vacíe tus brazos?
vainas vacías de guisantes, tus brazos

¿qué harás cuando no te duela nada?
porque, ya lo sabes, hay días
en los que el dolor no embrutece
sólo acuna

pero
¿y si no hay dolor?
¿y si no hay siquiera dolor?

Entonces el beso conocía el norte y el sur… – Almudena Guzmán

Entonces el beso conocía el norte y el sur,
el este y el oeste de toda cartografía
como si antes de labio en medio de la lluvia
hubiera sido rosa de los vientos
o brújula del corsario de los siete mares.
Nada estaba preparado
-dormían las leyendas su sueño abisal-
y sin embargo no cabía margen alguno de error:
cada noche atracaba en su alborada,
cada zozobra en su bahía,
cada deseo en su rompeolas.
Así era el amor,
volver a casa
con la red llena de certidumbres
nunca un naufragio en alta muerte
silenciosa
como ahora.

Decir de La Rioja – Gerardo Diego

No sabe la que es vida quien en ti no reposa,
Rioja, de tan abierta, secreta y misteriosa,
sabor de los sentidos confirmando a la rosa,
estribo de los Ángeles que alzan a la Gloriosa.

Sí. Yo también quisiera loarte y romanzarte
y, sin pedir ni un sorbo al rubricar mi encarte,
¿un cantar? No, un decir, un dictado rezarte,
rozarte en vuelo bajo, tus registros pulsarte.

Un ábaco mis sílabas, tetragrama y razón.
Juan, Gonzalo, acorredme. Dobles de corazón.
bailas y semitonos de tan pausado son
hagan bajar los párpados y enlabiar la oración.

¿Te acuerdas? Me llamaste a izar tu primavera.
Ya verdeaba el soto su niebla tempranera,
y cantaban juglares su rima porque era
desde el balcón la hoja logroñesa y puntera.

Provincia prometida: mía al fin. Calendario
de las cuatro estaciones en torno al campanario,
sazón, témpora y temple, mi paraíso agrario.
Monje soy sin cogulla ni becerro o breviario.

Tus alamedas músicas, tus aguas de sonata,
tus rodales romeros, tus huellas de reata,
el cáñamo apretado de mi humilde alpargata
quisiera recorrerlas en total caminata.

Que ya desde el otero tu vastedad diviso
y oigo cantar al gallo su puntual compromiso,
subido a la veleta porque la luz lo quiso.
Doce quiquiriquíes enronquecen su aviso.

Y veo a la gallina, tan medrosa y pedresa,
y, azotando sus alas vuelan una toesa
los ánades rastreros, camino de la presa
y flechan golondrinas su flecha que no cesa.

Pero aunque me propuse no remontarme, «anda
-me tienta una voz íntima- por más alta baranda».
Pues, ¿cómo dominarte, Rioja, banda a banda,
sino a vista de águila por toda La Demanda?

Tiempo, espacio me alejan. Sierra de San Lorenzo,
que desde Urbión un día contemplé como un lienzo.
El mundo se estrenaba a mis pies: fue el comienzo
de este pasmo tan mío que no me avergüenzo.

Qué bultos y qué angostos de virginal relieve,
que aristas poderosas, qué olvidos de la nieve,
que verdes, rosas, cárdenos, qué azul de cielo leve,
tan leve que en sí mismo se disuelve y se embebe.

Y a bajar ya siguiendo las risas de tus ríos.
de Cámeros al Ebro cantan sus desafíos,
torrentes, sombras, peces, remansos, pozos fríos.
Regatead los Siete Infantes, hijos míos.

Que el padre Ebro os llama, os urge y os devora.
Quién te ve y quién te vio en tu nacer sin hora,
cuando eras onda pura, inocencia sonora.
Quién te verá en La Rápita tragando sal traidora.

Os busco en Calahorra, aguas que memoraban.
Veo las dos cabezas mártires, navegaban
siempre a estribor por Calpe, Finisterre. Ya entraban,
horadaban la roca, en mi escudo anidaban.

Renacía el milagro a cada nueva luna,
y de los dos nombrados, el de mejor fortuna
se abreviaba en tres sílabas, ya para siempre cuna
que mece a mi poesía entre el muelle y la duna.

Quise, tierra de santos, sorguiñas y sagaces,
tierra de viña y huerta, de panes y de paces,
decirte estos loores cotidianos, solaces
de sus tercos trabajos, tus costumbres tenaces.

Te he dicho, no contado. Cuatro bueyes araron,
no grifos de Alexandre que el cielo alborotaron.
Cuatropeas pesadas terrones desbrozaron,
vía cuaderna y ancha con el rollo asentaron.

AYER VENDRÁ – Luis Rosales

La tarde va a morir; en los caminos
se ciega triste o se detiene un aire
bajo y sin luz; entre las ramas altas,
mortal, casi vibrante,
queda el último sol; la tierra huele,
empieza a oler; las aves
van rompiendo un espejo con su vuelo;
la sombra es el silencio de la tarde.
Te he sentido llorar: no sé a quién lloras.
Hay un humo distante,
un tren, que acaso vuelve, mientras dices:
Soy tu propio dolor, déjame amarte.

El rebelde – Pilar Paz Pasamar

A mí la nieve me quema
siendo la nieve tan fría…

¿Que dentro? Salgo a la calle.
¿Que fuera? -No, ¿Que de día?
-Yo salgo de noche. ¿Que
de noche?
Y mi alma se empina
para darse contra el sol
rotundo del mediodía.

No. Si me tiendes tu mano
la apartaré de las mías,
si ponéis entre barandas
mi regresada alegría,
romperé los barandales
en seguida.

Ni tú, ni el otro, ni vuestra,
ni de nosotros. Mi vida
un «no» contra todo y siempre:
«no, así no», como una fría
espada de pesadumbre
contra márgenes y guías,

¿Que los demás? Los demás
podrán, pero yo no. Mira:
es preferible quedarse
seco como la ceniza.

No, a mí no. Descalzo y limpio
mi corazón no se agria,
pájaro neutral de marzo
vivo como él todavía.

Mi pie, mi mano. La mía.

¡A mí la nieve me quema
siendo la nieve tan fría!

Bárbara – Jon Juaristi

Vuelvo a leer tus cartas de hace un siglo,
de cuando estaba en el cuartel, ¿recuerdas?,
o en la trena, mi amor, no exactamente
en la Cárcel de Amor, o en las terribles

provincias que he olvidado. Amarillean
los sobres de hilo, corazón. Los sellos
habrán cobrado algún valor. No en vano
oro es el tiempo de la filatelia.

Me hablas de tu fractura de escafoides,
de tu dolor de muelas, de tu perro,
de lo mal que lo pasas en agosto,

de una excursión a Andorra… Poco a poco,
me has vuelto desabrida la nostalgia:
mi dulce bien, no me quisiste nunca.

Habitaciones separadas – Luis García Montero

Está solo. Para seguir camino
se muestra despegado de las cosas.
No lleva provisiones.

Cuando pasan los días
y al final de la tarde piensa en lo sucedido,
tan sólo le conmueve
ese acierto imprevisto
del que pudo vivir la propia vida
en el seguro azar de su conciencia,
así, naturalmente, sin deudas ni banderas.

Una vez dijo amor.
Se poblaron sus labios de ceniza.

Dijo también mañana
con los ojos negados al presente
y sólo tuvo sombras que apretar en la mano,
fantasmas como saldo,
un camino de nubes.

Soledad, libertad,
dos palabras que suelen apoyarse
en los hombros heridos del viajero.

De todo se hace cargo, de nada se convence.
Sus huellas tienen hoy la quemadura
de los sueños vacíos.

No quiere renunciar. Para seguir camino
acepta que la vida se refugie
en una habitación que no es la suya.
La luz se queda siempre detrás de una ventana.
Al otro lado de la puerta
suele escuchar los pasos de la noche.

Sabe que le resulta necesario
aprender a vivir en otra edad,
en otro amor,
en otro tiempo.

Tiempo de habitaciones separadas.