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No está el aire propicio para estampar mejillas… – Gerardo Diego

No está el aire propicio para estampar mejillas.
Se borraron la flechas que indicaban la ruta
más copiosa de pájaros para los que agonizan.
Se arrastran por los suelos nubes sin corazón
y a la garganta trepa la impostura del mundo.

No está el aire propicio para cantar tus labios,
tu nuca en desacuerdo con las leyes de física
ni tu pecho de interna geografía afectuosa.
Las tijeras gorjean mejor que las calandrias
y no vuelven ya nunca si remontan el vuelo
y aquí en mi cercanía tres libros se aproximan,
abiertos en la página donde muere una reina.

Qué dulce despertar el del amor que existe
y qué existencia clara la del ojo que duerme,
velado por las alas remotas de los párpados.

Pétalos de difuntas miradas, llueven, llueven
y llueven, llueven, llueven. Me sepultan los pies,
las rodillas, el vientre, la cintura, los hombros.
Van a enterrarme vivo; van a enterrarme vivo;

No está el aire propicio para soñar contigo.

Insinuación – Gerardo Diego

Oh, ven, ven, ¿a qué esperas?
Los árboles te llaman
agitando sus miembros infinitos.
La tierra abre sedienta
la boca, y modifica
la incómoda postura de sus muslos.
Sus párpados entoldan los tejados.
Alborotan los niños de la escuela.
Se hace más tersa y suave
la mejilla frutal de las mujeres.
Y acarician mi frente anubarrada,
barriéndola de duros pensamientos
los plumeros de seda de la brisa.
Oh, ven pronto
a adormecer  -silencio-  nuestros sueños,
contándoles tu historia sin sentido,
tan casta y voluptuosa,
toda de besos mudos
y calladas sorpresas.

Otoño – Gerardo Diego

Mujer densa de horas
y amarilla de frutos
como el sol del ayer

El reloj de los vientos te vio florecer
cuando en su jaula antigua
se arrancaba las plumas el terco atardecer

El reloj de los vientos
despertador de pájaros pascuales
que ha dado la vuelta al mundo
y hace juegos de agua en los advientos

De tus ojos la arena fluye en un río estéril

Y tantas mariposas distraídas
han fallecido en tu mirada
que las estrellas ya no alumbran nada

Mujer cultivadora
de semillas y auroras

Mujer en donde nacen las abejas
que fabrican las horas

Mujer puntual como la luna llena

Abre tu cabellera
               origen de los vientos
que vacía y sin muebles
mi colmena te espera.

Mujer de ausencia – Gerardo Diego

Mujer de ausencia,
escultura de música en el tiempo.
Cuando modelo el busto
faltan los pies y el rostro se deshizo.
Ni el retrato me fija con su química
el momento justo.
Es un silencio muerto
en la infinita melodía.
Mujer de ausencia, estatua
de sal que se disuelve, y la tortura
de forma sin materia.

Blues del nacimiento – Antonio Gamoneda

Nació mi hija con el rostro ensangrentado		
y no me la dejaron ver despacio.		
Nació mi hija con el rostro ensangrentado		
pero me la quitaron de las manos.		

Mi hija ahora ya va a hacer tres años		
y habla conmigo y ella ve mi rostro.		
Mi hija ahora ya va a hacer tres años		
y canta y piensa pero ve mi rostro.		

Yo ahora ya no me pregunto		
por qué se ama a un rostro ensangrentado.

Supervivencia – José Manuel Caballero Bonald

Musgo mefítico, adherencia		
matinal de lo inerte, día		
a día arrastrándome		
hacia un fondo de esponjas		
oxidadas, broncas burbujas		
balbucientes, tentáculos		
que en las marañas de la noche		
acechan.		
      Toco a ciegas
la luz, las alas		
de las horas, escucho		
cómo restallan los cristales		
de la mañana llameando		
desde el centro		
del sueño, desde el centro.		
Lentas ondas me emplazan		
en lo opaco del día, busco		
la cajita de yerbas, el papel		
ocasional de los recados.		
                      Salto
por fin al borde de la vida.

A mi Ángel – María Zambrano

... Y no hay misterio
sólo trabajos, pesadumbre,
y esa amarga yerba.
Pero tú me conduces
y nada te pido.
Sí, quiero ser tus alas
caídas, ahora, llanto,
lluvia de lágrimas por mí.
Porque tú me lloras,
lloras mi no ser
porque me sientes amantísima a tu lado.
Soy tu fealdad, tu impotencia
extranjera a ti confiada.
Cómo te peso,
yo, la invisible,
soy tu piedra,
el aceite que unta tus alas,
tu rémora
y, en instantes infinitos,
tu desesperación.
¡Oh, Ángel!
¿Seré tu infierno?
Eterno retorno
de tu ligereza por mí aprisionada.
Como una oscura cosa
me ofrezco a tus pies
para ser quemada, ahumada,
víctima necesaria de tu libertad.
No me dejes existir, pues que te
peso.
Tú me mides,
soy tu irreductible,
¿hasta cuándo?,
tu condena.

Voces – Juan Gelman

eugenio triste era un
triste que a veces preguntaba
si solamente era verdad
la lejanía el cierto olvido
más cierta la hoja seca que
el brote nuevo preguntaba
eugenio el harto mi reDiós
de tanta técnica o científica
o máquinas que nunca le
devolvieron la mujer muerta

de su mujer nacían números
otros abstractos sin calor
color olor o simple vida
a modo de ruido insolente
o gran saliva en el amor
o equivocadas dolorosas
las dos distancias que se ataban
o ardían sin cuidar el arte
del rizo o raso sobre el labio
sin cuidar fuegos como lujos

ah camarada en la tristeza
linda podrida del revés
le subían exactitudes
planetas ya vacíos como
los vestidos sin cuerpo donde
amarilleaban los aromas
los encuentros los desencuentros
que hubo o hubieron como hubiesen
o celebrando la pasión
o las porfías espantosas

eh camarada triste triste
eh triste eugenio raro es
el mundo el barro el río el tiempo
que te dio vuelta el rostro para
que te miraras el través
la espalda que latía bajo
el diente que le hincaron y
agujeritos como perros
que no respetan dioses se
cubren de dorados ungüentos

¿también a usted lo preocupaba
el rigor mortis conturbat me
a manera de perfección
de grande pájaro en su luz
quieto en innúmeras regiones
del corazón acomodado
mientras rumores en la noche
crecían como desamparos
y se desceñían los mirtos
que lo honraban especialmente?

ah caballadas del pesar
lo galoparon o dejándole
un gran polvo en la boca o
una verdad como una furia
o sea como una tristeza
le taparon el ojo del
alma como se dice y un
tajo hondo le dejaron donde
pasa volando el amor de oro
¡oh niño tierno ciego no!

con eugenio hicieron un vuelo
que buscaba una amiga dulce
para dormir para dormir
de las que ven la luz del sol
no tienen doble la salud
y fluyen como ríos como
los animales en su pico
gallos que anuncian la mañana
también para el silencio hay
una recompensa sin riesgo

¿cuándo levantarás un palo
con tu pedazo ya mitad
en los cajones de la cielo
y no apagando nunca lámparas
como cenizas triste triste
y de las manos te salieran
toda la ausencia como miel
la dolor como suave pájaro
la sufrimiento como mundo
y el adverbio con yerba encima?

así quisieron verte eugenio
los insectos alados que
por los caminos más oscuros
las algas viejas las ballenas
las dos maneras de la mar
los matrimonios instantáneos
buscan comer vírgenes suaves
goletas delirantes antes
de convertirse en sus retratos
como espectros los más humanos

ah pobres de la tierra nunca
terminarían de pagar
himnos que hacen brillar al sol
como bandidos que vigilan
viejos tesoros escondidos
puros terribles como plantas
curanderas del corazón
para el eugenio triste triste
al que jamás le devolvieron
la esposa muerta muerta muerta

ojos orejas para quién
boca nariz hacia qué carne
y así el eugenio se encerró
como rodeado de injusticias
se le caían astros antiguos
que él no iba a levantar
y una silencio lo envolvió
que lo hizo hablar por una vez
sin saber quién lo trajo o
como empezando su defensa

cuando sus palabras se hundieron
en la tierra que lo esperó
aún tuvo tiempo de mirar
la luz que le subía del pecho
afirmando que todo es muerte
afirmando que todo es vida
como una última mujer
o esposa con la que bajara
ya libres de escaleras por
lo que come a buenos y a malos

Los nombres – Jorge Guillén

Albor. El horizonte
Entreabre sus pestañas
Y empieza a ver. ¿Qué? Nombres.
Están sobre la pátina

De las cosas. La rosa
Se llama todavía
Hoy rosa, y la memoria
De su tránsito, prisa,

Prisa de vivir más.
A lo largo amor nos alce
Esa pujanza agraz
Del Instante, tan ágil

Que en llegando a su meta
Corre a imponer Después!
Alerta, alerta, alerta,
Yo seré, yo seré

¿Y las rosas? Pestañas
Cerradas: horizonte
Final. ¿Acaso nada?
Pero quedan los nombres.