También tú, curtidor, y tú, patán hermoso, arrancándole al invierno terrones, empujando en agosto el plostellum. Y tú, herrero entre sombríos fulgores, o tú, inocente borracho sin oficio. También vosotros sin saberlo conocisteis alguna vez no la mayor: la única gloria del poeta: cuando en el prado, la curtiduría, la taberna, la fragua, se os llegaron casualmente a la boca aquellas tres, cuatro palabras que no se habían juntado antes o nunca habían sonado de aquel modo, y que dejaban dicho algo, sencillo acaso como ellas, pero tan verdadero, tan nuevo y tan antiguo que os suspendió y enmudeció un instante, como a algunos de los que os escuchaban.