Todas las entradas por Ricardo Fernández

Aficionado a la ciencia ficción desde hace más de 40 años. Poeta ocasional y lector de poesía, novela negra, ensayo, divulgación científica, historia y ciencia ficción.

Somos mujeres – Elvira Sastre

Miradnos.

Somos la luz de nuestra propia sombra,
el reflejo de la carne que nos ha acompañado,
la fuerza que impulsa a las olas más minúsculas.

Somos el azar de lo oportuno,
la paz que termina con las guerras ajenas,
dos rodillas arañadas que resisten con valentía.

Miradnos.

Decidimos cambiar la dirección del puño
porque nosotras no nos defendemos:
nosotras luchamos.

Miradnos.

Somos, también, dolor,
somos miedo,
somos el tropiezo de otro
que pretende marcar un camino que no existe.

Somos, también, una espalda torcida,
una mirada maltratada, una piel obligada,
pero la misma mano que alzamos
abre todas las puertas,
la misma boca con la que negamos
hace que el mundo avance,
y somos las únicas capaces de enseñar
a volar a los pájaros.

Miradnos.

Somos música,
inabarcables, invencibles, incontenibles, inhabitables,
luz en un lugar que aún no es capaz de
abarcarnos, vencernos, contenernos, habitarnos,
porque la belleza siempre cegó los ojos
de aquel que no sabía mirar.

Nuestro animal es una bestia indomable
que dormía tranquila hasta que decidisteis
abrirle los ojos con vuestros palos,
con vuestros insultos, con este desprecio
que, oídnos:
no aceptamos.

Miradnos.

Porque yo lo he visto en nuestros ojos,
lo he visto cuando nos reconocemos humanas
en esta selva que no siempre nos comprende
pero que hemos conquistado.

He visto en nosotras
la armonía de la vida y de la muerte,
la quietud del cielo y del suelo,
la unión del comienzo y del fin,
el fuego de la nieve y la madera,
la libertad del sí y el no,
el valor de quien llega y quien se va,
el don de quien puede y lo consigue.

Miradnos,
y nunca olvidéis que el universo y la luz
salen de nuestras piernas.

Porque un mundo sin mujeres
no es más que un mundo vacío y a oscuras.

Y nosotras
estamos aquí
para despertaros
y encender la mecha.

La hoja del álamo – Giorgos Seferis

Temblaba tanto que se la llevó el viento
temblaba tanto cómo no se la iba a llevar el viento
allá lejos
un mar
allá lejos
una isla al sol
y las manos aferradas a los remos
muriendo a la vista del puerto
y los ojos cerrados en anémonas marinas.

Temblaba tanto y tanto
la he buscado tanto y tanto
en la acequia de los eucaliptos
en primavera y en otoño
en todos los bosques desnudos
cuánto la he buscado, Dios mío.

América Latina – Elvira Sastre

Vino a nombrarte la tierra,
vino a plantarte como si fueras un árbol
y no mi parte izquierda,
vino a sembrarte como agua
y no como aire.

Vino a nombrarte la tierra.

Llego a ti como extranjera y me quedo
como invitada. Eres de color azul, 
verde, rojo, amarillo.
Eres de color y eso,
en este mundo de grises que hemos creado,
es igual que partir el silencio con una carcajada.

Te huelen los ojos a fruta recién nacida,
tus manos cantan canciones en otros idiomas
que conozco aunque no comprenda,
hay algo de ti en todo lo que hago y creo que
sería capaz de dibujarte sin usar los dedos.

Tu voz se enciende si la toco,
hay ceniza en tu garganta
pero nada cesa tu grito,
existe tanto cariño en tus esquinas
que el viaje, como el amor cuando es cierto,
siempre es de ida.

Tienes nombre de mujer,
de mujer valiente que se planta,
de mujer que se planta y lucha,
de mujer que lucha y vence,
pero también tienes nombre de mujer que se muere,
tienes nombre de mujer que se muere
porque alguien la mata.

Vino a nombrarte la tierra.

Y vino a quitarte la fuerza,
vino la tierra a sacarte de mi ombligo
y a arrastrarte con ella,
vino a quitarte la vida.

Pero no sabía la tierra
que estás por encima de la muerte,
que te elevas y me abrazas
y me enseñas las verdades que nadie escucha,
y esperas, paciente,
que regrese y te cuente mis lamentos
sin reproches, con el abrazo
de los que siempre aguardan,
con el perdón de los que siempre confían.

Porque eres una y eres cientos,
América Latina,
y yo te llevaré conmigo,
y me llevaré contigo,
todo el tiempo que me queda,
todo el tiempo que me esperes.

La ceniza de nuestros sueños – Tudor Arghezi

La ceniza de nuestros sueños
cae a montones sobre nosotros,
como caen en los búcaros
los pétalos azules,
atacados por un insecto oculto en las hojas.

Se agita el viento y gime.
La tierra se funde con el cielo,
las ciudades son bolos y ovillos,
hondas guitarras de blasfemias,
y el aire es frío como el hierro.

La tierra es un molino vacío
con larvas mendigando aposento,
moviéndose en el polvo muerto
que se está perdiendo en el caos...

la tierra de los sueños que han sido.

Altura y pelos – César Vallejo

¿Quién no tiene su vestido azul?
¿Quién no almuerza y no toma el tranvía,
con su cigarrillo contratado y su dolor de bolsillo?
¡Yo que tan sólo he nacido!
¡Yo que tan sólo he nacido!

¿Quién no escribe una carta?
¿Quién no habla de un asunto muy importante,
muriendo de costumbre y llorando de oído?
¡Yo que solamente he nacido!
¡Yo que solamente he nacido!

¿Quién no se llama Carlos o cualquier otra cosa?
¿Quién al gato no dice gato gato?
¡Ay, yo que sólo he nacido solamente!
¡Ay! yo que sólo he nacido solamente!

A Moctezuma – Pedro Casaldáliga

Dioses por dioses, sin piedad trocaban;
madres por viudas, reyes por vasallos.
La muerte cabalgaba en sus caballos.
Sus cruces y sus preces blasfemaban.

No “fue Dios quien le dio tanta victoria”.
No andaba Dios metido en sus degüellos.
Menos que maceguales todos ellos,
quemaron con sus naves su memoria.

Y basta ya de imperios y de oro.
Sea el matiz el único tesoro
y soberano el Pueblo y ley la Vida.

Libre la sangre en las banderas rojas,
verás reverdecer piedras y hojas,
Tenochtitlán verá la amanecida.

Orfeo en el Elíseo – Juan Herrero Diéguez

ME acuerdo de jugar descalzos muchas veces,
¿lo recuerdas? Bailábamos
en las losetas viejas del garaje
la canción del verano, la que fuera.

También me acuerdo del olor a limpio
de los ambientadores de los coches
y del barniz y el cloro y de los globos de agua
y de las cenas juntos en la mesa del patio.

Me acuerdo de hasta cómo ibas vestida
cuando por fin me decidí a pedirte
que salieras conmigo, tanto tiempo después,
pero no soy capaz de recordar
cuál era el tono exacto de tu voz,
ni cuál era tu olor cuando te levantabas.

He oído en estos años cómo crecen
ortigas por las jambas de las puertas:

Por eso fui a buscarte al inframundo.

Jesús de Nazaret – Pedro Casaldáliga

¿Cómo Dejarte ser sólo Tú mismo,
sin reducirte, sin manipularte?
¿Cómo creyendo en Ti, no proclamarte
igual, mayor, mejor que el Cristianismo?

Cosechador de riesgos y de dudas,
debelador de todos los poderes,
Tu carne y Tu verdad en cruz desnudas,
contradicción y paz, ¡eres quién eres!

Jesús de Nazaret, hijo y hermano,
viviente en Dios y pan en nuestra mano,
camino y compañero de jornada,

Libertador total de nuestras vidas
que vienes, junto al mar, con la alborada,
las brasas y las llagas encendidas.