Archivo de la etiqueta: poesia

España extraña – Gabriel Celaya

Esta fuerza extraña,		
viva, enmarañada,		
esta entraña a gritos que llamamos España		
está en mí, no la pienso,		
no puedo pensarla según la teoría con que quieren castrarla		
los que en nombre de un pasado dicen: gloria, punto y raya.		

Esta fuerza real que llamamos España,		
rabiosa, suficiente,		
no es gótico-galaico-leonesa-romana,		
ni es árabe, ni griega, ni austriaco-castellana.		
Es ibera, terrible, sagradamente arcaica,		
mi materia y mi magia.		

Yo no puedo pensarla.		
Yo no puedo decir mi España es buena o mala,		
si es triste o violenta, si es hermosa o si mata.		
Yo no puedo juzgarla		
porque yo soy en ella y ella en mí, transcendiendo,		
y así a fondo me sumo fieramente existiendo.		

Porque soy, porque soy		
tierra roja y cargada sustancia milenaria,		
dulce aceite espesado,		
seco esparto, sal pura, ríos con larga historia,		
cuerpo ibero con venas de metales hirientes,		
que fulgen golpeando,		

montañas decididas		
en lo llano absoluto de un planeta pensante,		
gritos por fin absueltos,		
cara a un cielo que todo lo refleja sin mancha,		
voluntades paradas,		
gestas que, no la tinta, la geología exalta,		

costas rotas que muerden con amor violento,		
muriendo de su muerte, los mares más lejanos,		
terrones trabajados		
por muertos anteriores a la historia contada,		
hazañas de una entraña que aún no agotó sus formas,		
nutre mi carne de patria.		

¡Que no vengan a decirme que es un problema mi España!		

Yo la tengo sin pensarla		
y, adorando o maldiciendo, soy desde dentro un «¿qué pasa?».		
Y este físico misterio		
como un cuerpo de amor, me tiene tanto		
que yo mismo no distingo si es que lo adoro o lo ataco.		

Fiera amante, madre amarga,		
te maldigo, me deshago, te violo, canto claro,		
y esta rabia que te grito		
es la rabia con que trato de dar a luz lo más mío,		
y es mi manera de amarte,		
y es mi manera de hablarme sin perdonarme a mí mismo.		

España ciega, mi España		
seca, hermosa, exasperante,		
ancha España que en vano cabalgo, nunca abarco,		
España que en mí lates		
y más y más te afirmas cuanto más te combato,		
y eres yo sin ser mía, no consciente, de carne.		

Como me tienes, te tengo,		
como te tengo, me tienes, y poco importa qué pienso,		
pues en ti vivo y respiro.		
Tú eres mi aire y mi tierra, tú, mi cuerpo y mi elemento,		
y maldecirte, maldigo		
de mí mismo porque pienso que aún no cumplí lo que debo.

En las lluviosas tardes de noviembre – Andrés Trapiello

En las lluviosas tardes de noviembre
de pesadumbre llenas,
con un libro de románticas rimas
que habla de hojas secas
me siento a ver el fuego
junto a la chimenea.
En esas cortas tardes otoñales,
poca la luz de perla
en el salón, a solas, sin testigo,
las cosas se sombrean
con azulado tedio
de indecible esencia.
¡Veladas de borroso calendario
y avara somnolencia,
de vacíos laureles y jardines,
agrias tardes eternas
que tienen del olvido
la misteriosa rueca! 

La soledad – Francisco Martínez de la Rosa

Único asilo en mis eternos males,
augusta soledad, aquí en tu seno,
lejos del hombre y su importuna vista,
déjame libre suspirar al menos:
aquí, a la sombra de tu horror sublime,
daré al aire mis lúgubres lamentos,
sin que mi duelo y mi penar insulten
con sacrílega risa los perversos,
ni la falsa piedad tienda su mano,
mi llanto enjugue y me traspase el pecho.
Todo convida a meditar: la noche
el mundo envuelve en tenebroso velo;
y, aumentando el pavor, quiebran las nubes
de la luna los pálidos reflejos;
el informe peñasco, el mar profundo
hirviendo en torno con medroso estruendo,
el viento que bramando sordamente
turba apenas el lúgubre silencio:
todo inspira terror, y todo adula
mi triste afán y mi dolor acerbo.
La horrible majestad que me rodea
lentamente descarga el grave peso
que mi pecho oprimió: por vez primera
se mezclan mis sollozos a mis ecos,
y, apiadado el destino, da a mis ojos
de una mísera lágrima el consuelo…
¡Llanto feliz! Cual bienhechor rocío
templa la sed del abrasado suelo,
calma la angustia, la mortal congoja
con que batalla mi cansado esfuerzo;
y, en plácida tristeza absorta el alma,
no envidiará la dicha ni el contento.
Solo en el mundo, de ilusiones libre,
de vil temor y de esperanza ajeno,
encontraré la paz que vanamente
me ofreció con su magia el universo.
¿Qué importa que a mi planta mal segura
aún falte tierra en que estampar su sello,
y, al carcomido escollo amenazando,
me estreche el mar en angustioso cerco?
¿No me basto a mí mismo? ¿No me es dado
alzar mis ojos sin pavor al cielo,
sentir mi corazón que quieto late
y el mundo contemplar con menosprecio?
Yo vi en la aurora de mi edad florida
sus encantos brindarse a mis deseos:
gloria, riquezas, cuantos falsos bienes
anhela el hombre en su delirio ciego,
en torno me cercaron; oficiosa
la amistad redoblaba mi contento;
la pérfida ambición me sonreía;
me brindaba el amor su dulce seno…
Temí, temblé, me apercibí al combate,
demandé a mi razón su flaco esfuerzo,
y apenas pude en afanosa lucha
rechazar tanto hechizo lisonjero.
¡Qué fuera, oh Dios, si al rápido torrente
yo propio me arrojara! En presto vuelo
pasaron cinco lustros de mi vida,
y el cuadro encantador huyó con ellos.
Huyó, volví la vista, lancé un grito…
Y en vez de flores encontré un desierto.

Me sobra la poesía – Elvira Sastre

Me sobró el resto
desde el primer beso.

Amor,
a mí desde que estás
me sobra el amor por los cuatro puntos cardinales
de este país que no quería ser conquistado
y acabó enamorado de tu bandera.
Se me han roto las brújulas
y ahora mire donde mire
solo
estás
tú,
y un trozo de mar conjugado en futuro
y un beso en cada ola de tu marea
y varias frases cosidas a tu frente
para que leas poesía cada vez que te mires al espejo.

De igual manera
que me sobran las manos cuando no estás
y tengo demasiados latidos
para tan poco pecho
para tan poco pecho
--aunque me hayas
hecho el corazón más grande que la pena--,
del mismo modo
que mis pies pierden el ritmo
cundo no van a tu casa
--el aire solo se mueve
cuando tú bailas--
y el cartero me pregunta por ti
de tanto escribirle tu nombre...

De igual manera,
me sobran las formas
y las excusas
y las palabras,
me sobra hasta el silencio
y el eco de las estaciones,
me sobra el pasado
y la tristeza
y los poemas,
me sobra la cuidad
y los enamorados que cabalgan sobre ella,
me sobran las mentiras
--menos esas que consiguen
que te quedes un ratito más--,
me sobran todos los besos llenos de tinta
y todas las palabras manchadas de saliva,
me sobra tu casa
y la mía
y las noches que duran días,
me sobra esta bendita paz
y esta ausencia de ruidos
que me has regalado,
me sobras mis dedos
y mis sueños
y mis dedos que te sueñan
y mis sueños con tus dedos,
me sobra el miedo
y los callejones
y la luz,
me sobran las huellas
porque me sobra el camino.

Desde que estás
me sobra todo lo que tengo
--me sobra hasta lo que no tengo--
porque tú me das todo.

Mi vida,
desde que estás tú
lo único que me falta
es la muerte.

Y no la echo de menos

La noche – William Blake

Desciende el sol por el oeste,
brilla el lucero vespertino;
los pájaros están callados en sus nidos,
y yo debo buscar el mío.
La luna, como una flor
en el alto arco del cielo,
con deleite silencioso,
se instala y sonríe en la noche.
Adiós, campos verdes y arboledas dichosas
donde los rebaños hallaron su deleite.
Donde los corderos pastaron, andan en silencio
los pies de los ángeles luminosos;
sin ser vistos vierten bendiciones
y júbilos incesantes,
sobre cada pimpollo y cada capullo,
y sobre cada corazón dormido.
Miran hasta en nidos impensados
donde las aves se abrigan;
visitan las cuevas de todas las fieras,
para protegerlas de todo mal.
Si ven que alguien llora
en vez de estar durmiendo,
derraman sueño sobre su cabeza
y se sientan junto a su cama.

Cuando lobos y tigres aúllan por su presa,
se detienen y lloran apenados;
tratan de desviar su sed en otro sentido,
y los alejan de las ovejas.
Pero si embisten enfurecidos,
los ángeles con gran cautela
amparan a cada espíritu manso
para que hereden mundos nuevos.
Y allí, el león de ojos enrojecidos
verterá lágrimas doradas,
y compadecido por los tiernos llantos,
andará en torno de la manada,
y dirá: "La ira, por su mansedumbre,
y la enfermedad, por su salud,
es expulsada
de nuestro día inmortal.
Y ahora junto a ti, cordero que balas,
puedo recostarme y dormir;
o pensar en quien llevaba tu nombre,
pastar después de ti y llorar.
Pues lavada en el río de la vida
mi reluciente melena
brillará para siempre como el oro,
mientras yo vigilo el redil.

El Ángel de la música – Paloma Palao


                               A Antonio Colinas

No responde
la añoranza a la música, sí al esfuerzo
de una armonía
celeste y casi hallada. Tañe el laúd
y canta: esfuerzo sumo y aún anhela, contempla.
Hay un dolor, aunque su cabello
orle una franja, de fingidas piedras. Su cuello
es recio, cual de varón. Sus ojos
perdida
la hermosura tienen. Traspasa suave
la túnica sus alas. Hay un dolor del aire
detenido. Las cuatro cuerdas del laúd tan tensas
donde las manos
no reposan. El paraíso
está perdido en el esfuerzo: no es un ángel
quien tanto dolor siente.
Hojas de naranjo acompañan
tras del azar perdido su memoria.

El mar en persona – Juan Larrea

He aquí el mar alzado en un abrir y cerrar de ojos de pastor
He aquí el mar sin sueño como un gran miedo de tréboles en flor
y en postura de tierra sumisa al parecer
Ya se van con sus lanas de evidencia su nube y su labor
A la sombra de un olmo nunca hay tiempo que perder

Crédula exquisita la oscuridad sale a mi encuentro
Mi frente abriga la corteza del pan que llevo adentro
cortado a pico sobre un pájaro inseguro

Y así me alejo bajo la acción del piano
que me cose a las plantas precursoras del mar
Un ciervo de otoño baja a lamer la luna de tu mano
Y ahora a mi orilla el mundo se empieza a desnudar
para morirse de árboles al fondo de mis ojos.

Mis cabellos se llenan de peces de penumbra
y de esqueletos de navíos forzosos

Sin ir más lejos
tú eres fría como el hacha que derriba el silencio
en la lucha entre el paisaje y su golpe de vista

Mas cuando el cielo exporta sus célebres pianistas
y la lluvia el olor de mi persona
cómo tu hermoso corazón se traiciona