En la cámara oscura de tu ojo, la mente alunada
da un salto mortal hacia el falso eclipse:
los ángeles brillantes pierden la consciencia en la tierra
de la lógica, tras el obturador de sus impedimentos.
Ordenándole al cometa en espiral que arroje un chorro de tinta
para embadurnar el mundo con un remolino de brea,
nublas todos los rangos del cenit del orden
y ensombreces la fotografía radiante de dios.
Serpiente ascendiendo en espiral bajo esa luz opuesta,
invades las lentes dilatadas del génesis
para imprimir tu flameante imagen en la mancha de nacimiento
con caracteres que ningún canto de gallo puede borrar.
Oh, creador del orgulloso negativo del planeta,
oscurece el sol abrasador hasta que todos los relojes se paren.
Cayó sin dar un ¡ay! en la primera
y última desventura de su vida…
¡Ya no asusta el cometa sin medida
que se apagó en mitad de la carrera!
Y este llanto que moja mi severa,
rugosa faz en la vejez sumida,
es ya la última lágrima exprimida
de una fuente de amor que amor no espera.
¡Poeta del pesar!… De la clemente
tumba que de los vivos te separa,
rompe la losa con tu férrea mano…
Canta el Himno a la muerte que inspirara
a tu virtud el infortunio humano,
y escupe al vulgo hipócrita en la cara.
A ti, muchacha, que, de pronto, estrenas
la juventud caliente de la risa,
a ti te estoy diciendo: eres precisa
en cierta soledad, en ciertas venas.
Crece la muerte con la vida. Apenas
le llega al corazón alguna brisa,
pero tú crecerías más deprisa;
la alegría que tú desencadenas.
Préstame, amiga, préstame temprano
tus ojos y tus pechos. Duramente
por la boca te sale mucha vida.
Esta hora es feroz. Dame la mano;
alcánzame una muerte sonriente;
pon tus labios desnudos en mi herida.
Perdido ando, señora, entre la gente,
sin vos, sin mí, sin ser, sin Dios, sin vida:
sin vos, porque no sois de mí servida;
sin mí, porque no estoy con vos presente;
sin ser, porque de vos estando ausente
no hay cosa que del ser no me despida;
sin dios, porque mi alma a dios olvida
por contemplar en vos continuamente;
sin vida, porque ya que haya vivido,
cien mil veces mejor morir me fuera
que no un dolor tan grave y tan extraño.
¡Que preso yo por vos, por vos herido,
y muerto yo por vos d'esta manera,
estéis tan descuidada de mi daño!
Suena mi oscura juventud y suena
mi corazón extrañamente grave.
Es silencioso Dios. Yo no. Quién sabe
por qué esta y tanta cantidad de pena.
Parece que es dolor lo que me llena
hasta la altura de los ojos. Cabe
vida y muerte en mi voz, pero no hay llave
para abrir el amor; sólo hay cadena.
Lumbre lejana que me estás quemando
y no me dejas ver y no me tocas:
esto es un hombre, pero está llorando.
Sólo quiere vivir, pero en caliente.
Dime: ¡qué hago con las ganas locas
de ser agua en la sed, sed en la fuente?
¿Qué harás a estas horas con tus manos?
¿A qué materias estarás cercana?
A la desolación de tu ventana,
¿trae la oscuridad ruidos humanos?
Me ocurre como todos los veranos:
me crece el corazón, me da la gana.
¡Vivir tan duramente la semana
y ahora no poder! ¡Ah ciudadanos!
Son las once en la noche. A lo mejor
es más tarde en la vida. Yo no veo
ninguna solución. Todo es peor.
Y tú, reina mortal, ¿en qué cal viva
pondrás los ojos a dormir? Paseo
como un perro; con sed, a la deriva.
Aquí hubo un amor, hubo una impura
floración de la sangre enamorada,
pero la sangre más desesperada
no tiene un fuego en que incendiar tu hondura.
Como un ángel te vas; como la oscura
juventud del dolor; como una espada
de amargura y de viento, derrotada
por el hierro y la sed de la ternura.
En ti acaba la noche, en tu ribera,
y el agua amante y la pasión dormida,
y, en tu boca, mi boca verdadera.
Únicamente porque muere, canta
mi palabra desnuda y retorcida:
hacia ti, como un puño, se levanta.
Arráncate la luz de la mirada.
Los ángeles del bien están hundidos.
Voluntades de nubes y de nidos
son la ceniza de la madrugada.
Arráncate la luz, que ya es llegada
la hora de los cielos descendidos,
y desgarra tus labios encendidos,
que está abajo la tierra enamorada.
Está abajo la tierra y, por metales,
lentos barcos de amor, vagan los muertos
y no lloran: cantan, horizontales.
Es la boca de Dios. Estremecida,
en la vieja pasión de los desiertos,
clama, abajo, caliente, por tu vida.
Déjame ahora, amor, que te maldiga
con la palabra amarga y el castigo.
Déjame que me sienta tu enemigo
y a gritos déjame que te lo diga.
En la colmena, en la cuajada espiga
yo levanto mi voz y te maldigo.
En el tesoro de la miel y el trigo,
en el fugaz vilano y en la ortiga.
Maldito seas en las pleamares,
en el jazmín, el ónice, la arena,
en el sirguero y en su verde ramo.
Maldito en el jacinto y los azahares.
Y, en la albahaca, el junco y la azucena,
maldito yo también porque te amo.
Me desperté soñándote aquel día
en que estrenó mi corazón latido,
y le puse tu nombre y tu apellido
al cielo, al sol, al mar y a la alegría.
Poco después, cuando la tarde fría
se echó a morir privada de sentido,
supe que, con la luz, tú te habías ido
y que jamás la luz retornaría.
Pero hoy mi corazón incontenible
siente otra vez brotar, como una fuente,
el ávido reclamo de la vida.
¿Por ventura es aún todo posible,
o es que el dolor prepara, reincidente,
con pasos de paloma su embestida?.