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Está en penumbra el cuarto, lo ha invadido… – Francisco Brines

Está en penumbra el cuarto, lo ha invadido
la inclinación del sol, las luces rojas
que en el cristal cambian el huerto, y alguien
que es un bulto de sombra está sentado.
Sobre la mesa los cartones muestran
retratos de ciudad, mojados bosques
de helechos, infinitas playas, rotas
columnas: cuántas cosas, como un muelle,
le estremecieron de muchacho. Antes
se tendía en la alfombra largo tiempo,
y conquistaba la aventura. Nada
queda de aquel fervor, y en el presente
no vive la esperanza. Va pasando
con lentitud las hojas. Este rito
de desmontar el tiempo cada día
le da sabia mirada, la costumbre
de señalar personas conocidas
para que le acompañen. y retornan
aquellas viejas vidas, los amigos
más jóvenes y amados, cierta muerta
mujer, y los parientes. No repite
los hechos como fueron, de otro modo
los piensa, más felices, y el paisaje
se puebla de una historia casi nueva
(y es doloroso ver que aún con engaño,
hay un mismo final de desaliento).
Recuerda una ciudad, de altas paredes,
donde millones de hombres viven juntos,
desconocidos, solitarios; sabe
que una mirada allí es como un beso.
Mas él ama una isla, la repasa
cada noche al dormir, y en ella sueña
mucho, sus fatigados miembros ceden
fuerte dolor cuando apaga los ojos.
Un día partirá del viejo pueblo
y en un extraño buque, sin pensar,
navegará. Sin emoción la casa
se abandona, ya los rincones húmedos
con la flor de verdín, mustias las vides,
los libros amarillos. Nunca nadie
sabrá cuándo murió, la cerradura
se irá cubriendo de un lejano polvo.

Las últimas preguntas – Francisco Brines

En el acabamiento de la tarde,
cuando hacía el camino,
he llegado de pronto ¿a dónde?

La noche que ha caído,
tan repentina y negra, me impide ver,
y sólo sé que nadie me acompaña.
¿Qué ha sido este viaje?

Muy largo debió ser, por la fatiga,
o acaso fue muy breve, si existió:
De entre mis posesiones
sólo guardo un pañuelo que oscurece en mis manos:
¿Para secar las lagrimas que no puedo verter?
¿O para despedirme, desde la prescripción,
de las sombras que dejo?

Sin tiempo, me pregunto: ¿qué soy? ¿quién soy?
¿Y para qué partí?
¿Y qué sentido tiene haber llegado?
Y qué poco me importa lo que,
del lado del desuso, pueda pasar ahora,
si nada entiendo.
Dejo de ser mortal. Mas no soy inmortal.
Como si nada hubiera sido.

Sábado – Francisco Brines

Esta es la noche sorprendente;
surge, de un mundo oscuro, la soledad, y se une a la alegría,
y anda libre el deseo en pos de su inminencia.
El alborozo de los ojos desnuda a la ciudad,
hermosa igual que un firmamento.
Quizás hallemos hoy la dicha,
pues cada sábado nocturno, en estas calles, la hace siempre posible,
sin que, a primeras horas, aún importe la edad.
Cabinas telefónicas en donde la memoria marca secretos números,
o bares sucesivos y abundantes esquinas,
te ofrecen la belleza que persigues,
y para disfrutarla tú dispondrás después de alguna oscuridad.
Y todo podrá ser, porque lo fue otras veces.

Mas no te sientas nunca el dueño de la noche:
son rostros numerosos, y también desatentos;
puede el hado no serte favorable,
y hace algún tiempo ya que lo sabes hostil.
Mas no abandones nunca la esperanza
de ese dormir, si en ello va tu vida:
cansado, y por rutina, busca atento
el rostro alegre y ciego de tanta juventud.

La piedad del tiempo – Francisco Brines

¿En qué oscuro rincón del tiempo que ya ha muerto
viven aún,
ardiendo, aquellos muslos?

Le dan luz todavía
a estos ojos tan viejos y engañados,
que ahora vuelven a ser el milagro que fueron:
deseo de una carne, y la alegría
de lo que no se niega.

La vida es el naufragio de una obstinada imagen
Que ya nunca sabremos si existió,
Pues sólo pertenece a un lugar extinguido.

Oración por la belleza de una muchacha – Dámaso Alonso

Tú le diste esa ardiente simetría
de los labios, con brasa de tu hondura,
y en dos enormes cauces de negrura,
simas de infinitud, luz de tu día;

esos bultos de nieve, que bullía
al soliviar del lino la tersura,
y, prodigios de exacta arquitectura,
dos columnas que cantan tu armonía.

Ay, tú, Señor, le diste esa ladera
que en un álabe dulce se derrama,
miel secreta en el humo entredorado.

¿A qué tu poderosa mano espera?
Mortal belleza eternidad reclama.
¡Dale la eternidad que le has negado!

Cuerpo entre dos – José Manuel Caballero Bonald

Hablarte es darle origen divino a mi palabra
porque tú permaneces aunque pasen los cuerpos,
porque mi incauta boca,
nacida para un nombre que en sombra se termine,
nacida para arder entre sospechas,
para llamar en vano de algún modo a la vida,
yo sé que no podría apresarte en la voz.

Mi boca no podría
en su mundo cercado con ecos de preguntas
hablarte, pronunciarte, decirte amor tan sólo,
sin prestarle raíces de dios a mi palabra,
porque tú no te acabas en presencia,
eres también caricia o apretada ternura
o nada más que un gozo de sentirme temblar
más dentro en tu mirada,
cuando ya no te tengo con tu peso de amor
caída entre mis brazos
y sin embargo existes fluyendo de mí mismo,
dejas incertidumbre en rastros indelebles
y nunca ya podrá mi soledad serlo del todo,
pues tu cuerpo, esa contigua posesión recóndita,
no se acaba entregándose,
se queda en siempre, en un tangible azar sin treguas,
en un latir sin treguas sobre mi pecho,
y es como el mar, que huye victorioso ,
que acude derrotado, para otra vez alzar
su lucha inacabable, su efímera obediencia,
en un morir naciendo cada hora,
vencido y vencedor al mismo tiempo.

Oh, amada, cuerpo entre dos, hablarte
es fijar en la tierra sus lindes de alegría,
arrebatar sus légamos a mis labios serviles,
es tañer el silencio con un sonido nuevo,
con un sonido igual al que tendría
una creación que en derredor vibrase,
que estuviese vibrando en mi palabra
para que nunca ya nombrar del mismo modo
a otro ser, que no tú, mi voz pudiera.

Composición de lugar – José Manuel Caballero Bonald

Equitativo es recordar ahora
entre otros varones si no claros,
translúcidos, a aquel
en quien solían coincidir los síntomas
más mortecinos, y no precisamente
por su viscosa calidad
cutánea sino por su manera
de ir empalideciendo a trechos
según las graduaciones del encono.

Benjamín insaciable
entre penosos contertulios, fue
en sus varios servicios reputado
de discreto: cumplió
con severa obediencia reiteradas
misiones de recepcionista, supo
supeditar su vocación de edil
a la de ujier, recibió
recompensas, no pernoctó en hoteles.

Nadie intentó jamás atribuirle
innecesarios viajes, gastos,
coitos, indumentarias. Tuvo
no obstante ocasión de mostrar
algún notorio cambio de conducta:
permutó lo mezquino por lo parco
y si antes pusilánime después fue temeroso.

Equitativo es recordarlo: aún
persevera su ejemplo, acaso porque nunca
se permitió licencia alguna sin guantes,
aunque es fama
que utilizó las manos hábilmente
para desabrocharse
y escribir sus informes en el polvo.

Hoy no – José Manuel Caballero Bonald

Comparto con la noche su premura
de tiempo, ese impaciente tránsito
circular de la sombra
que de otra sombra es víspera
o esa morosa voluntad de amarte
a partir de mañana, cuando
como a la luz te haya perdido
y sólo quede un último
plazo para esperarte
en la fugacidad del día siguiente.

Fin del trayecto – José Manuel Caballero Bonald

¿Parpadean las luces o eres tú
que me miras a ráfagas, vacilas
tercamente a mi lado y pones
como una intermitencia de cristales
litúrgicos entre el sexo y la música?

Quien aquí vino a hurgar
en la parte más neutra
de la noche, convicto
permanece en su duda, a extramuros
del tiempo, nunca más como cómplice,
sólo esperando ya qué importa qué.

Rigor Mortis – José Manuel Caballero Bonald

Por muy solos que estén, por muy diezmados
que parezcan estar, regresan
cada noche de su demarcación
más fúnebre, enarbolan
el imperioso emblema de una herencia
de fámulos y en la fealdad
abominable de su fe militan.

A su estatura escasa, copia
de otra estatura general
igualmente deforme, aplican
la inútil panacea de una máscara
con que intentan suplir
su congénito horror al rostro de la historia.

A veces se autoerigen
estatuas y a veces ellos mismos
con razonable unción
se llaman mutuamente mentecatos