Archivo de la categoría: Premio Cervantes

Lluvia de sol – José Emilio Pacheco

La muchacha desnuda toma el sol
apenas cubierta
por la presencia de las frondas.

Abre su cuerpo al sol
que en lluvia de fuego
la llena de luz.

Entre sus ojos cerrados
la eternidad se vuelve instante de oro.
La luz nació para que el resplandor de este cuerpo

le diera vida.
Un día más
sobrevive la tierra gracias a ella

que sin saberlo
es el sol
entre el rumor de las frondas.

La voz de los muertos – Luis Rosales

Calla. Tienes que oírla. Es la voz de los muertos
polvo en el aire, polvo donde se aventa España;
abre a la luz los ojos que nunca amanecieron,
y las islas recuerdan que las unió la espuma,
y los mortales oyen:

                                     Ya la tierra no existe,
la tierra que reposa, como un niño, en las aguas,
la tierra expedientada que mantiene en el aire
la duración del ser frente a la muerte clara.

Todo está desolado como un lecho vacío.

No hay que llorar.
                                 No llores.
                                                    Escucha solamente
el ciego resbalar de la arena en el viento
cuanto tuvo sonrisa pertenece a la muerte,
y nace el resplandor en brazos del olvido.
¿Dónde está, tierra firme, tu sencilla entereza,
si los ojos del hombre, los ojos que llevaron
en su mirada amante toda la luz del día,
para siempre han perdido la memoria del tránsito
y reciben la luz como un túnel oscuro,
como una tierra estéril donde la mies se agota?

Y tú, ¿qué harás ahora? Tú, la España de siempre,
la vencida del mar, la pobre y la infinita,
la que buscaba tierras donde dar sepultura,
la que vuelve los ojos polvorientos al valle,
la España de ceniza, de espacio y de misterio
que nos brinda la sed y nos muestra el camino.
¡El amor de la muerte te quitó la hermosura,
y el mandamiento alegre de la espiga de trigo,
y el canto verdeante del ruiseñor, el canto
que acrecienta la efímera duración de las cosas,
y el espejo, o el cuerpo, de la mujer que amamos
por su evaporación de carne sucesiva!
¡Y aún descansa en tu frente la esperanza del mundo,
la unidad de las flores en el Cuerpo de Cristo,
la vigilia del agua que besa donde llega,
y derrama en los aires claridades y aroma!

Y tú, ¿qué harás ahora?
                                           Ya la tierra no existe,
y habrá que unir de nuevo la arena entre las manos
para soñar, de nuevo, con su contorno huidizo.
¡Tus muertos no descansan ni conocen su tumba!
Y tú, la España unida por el polvo, la España
que nació, alguna vez, del tiempo y la promesa,
Y tú, ¿qué harás ahora?
                                           Murieron los varones
cuya sola presencia cantaba en el silencio
llena de luz entera como el cuerpo del día,
quieta está para siempre la juventud del mundo,
quieta, sin movimiento que muestre su esperanza,
quieta tempranamente mientras la luna deja
su doliente esplendor sobre la carne joven.

Y tú ¿qué harás ahora cuando los muertos vuelven?
Sobre la arena sola, desnuda y sin rumores,
que consagró a los cuerpos su fervor silencioso,
sobre las aguas tristes que enlutaron la espuma
de sus olas en flor por los muertos que tienen
toda la mar de España por sepultura y gloria,
y de pie, sobre el viento melodioso y antiguo,
de pie, como murieron, ya sin peso en el aire,
vendrán todos los muertos al corazón del hombre,
vendrán a recordarnos la vida que tenemos,
la muerte que ganaron en penitencia súbita,
cansados de su cuerpo vendrán, y con la sangre
quieta, amante y vacía ya para siempre sola.

Y así en la tierra dura que el trigo amarillece
vuestro silencio ha sido la primera verdad.
silencio y luz de luna que la muerte hermosea,
silencio que ha de ser tierra para el arado,
¡gloria espaciosa y triste donde descansa España
su viril hermosura tan antigua y tan nueva!
¡Tierra de luto y sangre que crece con los muertos
y nos da nacimiento, costumbre y agonía!
Tierra que sólo brinda paciencia y superficie,
tierra para morir,
                                 deshabitada y loca.
¡Oh trágico destino de España, madre España!

Una mujer y un hombre llevados por la vida… – Juan Gelman

Una mujer y un hombre llevados por la vida,
una mujer y un hombre cara a cara
habitan en la noche, desbordan por sus manos,
se oyen subir libres en la sombra,
sus cabezas descansan en una bella infancia
que ellos crearon juntos, plena de sol, de luz,
una mujer y un hombre atados por sus labios
llenan la noche lenta con toda su memoria,
una mujer y un hombre más bellos en el otro
ocupan su lugar en la tierra.

Amaranta – Rafael Alberti

Rubios, pulidos senos de Amaranta,
por una lengua de lebrel limados
pórticos de limones desviados
por el canal que asciende a tu garganta.

Rojo, un puente de rizos se adelanta
e incendia tus marfiles ondulados.
Muerde, heridor, tus dientes desangrados,
y corvo, en vilo, al viento te levanta.

La soledad, dormida en la espesura
calza su pie de céfiro y desciende
del olmo alto al mar de la llanura.

Su cuerpo en sombra, oscuro, se le enciende,
y gladiadora, como un ascua impura
entre Amaranta y su amador se tiende.

Sombrío ardor – Francisco Brines

No como las estrellas, que dan luz,
mas también incontables cual los átomos
que habitan negros en las hondas cuevas,
los encuentros del cuerpo, sin amor,
sólo son actos de tinieblas. Nada
perdura en mí de aquellos miembros, dicha,
fuego, sonrisa. El sombrío ardor
desvaneció su huella en la memoria,
dejó solo un cansancio. Y ahora vuelvo
al encuentro del cuerpo en las tinieblas,
y en el sombrío ardor toco la vida,
espectro lujurioso. Rueda el tiempo
por las sordas paredes de este cuarto,
y siento que la vida se deshace.
Escucho el corazón, y su latido
oscuro nada dice, fuego implora,
mendiga eternidad para la carne.

Merecida la luz nos la destruyen,
¿en dónde está?; mirad con cuánta prisa
hemos llegado al hueco sofocante.

En torno a la protagonista de un poema – Joan Margarit

Conocía muy bien tu piel dorada,
la señal de peligro de tus ojos azules.
Sueños de profesor que comenzaba
a perder su futuro. Hace mucho surgiste
entre aquellos muchachos y muchachas
del bar acristalado de nuestra Escuela blanca,
desde donde veíamos el mar.
Me preguntan quién eres. Quizás, un día, expertos
en soledad y en crímenes pasados
buscarán, amparada en las palabras,
la sombra de tu nombre y no hallarán
sino cartas violeta de la noche
y el rastro, entre papeles, de unos ojos azules.

El juego en que andamos – Juan Gelman

Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta salud de saber que estamos muy enfermos,
esta dicha de andar tan infelices.
Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta inocencia de no ser un inocente,
esta pureza en que ando por impuro.
Si me dieran a elegir, yo elegiría
este amor con que odio,
esta esperanza que come panes desesperados.
Aquí pasa, señores,
que me juego la muerte.

Ausencia – Jorge Luis Borges

Habré de levantar la vasta vida
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.

Insomnio – Gerardo Diego

Tú y tu desnudo sueño. No lo sabes.
Duermes. No. No lo sabes. Yo en desvelo,
y tú, inocente, duermes bajo el cielo.
Tú por tu sueño, y por el mar las naves.

En cárceles de espacio, aéreas llaves
te me encierran, recluyen, roban. Hielo,
cristal de aire en mil hojas. No. No hay vuelo
que alce hasta ti las alas de mis aves.

Saber que duermes tú, cierta, segura
– cauce fiel de abandono, línea pura -,
tan cerca de mis brazos maniatados.

Qué pavorosa esclavitud de isleño,
yo, insomne, loco, en los acantilados,
las naves por el mar, tú por tu sueño.