Y siento que es inextinguible el alma;
hasta las lágrimas lo siento a veces,
como en santa maria la gloriosa,
cuando la dulce madre me esperaba
después de estar oculto tanto tiempo
bajo el abstracto e imperdonable frío.
un espacio vacío, muros blancos:
solo malvivo en sitios diferentes,
y, sin embargo, sé que alguna imagen
guarda la luz y el oro verdaderos.
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Lo que queda – Bibiana Collado Cabrera
UNA breve superficie rugosa
levemente oscurecida.
Eso es lo que queda.
La huella de la quemazón.
Un bar en frente de la guardia
civil. Remotos cumpleaños
con puntillas entre las cajas
del almacén. La reja de un colegio
que ya no existe.
Nada está en su sitio.
Ni siquiera la breve mancha
que se ha reacomodado en algún pliegue
de la mujer que siguió a la niña.
Vuelvo y busco obsesivamente
las nuevas tiendas que se han abierto
en estos años. Esperando
que cada imagen se desenganche
de su respectivo rincón.
Anular el desarreglo del espacio,
la luz opaca de las mañanas,
la parálisis anárquica del cuerpo
ante la posibilidad oblicua
del encuentro y la certeza
de que no parecemos lo bastante
felices.
Nada está en su sitio.
Tan solo la guardia civil.
Eso es lo que queda.
El tacto de la breve superficie
rugosa y el obcecado recuerdo
de un padre que sostiene a una hija
en brazos, sin soltar el puro
de la mano derecha.
El señor de la guerra (Homenaje a J.E. Cirlot) – Álvaro Valverde
A Néstor Hervás
Hoy mi reino
es esa tierra de nadie
Umberto Saba
Veinte años de guerras me contemplan
y eso, a mi edad, es una vida.
A pesar de la fama y las victorias,
el que llega a este oscuro
rincón de Normandía
es un hombre que ha sido derrotado.
Desde esta única torre que rodean
un bosque y una ciénaga,
se ve el paisaje atroz
del fin del mundo.
En medio de este páramo que anegan
las aguas ponzoñosas de un pantano,
no hay ley que legitime ningún orden,
ni distinción de súbdito y proscrito,
ni mayor amenaza que uno mismo.
Tan sólo una mujer podrá salvarme.
Porque ella es la verdad y la belleza.
No tengo otro señor que su palabra.
Ella es mi redención. Ella, mi muerte.
Sobre el bárbaro hervor del mar lejano… – Juan Eduardo Cirlot
Sobre el bárbaro hervor del mar lejano
turbio de oscuras voces sin regreso,
la atmósfera se exalta en un poseso
fulgor donde el metal se vuelve mano
cuyos dedos de espuma en el arcano
antiguo se exacerban en acceso
nostálgico de bronces sin el beso
arcaico de aquel viento sobre el llano.
La Doncella de barro sonrosado
tiene un pájaro azul entre los senos,
o el temblor de los cantos panhelenos,
sobre cumbres perdidas en la sombra,
que el tiempo tenebroso ha derramado
a los pies de esta diosa que no nombra.
La Coruña – César Antonio Molina
Construyeron tan altos edificios
que desde ningún punto
se ve ya el faro de mi infancia.
Hoy la luz se estrella
contra los grandes bloques de cemento
y no hay más verdad que la de esas
omnipotentes vallas que cubren las fachadas.
Perdí los cines, los cafés, los trasatlánticos
inmensos como rascacielos por encima de las aduanas.
Perdí mi eucaliptus, mis plátanos queridos.
¡todos talados! ¡talados! ¡todos talados!
Su recta hilera que me protegía con su tacto
en la Puerta de Aires.
¡Oh! si al menos supiera lo que hicieron con sus ramas.
Diez o doce, o apenas menos golpes de hacha
van aniquilando los lugares de mi memoria.
¿Dónde estoy?
Y ahora despierto y sólo siento el manto de la niebla,
y la luz que no llega
para iluminar mi espíritu perdido por sus calles.
Mientras, a lo lejos, suena la draga como un yunque
arrancando un sanguinolento mordisco de amargura.
Madrigal – Luis López Anglada
Desde esta mañana, amor,
la rosa será más rosa
y más vivo el ruiseñor.
¡Y tú sin saberlo, amor!
La fuente mucho más clara
mojándome de alegría
con agua fresca la cara.
Y el cielo, desde hoy, azul,
y, dentro del cielo, dios...
¡Y tú sin saberlo amor!
Sí, … – José Antonio Molero Bote
Si,
Te quería
Cuando trenzabas mis dedos
en la ceremonia amorosa.
Cuando abrías la piel
de mi pecho a tiras
o cuando el manto espeso
de amadora virgen te cubría,
te quería.
Y te quería
Cuando, por los broncos bosques,
me arrojabas,
impasible y perfecta,
hacia la trampa mortal
en que tus muslos
se habían convertido.
A LA TRASLACIÓN DE LAS CENIZAS DE NAPOLEÓN – JOSÉ DE ESPRONCEDA
Miseria y avidez, dinero y prosa,
en vil mercado convertido el mundo,
los arranques del alma generosa
poniendo a precio inmundo;
cuando tu suerte y esplendor preside
un mercader que con su vara mide
el genio y la virtud, mísera Europa,
y entre el lienzo vulgar que bordó de oro,
muerto tu antiguo lustre y tu decoro,
como a un cadáver fétido te arropa;
cuando a los ojos blanqueada tumba,
centro es tu corazón de podredumbre;
cuando la voz en ti ya no retumba,
vieja Europa, del héroe ni el profeta,
ni en ti refleja su encantada lumbre
el audaz entusiasmo del poeta;
yerta tu alma y sordos tus oídos,
con prosaico afanar en tu miseria
arrastrando en el lodo tu materia,
solo abiertos al lucro tus sentidos,
¿quién te despertará?, ¿qué nuevo acento,
cual la trompeta del extremo día,
dará a tu inerte cuerpo movimiento,
y entusiasmo a tu alma y lozanía?
¡Ah! ¡Solitario entre cenizas frías,
mudas rüinas, aras profanadas
y antiguos derrüidos monumentos,
me sentaré, segundo Jeremías,
mis mejillas con lágrimas bañadas,
y romperé en estériles lamentos!
No, que la inútil soledad dejando,
la ciudad populosa
con férrea voz recorreré cantando,
y agitará la gente temerosa,
como el bramido de huracán los mares,
el son de mis fatídicos cantares.
No, yo alzaré la voz de los profetas;
tras mí la alborotada muchedumbre,
sonarán en mi acento las trompetas
que derriben la inmensa pesadumbre
del regio torreón que el vicio esconde,
y el mundo me oirá en donde
el precio vil de infame mercancía,
del agiotista en la podrida boca,
avaricioso oía.
¿Qué importa si provoca
mi voz la befa de las almas viles?
¿Morir qué importa en tan gloriosa lucha?
¿Qué importa, envidia, que tu diente afiles?
Yo cantaré, la Humanidad me escucha.
Yo volaré donde la tumba oculta
la antigua gloria y esplendor del mundo;
yo con mi mano arrancaré la losa,
removeré la tierra que sepulta,
semilla de virtud, polvo fecundo,
la ceniza de un héroe generosa;
y en medio el mundo, en la anchurosa plaza
de la gran capital, ante los ojos
de su dormida, degradada raza
arrojando sus pálidos despojos,
«¡Oh, avergonzados!», gritaré a la gente,
«¡oh, de los hombres despreciable escoria,
venid, doblad la envilecida frente:
un cadáver no más es vuestra gloria!».
Sueño infantil – Antonio Machado
Una clara noche
de fiesta y de luna,
noche de mis sueños,
noche de alegría
—era luz de mi alma,
que hoy es bruma toda,
no eran mis cabellos
negros todavía—,
el hada más joven
me llevó en sus brazos
a la alegre fiesta
que en la plaza ardía.
So el chisporroteo
de las luminarias,
amor sus madejas
de danzas tejía.
Y en aquella noche
de fiesta y de luna,
noche de mis sueños,
noche de alegría,
el hada más joven
besaba mi frente...,
con su linda mano
su adiós me decía...
Todos los rosales
daban sus aromas,
todos los amores
amor entreabría.
Galanteo – Pilar Adón
Garantízame una melodía polaca
fabricada de nieve y barro
con gotas de marginalidad.
Ofréceme un viaje de madera
por las vías de un tren en desuso
con verdes mareas y guaridas
habitables.
Cántame como Piaf rota
y luego ocúltame.
No vendas más planos
de pinturas inacabadas,
y deja de perseguir amapolas
por los pasillos encalados que desembocan
siempre
en el mirador.
La sonrisa arrugada de piel mordida
no provoca ya memoria
y tus manos, blancas, de artista expatriada
mendigan tantos méritos,
que los círculos van rotando
en direcciones opuestas.
Recluye con tu genio
la sofisticación de miradas nuevas
y mañana procura salvar del ahogo,
sin súplicas,
a la niña muerta que descansa en todos tus cuadros.