Palpitante de angustia y de terror te veo. Ya en tu carne has sentido los dientes del Pecado, y en medio de las lúbricas traíllas del deseo tu pudor se defiende como un ciervo acosado.
A veces, en un ímpetu te vuelves irritada, y tu violencia aplastada y tu coraje hiere, y en otras, lacrimosa, suplica tu mirada con el dolor de un alma que de dolor se muere.
Pero, defensa inútil. Llegará el caballero, y hundirá en tus entrañas virginales, su acero, y morirás bañada entre tu sangre ardiente...
Y entregará tu cuerpo, en medio de la plaza, a la salvaje y ávida lujuria de la gente, ¡cual sangriento trofeo de su bárbara caza!