Libera me, Domine, de morte eterna, in die illa tremenda REQUIEM
SEÑOR, líbrame de la muerte eterna. Yo que siempre creí en un final con azoteas luminosas, hoy dudo.
¿Fue cierta aquella madrugada entre la nieve en un país extraño? ¿Te contemplé una vez entre las sábanas tendidas?
¿Fue cierta la tibieza de madriguera de mi niñez, el cuerpo de mi hermana junto a mi cuerpo? ¿Grité feliz como un blanco animal sobre una cama? ¿Escuché un día los latidos de Ruth?
Acalla todo pensamiento, Señor, devuélveme el estremecimiento ante una nuca demasiado hermosa; dale a mi pulso irregularidades.
Perdida estoy, Señor; cógeme de la mano; hazme danzar como a un derviche; embriágame de luz.