¡El árbol florido,
fugaz primavera,
palacio de trinos!
Pero antes de oírse,
qué lento ha crecido.
Abría en la tierra
oscuros caminos;
pedía en el aire
la vida a suspiros;
al sol, cada día,
era oro tupido.
La luz y el silencio,
y un tiempo infinito,
irguieron el tronco
soñando en sí mismo.
(Lo adoraba acaso
la estrella en rocío;
en el borde absorto
grabaron su signo
los enamorados...).
¿Tiene ahora mil nidos?
¡Corazón del hombre!
(¡Cantos encendidos
del poeta!) ¡Árbol
verde y florecido!
Archivo de la etiqueta: Poesia española
A Jarifa, en una orgía – José de Espronceda
Trae, Jarifa, trae tu mano,
ven y pósala en mi frente,
que en un mar de lava hirviente
mi cabeza siento arder.
Ven y junta con mis labios
esos labios que me irritan,
donde aún los besos palpitan
de tus amantes de ayer.
¿Qué la virtud, la pureza?
¿Qué la verdad y el cariño?
Mentida ilusión de niño,
que halagó mi juventud.
Dadme vino: en él se ahoguen
mis recuerdos; aturdida
sin sentir huya la vida;
paz me traiga el ataúd.
El sudor mi rostro quema,
y en ardiente sangre rojos
brillan inciertos mis ojos,
se me salta el corazón.
Huye, mujer; te detesto,
siento tu mano en la mía,
y tu mano siento fría,
y tus besos hielos son.
¡Siempre igual! Necias mujeres,
inventad otras caricias,
otro mundo, otras delicias,
¡o maldito sea el placer!
Vuestros besos son mentira,
mentira vuestra ternura:
es fealdad vuestra hermosura,
vuestro gozo es padecer.
Yo quiero amor, quiero gloria,
quiero un deleite divino,
como en mi mente imagino,
como en el mundo no hay;
y es la luz de aquel lucero
que engañó mi fantasía,
fuego fatuo, falso guía
que errante y ciego me tray.
¿Por qué murió para el placer mi alma
y vive aún para el dolor impío?
¿Por qué, si yazgo en indolente calma,
siento, en lugar de paz, árido hastío?
¿Por qué este inquieto, abrasador deseo?
¿Por qué este sentimiento extraño y vago,
que yo mismo conozco un devaneo,
y busco aún su seductor halago?
¿Por qué aún fingirme amores y placeres
que cierto estoy de que serán mentira?
¿Por qué en pos de fantásticas mujeres
necio tal vez mi corazón delira,
si luego, en vez de prados y de flores,
halla desiertos áridos y abrojos,
y en sus sandios o lúbricos amores
fastidio sólo encontrará y enojos?
Yo me arrojé cual rápido cometa,
en alas de mi ardiente fantasía
doquier mi arrebatada mente inquieta,
dichas y triunfos encontrar creía.
Yo me lancé con atrevido vuelo
fuera del mundo en la región etérea,
y hallé la duda, y el radiante cielo
vi convertirse en ilusión aérea.
Luego en la tierra la virtud, la gloria,
busqué con ansia y delirante amor,
y hediondo polvo y deleznable escoria
mi fatigado espíritu encontró.
Mujeres vi de virginal limpieza
entre albas nubes de celeste lumbre;
yo las toqué, y en humo su pureza
trocarse vi, y en lodo y podredumbre.
Y encontré mi ilusión desvanecida
y eterno e insaciable mi deseo:
palpé la realidad y odié la vida:
sólo en la paz de los sepulcros creo.
Y busco aún y busco codicioso,
y aún deleites el alma finge y quiere:
pregunto y un acento pavoroso
«¡Ay!» me responde, desespera y muere.
»Muere, infeliz: la vida es un tormento,
un engaño el placer; no hay en la tierra
paz para ti, ni dicha, ni contento,
sino eterna ambición y eterna guerra.
»Que así castiga Dios el alma osada,
que aspira loca, en su delirio insano,
de la verdad para el mortal velada
a descubrir el insondable arcano.»
¡Oh, cesa! no, yo no quiero
ver más, ni saber ya nada:
harta mi alma y postrada,
sólo anhela descansar.
En mí muera el sentimiento,
pues ya murió mi ventura;
ni el placer ni la tristura
vuelvan mi pecho a turbar.
Pasad, pasad en óptica ilusoria
y otras jóvenes almas engañad;
nacaradas imágenes de gloria,
coronas de oro y de laurel, pasad.
Pasad, pasad, mujeres voluptuosas,
con danza y algazara en confusión;
pasad como visiones vaporosas
sin conmover ni herir mi corazón.
Y aturdan mi revuelta fantasía
los brindis y el estruendo del festín,
y huya la noche y me sorprenda el día
en un letargo estúpido y sin fin.
Ven, Jarifa; tú has sufrido
como yo; tú nunca lloras.
Mas ¡ay, triste! que no ignoras
cuán amarga es mi aflicción.
Una misma es nuestra pena,
en vano el llanto contienes...
Tú también, como yo, tienes
desgarrado el corazón.
Carmen de los ríos vividos – Eugenio de Nora
Cuántas veces, paseando
la ternura de la hierba,
por las orillas del río
se hace más clara la pena...
Igual que un corazón tibio
que te sabe y te recuerda,
cuántas veces me has querido
sombra de las alamedas...
Los ríos son mis amigos,
porque saben que se acercan,
aunque marchen, y suspiran
cantando, como quien besa.
Decidme si vuestros nombres,
verde Aar, claro Bernesga,
van teniendo, como el mío
en las orillas banderas...
Porque yo sé que es alegre,
que es bella nuestra tristeza,
mientras hacia el mar pasamos
siempre amando la ribera...
Carmen de un momento – Eugenio de Nora
Ahora puedo estar viviendo
muy otro tiempo, puedo ir
cortando juncos, junto al agua,
mirando el cielo que ya amé.
Ahora puedo, frente al mar,
sentir la sangre densa en olas,
y entresoñar, porque atardece,
y las estrellas caen en mí.
¡Felicidad, madurez clara!
Todo era flor, y también tú;
también tú pasas, llegas, pasas;
qué hermoso y triste es comprender.
¡Oh pena dulce de los besos!,
¡oh cintura de amor!; dejad,
dejadme amar lo que no vuelve...
y hacia el olvido, solo fin.
Carmen de los suspiros – Eugenio de Nora
...La rosa, la estrella, el alma.
Deseando siempre, siempre,
(ay),
todo lo que más nos falta.
Buscando, desamparados,
la sombra de nuestro fuego,
(ay)
el tiempo en que quedamos.
Banderas altas del día
dan su azul celeste al viento.
Yo quisiera, tú querrías...
(Ay
los dos estamos muy lejos).
Media vida es esperarse.
Media, recordar los sueños.
Para estar juntos un día,
para sentirnos de nuevo...
(Sueña...)
Cuando lo tengamos todo...
(Suéñalo)... recordaremos
(ay)
esta tristeza de oro.
Carmen de las horas ansiadas – Eugenio de Nora
Son ya tantas las flores de este valle
que se abrieron queriendo recordar;
tantas las horas idas, en caricia
de hombros desnudos al amanecer;
tan hondas, tan del alma las estrellas
con música apretando el corazón...
Las veces en que el agua y tu cintura,
la luz y tu sonrisa, el palpitar
de las ramas del aire y los suspiros
los enlazó mi sueño porque tú
no estabas —aunque estabas—; tanto fue
el cariño que di por ti en miradas,
en pensamientos, tanto fue el amor...
Que cuando llegues —bajo tu luz misma
como el sol súbito en el ancho mar—,
verás de pronto, cieleado, inmenso,
un mundo sólo florido hacia ti
y en el que todo, en ala de caricia
dirá: «soy yo; te quiero, te esperé».
Para ti sola, por la madrugada
de luz antigua que en tus ojos hay;
para que sacies con tus manos rosas,
sobre el anhelo en flor de la canción
abro esta página de primavera...
Eres tú misma. Llega a ti. ¡Ven!
Carmen del lago azul – Eugenio de Nora
A un lago azul te comparaba,
maravilloso, claro.
Pues, como ya nada en el mundo
tenía sentido, como ya el descanso
sólo podía traerlo el gran regreso,
la muerte misma, yo, anhelando,
con el corazón joven
busqué lo más cercano
a morir: entregarse,
amar perdidamente, darlo
todo.
...Queda un lago encantado.
*
«Aquí llegaron los amantes»,
dirán.
Y si la primavera,
igual que ahora con nosotros
florece en las orillas tiernas,
han de pensar:
«Por estos lirios
de los bordes, por la pradera
venían... Pero las flores, bajo el tiempo,
eran aún más bellas...
y ellos siguieron, hasta el fondo.
(Maravilloso era
ver cómo entraban al palacio
del agua, sonriendo,
soñando, mano en mano...)»
«Aquí llegaron...»
Y en la noche
—fuego de astros bajo el lago—,
dirán:
«Se fueron a buscar estrellas
que en lo hondo de sus ojos palpitaron...»
*
Nosotros, ya, seremos
canción sólo en sus labios.
...Pero labios de amor. Y se oirán besos
al chasquido del agua en lo estrellado.
Carmen de unos recuerdos – Eugenio de Nora
Hermosa,
sólo hermosa.
Estrellas tibias en tu pelo suelto
que el aire combatía;
prados floridos, cielos
en el agua, curvados
animales ligeros cuerpo abajo, ladera
abajo; pechos
gacelas; áureas
caderas con caballos. Todo, fuego
en un río de espacio musical, cauce de astros
infinito.
Sí: bella,
hermosa. Sonreías
como cálida nieve; mirabas pasar ríos;
concedías labiales
claveles oprimidos, auroras
vacilantes, luz negra,
hiedras ardientes cuerpo adentro.
¡Oh rosa
hija del tiempo, agua
del tiempo, floreciente
lago de tiempo!
Junto a tus orillas
he soñado la vida, y he mirado
anchos los cielos. Aunque todo pase,
yo amaré siempre.
Poso mi cabeza
sobre la roca, muevo el horizonte,
y oh sollozado ramo de palabras, golpeo
el agua clara. ¡Fuente,
luz del ser, con tu imagen!
¿Te soñaba? Tenía
una estrella en el pecho.
Y tú eras
hermosa, eras
hermosa; sonreías...
Cuchillos en abril – Pere Gimferrer
Odio a los adolescentes.
Es fácil tenerles piedad.
Hay un clavel que se hiela en sus dientes
y cómo nos miran al llorar.
Pero yo voy mucho más lejos.
En su mirada un jardín distingo.
La luz escupe en los azulejos
el arpa rota del instinto.
Violentamente me acorrala
esta pasión de soledad
que los cuerpos jóvenes tala
y quema luego en un solo haz.
¿Habré de ser, pues, como éstos?
(La vida se detiene aquí)
Llamea un sauce en el silencio.
Valía la pena ser feliz.
Carmen de las manos maravillosas – Eugenio de Nora
¡Versos de amor! Qué pronto queda
dicho todo, sin empezar.
Es igual que mirar al cielo
iluminado alguna vez.
Tan honda en lejanía, tan puro
lo que quisiéramos cantar.
Pero qué decir de una rosa
en la mano, en el corazón.
( Sentarse al borde de una fuente,
sedientos, y verla temblar
en el junco verde, en el pájaro
que alegra la onda de la luz.
Tan indecible y sin palabras
como adorar, quedar, sentir
al aire en flor de una sonrisa
toda nuestra felicidad. )
Yo no sé bien por qué, tentado
de imposible, quiero decir
cómo la dicha excede al hombre,
cómo es tan inefable ser;
¡ser, solamente, ser, completos,
esto que somos al amar!
Una lira sonora, ebria,
en manos...
ah, ¿de quién, de quién?