Archivo de la categoría: Premio Cervantes

Alma dormida – José Hierro

Me tendí sobre la hierba entre los troncos
que hoja a hoja desnudaban su belleza.
Dejé el alma que soñase:
volvería a despertar en primavera.

Nuevamente nace el mundo, nuevamente
naces, alma (estabas muerta).
Yo no sé lo que ha pasado en este tiempo:
tú dormías, esperando ser eterna.

Y por mucho que te cante la alta música
de las nubes, y por mucho que te quieran
explicar las criaturas por qué evocan
aquel tiempo negro y frío, aunque pretendas

hacer tuya tanta vida derramada
(era vida, y tú dormías), ya no llegas
a alcanzar la plenitud de su alegría:
tú dormías cuando todo estaba en vela.

Tierra nuestra, vida nuestra, tiempo nuestro…
(Alma mía, ¡quién te dijo que durmieras!)

Primer verano sin ti – Joan Margarit

I
Acantilados de un verdoso gris,
igual que grandes hachas prehistóricas,
se hunden en el agua.
Como quien pela fruta,
la carretera ciñe una curva, y otra,
por las viejas colinas abrasadas.

El coche se detiene ante la playa
y en el retrovisor no están tus ojos.
Enfrente, blanco, La Gambina
con su letrero -HOTEL- color azul
mirando, en la azotea, hacia el mañana.

II
Estás sentada enfrente de las olas:
las nubes se amontonan sobre el pueblo,
pero tú estás de cara al horizonte,
debajo aún del cielo del pasado,
que es nuestro mejor tiempo.
El mar, la gente, las embarcaciones,
todo se está moviendo
en esta última postal de ti.

El viento ensaya ráfagas
que se llevan volando una sombrilla.
Gotas frías de lluvia sobre la piel caliente
son como la advertencia de las madres
recogiendo en los ojos la sombra del peligro
en una playa abandonada al viento.

III
Joana, ahora el temporal resbala
bajo tus pies cansados.
Te veo huir: vas con tu lentitud
cruzando la mirada de la lluvia.
De pronto ya no estás ni en casa ni en la playa,
tus retratos sonrientes
los baten tramontanas del espanto.
Muchos años clavaste tus muletas
entre cantos rodados para llegar al mar.
Bajo el puente de hierro
-te lo dirán las golondrinas muertas-
tu amado pueblo de Colera
nunca más cambiará para tus ojos.

En mitad de un verso – Gerardo Diego

Murió en mitad de un verso,
cantándolo, floreciéndole,
y quedó el verso abierto, disponible
para la eternidad,
mecido por la brisa,
la brisa que jamás concluye,
verso sin terminar, poeta eterno.

Quién muriera así
al aire de una sílaba.
Y al conocer esa muerte de poeta,
recordé otra de mis oraciones.
«Quiero vivir, morir, siempre cantando
y no quiero saber por qué ni cuándo.»
Sí, en el seno del verso,
que le concluya y me concluya Dios.

Caverna – José Emilio Pacheco

Es verdad que los muertos tampoco duran
Ni siquiera la muerte permanece
Todo vuelve a ser polvo

Pero la cueva preservó su entierro

Aquí están alineados
cada uno con su ofrenda
los huesos dueños de una historia secreta

Aquí sabemos a qué sabe la muerte
Aquí sabemos lo que sabe la muerte
La piedra le dio vida a esta muerte
La piedra se hizo lava de muerte

Todo está muerto
En esta cueva ni siquiera vive la muerte

Se equivocó la paloma… – Rafael Alberti

Se equivocó la paloma.
Se equivocaba.

Por ir al Norte, fue al Sur.
Creyó que el trigo era agua.
Se equivocaba.

Que las estrellas, rocío;
que la calor, la nevada.
Se equivocaba.

Que tu falda era tu blusa;
que tu corazón, su casa.
Se equivocaba.

Ella se durmió en la orilla.
Tú, en la cumbre de una rama.

Decir de La Rioja – Gerardo Diego

No sabe la que es vida quien en ti no reposa,
Rioja, de tan abierta, secreta y misteriosa,
sabor de los sentidos confirmando a la rosa,
estribo de los Ángeles que alzan a la Gloriosa.

Sí. Yo también quisiera loarte y romanzarte
y, sin pedir ni un sorbo al rubricar mi encarte,
¿un cantar? No, un decir, un dictado rezarte,
rozarte en vuelo bajo, tus registros pulsarte.

Un ábaco mis sílabas, tetragrama y razón.
Juan, Gonzalo, acorredme. Dobles de corazón.
bailas y semitonos de tan pausado son
hagan bajar los párpados y enlabiar la oración.

¿Te acuerdas? Me llamaste a izar tu primavera.
Ya verdeaba el soto su niebla tempranera,
y cantaban juglares su rima porque era
desde el balcón la hoja logroñesa y puntera.

Provincia prometida: mía al fin. Calendario
de las cuatro estaciones en torno al campanario,
sazón, témpora y temple, mi paraíso agrario.
Monje soy sin cogulla ni becerro o breviario.

Tus alamedas músicas, tus aguas de sonata,
tus rodales romeros, tus huellas de reata,
el cáñamo apretado de mi humilde alpargata
quisiera recorrerlas en total caminata.

Que ya desde el otero tu vastedad diviso
y oigo cantar al gallo su puntual compromiso,
subido a la veleta porque la luz lo quiso.
Doce quiquiriquíes enronquecen su aviso.

Y veo a la gallina, tan medrosa y pedresa,
y, azotando sus alas vuelan una toesa
los ánades rastreros, camino de la presa
y flechan golondrinas su flecha que no cesa.

Pero aunque me propuse no remontarme, «anda
-me tienta una voz íntima- por más alta baranda».
Pues, ¿cómo dominarte, Rioja, banda a banda,
sino a vista de águila por toda La Demanda?

Tiempo, espacio me alejan. Sierra de San Lorenzo,
que desde Urbión un día contemplé como un lienzo.
El mundo se estrenaba a mis pies: fue el comienzo
de este pasmo tan mío que no me avergüenzo.

Qué bultos y qué angostos de virginal relieve,
que aristas poderosas, qué olvidos de la nieve,
que verdes, rosas, cárdenos, qué azul de cielo leve,
tan leve que en sí mismo se disuelve y se embebe.

Y a bajar ya siguiendo las risas de tus ríos.
de Cámeros al Ebro cantan sus desafíos,
torrentes, sombras, peces, remansos, pozos fríos.
Regatead los Siete Infantes, hijos míos.

Que el padre Ebro os llama, os urge y os devora.
Quién te ve y quién te vio en tu nacer sin hora,
cuando eras onda pura, inocencia sonora.
Quién te verá en La Rápita tragando sal traidora.

Os busco en Calahorra, aguas que memoraban.
Veo las dos cabezas mártires, navegaban
siempre a estribor por Calpe, Finisterre. Ya entraban,
horadaban la roca, en mi escudo anidaban.

Renacía el milagro a cada nueva luna,
y de los dos nombrados, el de mejor fortuna
se abreviaba en tres sílabas, ya para siempre cuna
que mece a mi poesía entre el muelle y la duna.

Quise, tierra de santos, sorguiñas y sagaces,
tierra de viña y huerta, de panes y de paces,
decirte estos loores cotidianos, solaces
de sus tercos trabajos, tus costumbres tenaces.

Te he dicho, no contado. Cuatro bueyes araron,
no grifos de Alexandre que el cielo alborotaron.
Cuatropeas pesadas terrones desbrozaron,
vía cuaderna y ancha con el rollo asentaron.

AYER VENDRÁ – Luis Rosales

La tarde va a morir; en los caminos
se ciega triste o se detiene un aire
bajo y sin luz; entre las ramas altas,
mortal, casi vibrante,
queda el último sol; la tierra huele,
empieza a oler; las aves
van rompiendo un espejo con su vuelo;
la sombra es el silencio de la tarde.
Te he sentido llorar: no sé a quién lloras.
Hay un humo distante,
un tren, que acaso vuelve, mientras dices:
Soy tu propio dolor, déjame amarte.

Desolado – Rafael Cadenas

De tanto imaginarte, sonreírte, esperarte, me canso. Te veo y pregunto ¿eres tú?
Respiro tu llegada; ya sin creer.

No me pidas explicaciones.
No me quites la idea que tengo, tan vaga.
No me pruebes, por favor, en terreno firme (me harías a un lado).

Algunas veces de ti no queda nada, una pequeña lámina.
Si llegas, te aproximas, te parece bien, sencillamente será otra cosa, otra cosa, cosa de delirio.
Tendrás magnitud y calor.

Eres el otro lado del botín.
¿Comprendes?

Vidas de los poetas – José Emilio Pacheco

En la poesía no hay final feliz.
Los poetas acaban
viviendo su locura.
Y son descuartizados como reses
(sucedió con Darío).
O bien los apedrean y terminan
arrojándose al mar o con cristales
de cianuro en la boca.
O muertos de alcoholismo, drogadicción, miseria.
O lo que es peor: poetas oficiales,
amargos pobladores de un sarcófago
llamado Obras completas.