Te quiero.
Te quiero
porque tu corazón es barato.
Yo soy un actor secundario
que se siente muy débil
porque no come lo suficiente.
Estoy ahí sentado,
sentado en una silla amarilla;
el suelo es amarillo,
está hecho de hojas muertas.
He olvidado mi papel.
Algún pájaro ha escrito en mi silla
el nombre de un actor importante.
El público está formado por miles de pájaros muy cultos
y espera ver algo grande.
Yo he olvidado mi papel
y mi piel de actor está llena de hongos;
estar plagado de hongos
y no comprar un tubo de pomada en la farmacia
hace que me sienta como un salvaje.
Pienso en la película
«Sangre sabia» de John Huston.
Pensar es muy trabajoso,
pensar es muy trabajoso.
Se me ocurre una frase bonita:
«La primera letra de tu nombre
es la letra de una canción,
y tus ojos son la música de esa canción;
tú estás muy guapa cantando la canción,
ni siquiera necesitas mis aplausos.»
Quisiera que mi sangre fuera sabia.
Mi sangre, todos los veranos,
busca heridas para salir a tomar
el sol.
Entonces, cuando las encuentra,
se seca,
como se secan las hojas de los
árboles y de los libros.
Tengo 25 años.
Si te revelo
este secreto de calendario
es para que comprendas
que estoy doblando una curva
y que tú puedes estar después de la curva
haciendo auto-stop.
Soy un hombre puro y huraño,
pero no soy amigo de Dios.
Reconozco, sin embargo,
que me gustaría hacerme una foto con Él,
aunque sólo fuera para salir en el periódico
y dejarte boquiabierta a ti.
Mírame:
debería estar fundando un hogar
y quiero ser atracador de bancos.
Tápame con una manta
y rompe el termómetro:
tengo fiebre
y tengo frío.
Soy puro y soy huraño,
pero no soy amigo de Dios:
Sus barbas me parecen demasiado
blancas, como si hubieran robado
a la nieve toda su belleza sin
dejar nada a cambio;
Dios es un jugador de ventaja,
un jugador muy importante,
un jugador
imprevisible.
Dios castiga y perdona porque sí:
puede que me ame
más que a los que Le aman.
Alguien ha grabado en mi espalda una boca azul.
Una risa que se derrumba cae desde la boca azul.
Pagaré una fortuna a quien borre el tatuaje.
Hoy prefiero una boca roja de mujer prohibida.
Estoy lleno de tatuajes:
mis recuerdos son tatuajes,
hasta mi pasado es un tatuaje,
cada mano en la mía es un tatuaje.
Me aparto cuando alguien se
acerca a mí.
A veces quiero que se acerquen los
A veces quiero que mi madriguera esté
vacía
porque mi corazón está vacío:
yo la vacio personalmente todas las mañanas.
Yo ya no tengo esperanza,
yo ya soy desesperación.
Veo cómo llegan los borrachos;
me asusto y me oculto
entre las botellas vacías, entre
los bares y sus luces perdidas para siempre.
Que olviden, que olviden:
yo no olvido;
que perdonen, que perdonen:
yo no puedo perdonar
la muerte agria de mis días.
Tengo miedo:
todos los bomberos llevan chistera
en este planeta de locura.
Aquí nadie puede escribir la palabra «flor»
sin querer cortarla.
Estoy sentado
y soy un actor mediocre.
El público es un cielo
que llama a las nubes
para dejar de ser azul.
Miro. Aquella papelera vacía
corrompida por su tristeza
quiere hablar con alguien.
Centenares de papeles rotos
hablan con el suelo amarillo.
Soy huraño. No soy puro.
No soy puro.
Odio.
Estoy harto de pasear entre ladridos,
de paseos entre ladridos
y semen en el pijama.
Confieso que soy
soledad sola.
Ella era una prostituta negra vestida con el peor de los gustos, era
grande como un hotel.
Reía con fuerza.
Yo no la había alquilado para que riera.
Ella estaba llena de salud.
Yo no estuve a su altura.
Me fui
humillado
con las manos en los bolsillos
fumando y jurando un poco
(quería parecer un héroe moderno):
cada esquina de la calle me dolía.
Las estrellas iluminan pero no ven;
su tragedia es dar luz y ser ciegas;
yo no sé si ilumino;
creo que a mi lado
todo se oscurece.
Espero que la noche que yo hago
sea una noche clara,
con una pareja de hogueras
y con un leopardo.
Estoy milagrosamente.
Estoy milagrosamente.
Estoy entre mis llagas.
Mi sangre no es sabia;
yo busco un manantial de sangre sabia:
ríos de sangre sabia
para regar mi cuerpo.
No creo en los ovnis:
he gastado mi fe
viviendo como una serpiente.
Mi pantalón es azul;
soy extraño y
siento desprecio;
me desprecio a mí mismo
cuando hablo tanto de mí,
porque yo desprecio a los que se desnudan.
Lucharé contra todos los que digan
lo que yo digo.
Mujeres gratis, mujeres que se pagan con un beso.
Existen. Las he perseguido;
son estrellas fugaces
son faroles
son tímpanos
¡valen su peso en oro!
son lápices
son tigres
son las mujeres de los tigres
son sombras de agua
¿qué son?
porque yo soy sangre.
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UNA TARDE DE LLUVIA – NICOMEDES-PASTOR DÍAZ
Sobre el Betis tendidas como un velo
mira esas nubes deshacerse en llanto;
puras las rosas, su capullo en tanto
con más pompa y color abren al cielo.
Soltara, empero, el huracán su vuelo
y, so el crujir de su encendido manto,
gruesa avenida vierais con espanto
tronchar las flores y arrasar el suelo.
¡Así acontece al corazón, señora!…
Flor que con blanda lluvia de tristeza
balsámicos perfumes evapora;
mas si el cierzo desata su crudeza,
del torrente la furia asoladora
¡troncos deja no más…, cieno y maleza!
EL CAMINANTE – PATRICIO DE LA ESCOSURA
El sol a occidente su luz ocultaba,
de nubes el cielo cubierto se vía;
furioso en los pinos el viento bramaba,
rugiendo agitado Pisuerga corría.
Soberbia Simancas sus muros ostenta,
burlando la saña del fiero huracán.
Mas ¡ay del cautivo, que mísero cuenta
las horas de vida por siglos de afán!
Por medio del monte, veloz cual la brisa,
cual sombra medrosa, cual rápida luz,
un bulto, que apenas la vista divisa,
camina encubierto con negro capuz.
Mudado el semblante, la vista azorada,
sollozos amargos lanzando sin fin,
la madre invocando de Dios adorada,
de hinojos se postra del río al confín.
Del ave nocturna la voz agorera
de encima el castillo se deja escuchar;
relámpago rojo, con luz pasajera,
las densas tinieblas haciendo cesar.
«¡Dichoso mil veces! —el mísero exclama—,
¡Dichoso, murallas, que en fin os miré!».
Y al punto, inflamado de súbita llama,
el rezo dejando, se pone de pie.
EN LA SOLEDAD – ANTONIO ROS DE OLANO
Cinco sonetos
I
¡Santa Naturaleza!… Yo, que un día,
prefiriendo mi daño a mi ventura,
dejé estos campos de feraz verdura
por la ciudad donde el placer hastía,
vuelvo a ti arrepentido, amada mía,
como quien de los brazos de la impura
vil publicana se desprende y jura
seguir el bien por la desierta vía.
¿Qué vale cuanto adorna y finge el arte,
si árboles, flores, pájaros y fuentes
en ti la eterna juventud reparte,
y son tus pechos los alzados montes,
tu perfumado aliento los ambientes,
y tus ojos los anchos horizontes?
II
Más precio en este valle y pobre aldea,
términos de mi vida peregrina,
despertar cuando el aura matutina
las copas de los árboles menea,
y, al volver de mi rústica tarea,
ora en la tarde, cuando el sol declina,
mirar desde esta fuente cristalina
el humo de mi humilde chimenea,
que, en la rodante máquina lanzado,
cruzar como centella por los montes,
pasar como relámpago el poblado,
robar, en fin, al péndulo un segundo,
y, en pos de los finitos horizontes,
sentir la nada al abarcar el mundo.
III
Hay junto a la ventana de mi estancia
un laurel de la sombra protegido,
en donde guarda un ruiseñor su nido
apenas de mi mano a la distancia;
y entre el verde follaje y la fragancia,
celoso, ufano, amante, requerido,
dice su amor con lánguido quejido
y dulce y elevada consonancia.
Las horas de la noche, una tras una,
en sigilosa hilera, huyendo el día,
siguen el curso a la encantada luna…
Y en esta soledad el alma mía
goza, sin envidiar cosa ninguna,
de su quieta y feliz melancolía.
IV
¿Qué fueron al gran Carlos sus hazañas
en la celda de Yuste recogido?
Él quiso relegarlas al olvido,
y ellas emponzoñaban sus entrañas.
Suele el que nace humilde en las cabañas
dejar su techo y olvidar su ejido,
por el lucro del mar embravecido,
por el sangriento lauro en las campañas.
Mas al recto varón que honró su historia
sin codiciar fortuna envilecida
ni envidiar de los césares la gloria,
un apartado albergue le convida
a esperar sin tormento en la memoria
la breve muerte de su larga vida.
V
Lamentos de hembra y lloros de nacido;
duelos de viuda y quejas de casados;
de la vejez y el hambre los cuidados,
que cesan cuando expira el afligido…
¡Nacer!… ¡Vivir!… ¡Morir!… Después… ¡olvido!
¡Los siglos son sepulcros numerados
de seres mil y mil, tan olvidados
cual si no hubiesen en el mundo sido!
Y el corazón es péndulo que advierte,
con vaivén de dolor, que a la existencia
solo enjuga las lágrimas la muerte…
¿Adónde, pues, con bárbara violencia,
río de la vida, corres a perderte,
si no es tu mar la santa Providencia?
A UNA BELLA – JUAN AROLAS
Sobre pupila azul, con sueño leve,
tu párpado cayendo amortecido,
se parece a la pura y blanca nieve
que sobre las violetas reposó;
yo el sueño del placer nunca he dormido:
sé más feliz que yo.
Se asemeja tu voz en la plegaria
al canto del zorzal de indiano suelo,
que sobre la pagoda solitaria
los himnos de la tarde suspiró;
yo solo esta oración dirijo al cielo:
sé más feliz que yo.
Es tu aliento la esencia más fragante
de los lirios del Arno caudaloso,
que brotan sobre un junco vacilante
cuando el céfiro blando los meció;
yo no gozo su aroma delicioso:
sé más feliz que yo.
El amor, que es espíritu de fuego,
que de callada noche se aconseja
y se nutre con lágrimas y ruego,
en tus purpúreos labios se escondió;
él te guarde el placer y a mí la queja:
sé más feliz que yo.
Bella es tu juventud en sus albores
como un campo de rosas del Oriente;
al ángel del recuerdo pedí flores
para adornar tu sien, y me las dio;
yo decía al ponerlas en tu frente:
sé más feliz que yo.
Tu mirada vivaz es de paloma;
como la adormidera del desierto
causa dulce embriaguez, hurí de aroma
que el cielo de topacio abandonó;
mi suerte es dura, mi destino incierto:
sé más feliz que yo.
Villancico – Blas de Otero
Cuando nazcas de nuevo,
ven a decírmelo,
que quiero verte.
Si no naces de día,
ven a decírmelo,
para mecerte.
Y si naces dormido,
no me lo digas,
será en mi muerte.
Dama adormidera – Miguel Ángel Velasco
Dolor de las criaturas,
magnitud extramuros.
Y es milagro
que la tierra provea,
que de la misma fécula
convulsa en que incuban
la tenaza y el cínife,
cuaje la autoridad
de una savia maestra
que restituye su entereza al roto,
su patria de palabra al asordado.
¿Seréis conmigo, adormidera, abuela
del quebranto, en el trance, cuando nada
pueda ya la señora de mis días
proveer de consuelo;
cuando la amada apenas
alcance a sostenernos
el hilo del mirar y, vuelto el rostro,
maldiga la vida,
porque la vida huya,
madre desarbolada, porque el río
la pueda, y deje, huyendo, de su mano
el peso del nacido en aguas solas?
¿Seréis conmigo, dama,
cuando el dolor allane
la morada del cuerpo y éste sea
ya nada más que casa desolada?
Canción del pirata – José de Espronceda
Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman,
por su bravura, El Temido,
en todo mar conocido
del uno al otro confín.
La luna en el mar riela
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y va el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá a su frente Istambul:
Navega, velero mío
sin temor,
que ni enemigo navío
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.
Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
Allá; muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra;
que yo aquí; tengo por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.
Y no hay playa,
sea cualquiera,
ni bandera
de esplendor,
que no sienta
mi derecho
y dé pechos mi valor.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
A la voz de "¡barco viene!"
es de ver
cómo vira y se previene
a todo trapo a escapar;
que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.
En las presas
yo divido
lo cogido
por igual;
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
¡Sentenciado estoy a muerte!
Yo me río
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena,
colgaré de alguna antena,
quizá; en su propio navío
Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo,
sacudí.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.
Y del trueno
al son violento,
y del viento
al rebramar,
yo me duermo
sosegado,
arrullado
por el mar.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
Estabas desleída en la dulzura… – José Ángel Valente
Estabas desleída en la dulzura
de los secretos jugos de tu cuerpo
y te llevaba el agua
como a una larga cabellera verde
engendrada en los limas
obstinados del fondo.
Era tu forma ese deshacimiento.
Brotar.
Fluir.
Abandonarse.
Bajaba el aire hasta los límites
perfectos de tu piel.
Blancura.
Y ya oblicuo, el poniente la encendía
para nacer de ti aquella tarde
de qué lugar, qué tiempo, qué memoria.
A la poesía – Juan Gil-Albert
Al fin, rendida entre mis suaves brazos,
me has concedido el don de tus deseos,
¡oh virgen maternal, extraño sueño
que conturba al poeta! Adolescente
yo te rondé, como un antiguo novio
ronda la misteriosa casa amada
y tras de aquellos cercos, algún día,
logré verte pasar, apenas sombra
entrevista en las luces de mis ojos.
Como tantos que aspiraban a hablarte
consumía mi juventud buscando
las palabras que guardan en su fondo
un fulgor inicial, y aventuraba
mis ramilletes cerca de esos prados
en cuya palpitante lozanía
enfriábanse duras como piedras
las pruebas de mi amor. Algún aplauso
premiaba mis desvelos, porque el hombre
conmuévese ante todo lo que rinde
la lucha ajena, mas otros designios
quieren que no haya esfuerzo en esos dones
con que la gracia sabe coronamos
ligera, como el ánimo que envía
viento fresco en el día caluroso,
o hace engendrar al hijo de la gloria
en un raro momento de cansancio.
Así tú, aprovechando del descuido
de mi ocio, te entraste hasta mis labios
sin que yo lo supiera, igual que ignora
el que duerme la luz de la mañana
mojándole los párpados, y dentro
de su plácido sueño está ya el día.
Délficas desde entonces van sonando
mis graciosas palabras cuando hierve
dentro de mí la extraña fuerza hermosa
que alimentó los juegos de los hombres
por la boca sagrada del tebano
que ensalzó el agua, como un raro olivo
de magnífica sed, la que más tarde,
en la divina siesta del que siempre
conducirá rebaños, compartía
con él el claro queso. ¡Oh fértil sombra,
que en mi leve saliva depositas
la miel en que renace como un soplo
la antigüedad! De todas las amantes,
sólo en ti el rastro del amor no queda
como una mancha, como un eco oscuro,
y así veo en la huella que ha dejado
la locura de aquel que en su pureza
dialogó con las viejas primaveras
de la divinidad, resplandeciente
la transida cabeza de ese casi
cisne de Suabia envuelto por las brumas
de su melancolía. ¿Cómo el rayo
que aniquila la vida puede a veces
entreabrir en nosotros ese verde
suspiro en que se escapan las canciones
halagadoras? Rudo es el mensaje
para el que canta, mas lo que destruye
su vigor encendido sólo deja,
como trazas de su misión, los suaves
versos que el hombre escucha embelesado,
como esa extraña claridad que flota
tras la ruin tormenta. ¡Oh poesía!
Un dulce maleficio te estremece
como alguien que estando entre los dioses
no alcanza su serena y reposante
naturaleza, o bebe la ambrosía
con torvo ceño y queda trastornada
en medio de aquel círculo de fuego
que corona las frentes silenciosas.
Una terrenal ansia comunicas
turbados a los graves comensales
de aquel festín, mientras que hacia la tierra
arrojas esos grumos del incienso
que exalta el alma y déjala sombría
de ambiciones; unos y otros luchan
atraídos por el misterio ajeno
y a través del poeta se contemplan
la faz de la ilusión, mientras expira
por mis labios el genio que te oculta.