Tendida,
piedra hecha de mediodía,
ojos entrecerrados donde el blanco azulea,
entornada sonrisa.
Te incorporas a medias y sacudes tu melena de león.
Luego te tiendes,
delgada estría de lava en la roca,
rayo dormido.
Mientras duermes te acaricio y te pulo
hacha esbelta,
flecha con que incendio la noche.
El mar combate allá lejos con espadas y plumas.
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Cae el sol – José Hierro
Perdóname. No volverá a ocurrir.
Ahora quisiera
meditar, recogerme, olvidar: ser
hoja de olvido y soledad.
Hubiera sido necesario el viento
que esparce las escamas del otoño
con rumor y color.
Hubiera sido necesario el viento.
Hablo con humildad,
con la desilusión, la gratitud
de quien vivió de la limosna de la vida.
Con la tristeza de quien busca
una pobre verdad en que apoyarse y descansar.
La limosna fue hermosa -seres, sueños, sucesos, amor-,
don gratuito, porque nada merecí.
¡Y la verdad! ¡Y la verdad!
Buscada a golpes, en los seres,
hiriéndolos e hiriéndome;
hurgada en las palabras;
cavada en lo profundo de los hechos
-mínimos, gigantescos, qué más da:
después de todo, nadie sabe
qué es lo pequeño y qué lo enorme;
grande puede llamarse a una cereza
( «hoy se caen solas las cerezas»,
me dijeron un día, y yo sé por qué fue ),
pequeño puede ser un monte,
el universo y el amor.
Se me había olvidado algo
que había sucedido.
Algo de lo que yo me arrepentía
o, tal vez, me jactaba.
Algo que debió ser de otra manera.
Algo que era importante
porque pertenecía a mi vida: era mi vida.
(Perdóname si considero importante mi vida:
es todo lo que tengo, lo que tuve;
hace ya mucho tiempo, yo la habría vivido
a oscuras, sin lengua, sin oídos, sin manos,
colgado en el vacío,
sin esperanza.)
Pero se me ha borrado
la historia (la nostalgia)
y no tengo proyectos
para mañana, ni siquiera creo
que exista ese mañana (la esperanza).
Ando por el presente
y no vivo el presente
(la plenitud en el dolor y la alegría).
Parezco un desterrado
que ha olvidado hasta el nombre de su patria,
su situación precisa, los caminos
que conducen a ella.
Perdóname que necesite
averiguar su sitio exacto.
Y cuando sepa dónde la perdí,
quiero ofrecerte mi destierro, lo que vale
tanto como la vida para mí, que es su sentido.
Y entonces, triste, pero firme,
perdóname, te ofreceré una vida
ya sin demonio ni alucinaciones.
El reposo del fuego – José Emilio Pacheco
(Don de Heraclito)
Pero el agua recorre los cristales
musgosarnente :
ignora que se altera,
lejos del sueño, todo lo existente.
Y el reposo del fuego es tomar forma
con su pleno poder de transformarse.
fuego del aire y soledad del fuego.
al incendiar el aire que es de fuego.
Fuego es el mundo que se extingue y prende
para durar (fue siempre) eternamente.
Las cosas hoy dispersas se reúnen
y las que están más próximas se alejan:
Soy y no soy aquel que te ha esperado
en el parque desierto una mañana
junto al río irrepetible en donde entraba
(y no lo hará jamás, nunca dos veces)
la luz de octubre rota en la espesura.
Y fue el olor del mar: una paloma,
como un arco de sal,
ardió en el aire.
No estabas, no estarás
pero el oleaje
de una espuma remota confluía
sobre mis actos y entre mis palabras
(únicas nunca ajenas, nunca mías):
El mar que es agua pura ante los peces
jamás ha de saciar la sed humana.
Aquel verano de mi juventud – Francisco Brines
Y qué es lo que quedó de aquel viejo verano
en las costas de Grecia?
¿Qué resta en mí del único verano de mi vida?
Si pudiera elegir de todo lo vivido
algún lugar, y el tiempo que lo ata,
su milagrosa compañía me arrastra allí,
en donde ser feliz era la natural razón de estar con vida.
Perdura la experiencia, como un cuarto cerrado de la infancia;
no queda ya el recuerdo de días sucesivos
en esta sucesión mediocre de los años.
Hoy vivo esta carencia,
y apuro del engaño algún rescate
que me permita aún mirar el mundo
con amor necesario;
y así saberme digno del sueño de la vida.
De cuanto fue ventura, de aquel sitio de dicha,
saqueo avaramente
siempre una misma imagen:
sus cabellos movidos por el aire,
y la mirada fija dentro del mar.
Tan sólo ese momento indiferente.
Sellada en él, la vida.
La mujer – Nicanor Parra
La mujer llena de hijos no tenía donde vivir
Una mujer que era madre, que era hermana
Esposa no era, había sido
Una maldición pesaba sobre ella
Sobre su cabeza pesaba un cielo lleno de nubes
Y sobre sus pies pesaba todo
Yo estaba ahí de paso
Una especie de antimujer que lo vislumbra todo
El otro platillo de la balanza
Pues podía ser hijo como que efectivamente lo era
Podía ser padre, hermano
Podía ser esposo.
La mujer había elegido el lecho de un río para levantar sus tablas
Los utensilios domésticos yacían amontonados
Paisajes, matorrales se veían
Se veían piedras.
Todo esto ocurría en el corazón de una isla
Qué isla era aquella dios santo
Dios Santo
quién era yo para reírme de Cronos
Preguntaba a la hija idiota qué es aquello
Apuntando con el índice hacia unos cerros próximos
¡Nieve! respondía ella
Correcto, era nieve. En verdad era nieve.
Me daba vuelta y sin dejar de reír preguntaba de nuevo
Mirando ahora hacia el otro confín.
Nieve respondía de nuevo.
Estábamos rodeados de nieve
Pero era el corazón del verano.
Pensamiento profético:
Toda esta gente va a desaparecer.
Pensé que esa gente podía desaparecer
Los hijos mayores podían ser hermanos
Porque la sangre se había mezclado hacía tiempo
Los hijos mayores hablaban
Decían frases
Partirían ellos
Ellos se presentaban en forma de imágenes
Tomaban sus sombreros y se retiraban.
«El frío los hará desaparecer»
Ese pensamiento siniestro se apoderó de mí
El lecho del río se llenará de agua
Etc., etc.
Entonces yo partí en busca de víveres
Prometí volver con algo seguro
Hacía esfuerzos para no fracasar
Pero las piernas me temblaban
Salí al camino
Pero no, felizmente no
Aquélla no era una tierra desolada.
A ambos lados del camino descubrí chozas
Los pequeños palacios de los campesinos
Chozas miserables es cierto
Pero chozas de tierra: no de tablas
Poco a poco me fui acercando a ellas
De ellas salía humo
Con el rabo del ojo vi un corredor
Ensayé una pregunta, fracasé
Ensayé otra pregunta que extraje del fondo del espíritu
Fracasé
Aquellas mujeres me enjuiciaban
Dios Santo para qué me enjuiciaban aquellas mujeres
Si yo sólo era un transeúnte
Un quijote que no conoce los caminos
(Con el nombre de la isla me hubiera bastado)
Pero ellas hacían muecas
Se reirían seguramente
Pregunté dónde podría alquilar una casa
Habrá por aquí una casa que se alquile?
La imagen de la mujer anterior no desaparecía
Yo trabajaba para ella
Sufría posiblemente sufría
Quería sacarla del abismo
Seguí entonces por los caminos
El camino mismo me hacía marchar
Deambulando siempre
Sin perder completamente las esperanzas
Siempre mirando hacia atrás
Llegué a un villorrio
Pero las chozas habían sido quemadas
Solo quedaban los esqueletos
En un recodo del camino encontré una posada
Un anciano que vendía menestras
Vendía vino
Descripción del anciano:
Recuerdo que usaba un guardapolvo
Recuerdo las botellas de diferentes tipos
Pidió a otro cliente que me llevase en su automóvil
Cuando el motor ya estaba en marcha se acercó a la cabina
Hizo un obsequio
Y me animó para que siguiera indagando
Siguiera buscando.
El chofer no era un isleño
Pero había llegado antes que yo
Fumaba
Tenía una casa por armar
Veinticinco mil costaba esa casa
La armaría en el lecho del río
«Aquí no hay dónde levantar unos palos»
«Sólo existe el lecho del río»
Y el invierno?
«No hay que pensar en el invierno»
«No correrá más agua»
«El agua estará en todas partes»
«Pero no en el río»
«Los tranques…»
(Respuesta enigmática)
Pero yo estaba seguro de la catástrofe
Descripción de la catástrofe:
Cuando asomamos al valle vimos avanzar las aguas turbulentas
El río se llenaba rápidamente
Corrí hacia el puente
Habrían escapado los míos?
Las aguas empezaban a apoderarse de todo
Pero aquella mujer valiente no ha sido derrotada
Da voces
Refunfuñando despierta esa mujer maldita
No quiere salvar a sus hijos
«Después los iré a buscar»
«Primero hay que averiguar quién destapó los tranques»
La culpa recae sobre un zorro que andaba en busca de alimento
Lo acorralan contra la ribera
Gime
Escupen sus ojos
Yo rescato mi hija. La acerco al fuego
Froto su cuerpo
Mueve los pies
Trato de volverla a la vida
Pero aquello parece una caja
De su cabeza salen llamas
Tengo que volverla al agua
Recriminaciones de la mujer
Tú eres el culpable de todo
Tú eres el culpable de todo.
Defectuosa formación del plural – José Manuel Caballero Bonald
Disfraz, persona unitiva
Lezama Lima
Cuántos días baldíos
haciéndome pasar por lo que soy.
Máscara sin memoria, líbrame
de parecerme a aquel que me suplanta.
Uno solo será mi semejante
Siento el agua – Antonio Gamoneda
Me he sentado esta tarde a la orilla del río
mucho tiempo, quizá mucho tiempo,
hasta que mis ojos fluían con el agua
y mi piel era fresca como la piel del río.
Cuando llegó la noche, ya no veía el agua
pero la sentía descender en la sombra.
No escuchaba otro ruido que aquel ruido en la noche;
no sentía en mí más que el sonido de agua.
¡Tantos seres humanos, tan inmensa la Tierra,
y este ruido en la noche ha bastado para llenar mi corazón!
Yo no sé si he traicionado a mis amigos:
el cántaro está lleno de un agua oscura y dulce,
pero el cántaro sufre –el rojo, viejo barro.
Alguien tiene piedad de este cántaro.
Alguien comprende el cántaro y el agua.
Alguien rompe su cántaro por amor.
En todo caso, yo no he cogido el agua
para bebérmela yo mismo.
Deseo – Rafael Cadenas
Asciende por mi cuerpo como otra sangre
más cálida
que en mi boca se muda,
se vuelve la que no es
y se extingue
como un rumor más de la noche.
Río
que repite nombres.
Súplica – Joan Margarit
De esta invernal mañana, amable y tibia,
por favor, no te vayas,
quédate sumergida en este patio
como si hubieses naufragado
dentro de nuestra vida.
Bajo el laurel, entre las aspidistras
de verdes hojas, anchas y románticas,
por favor, no te vayas, no te vayas.
Todo está preparado para ti.
Quédate, por favor, y no te vayas.
Tu fugaz triunfo sobre el nunca más,
dime si lo recuerdas: necesito
unas palabras con la clara y honda
voz de tu ausencia. Pero te recoges,
callada, en el pasado,
un lecho de tristeza fulgurante.
Así fuiste encerrándote, a lo largo de ocho meses,
en el capullo de la oscuridad,
y ahora, horrorizada por la luz,
surge aleteando la furiosa,
pálida mariposa de la muerte.
Pero, si estás muriéndote, aún vives,
y hago estallar la última alegría
de tu rostro cansado y las pequeñas
manos entre las mías. Y repito:
estar muriéndote es vivir aún.
De esta invernal mañana, amable y tibia,
por favor, no te vayas, no te vayas.
Canción de amor – Rafael Alberti
Amor, deja que me vaya,
déjame morir, amor.
Tú eres el mar y la playa.
Amor.
Amor, déjame la vida,
no dejes que muera, amor.
Tú eres mi luz escondida.
Amor.
Amor, déjame quererte.
Abre las fuentes, amor.
Mis labios quieren beberte.
Amor.
Amor, está anocheciendo.
Duermen las flores, amor,
y tú estás amaneciendo.
Amor.