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Sensación de otoño – Vicente Gaos

Amo el otoño y amo su tristeza,
su cielo gris, sus árboles borrosos
entre la niebla, vagamente hermosos…
¿No amáis también vosotros la belleza

desnuda del otoño? El alma empieza
a hacerse buena y honda. ¡Y qué piadosos
se hacen los viejos sueños ardorosos!
¡Qué humana ahora la naturaleza!

Oh cielo bajo, luz tan tamizada,
luz tan vencida, compasivo empeño
de dar al hombre asilo y sombra amada.

No sé si el mundo es ya triste o risueño.
Dios se ha dormido. El alma está callada.
Se me ha llenado el corazón de sueño.

Esta iluminación de la materia… – Claudio Rodríguez

Esta iluminación de la materia,
con su costumbre y con su armonía,
con el sol madurador,
con el toque sin calma de mi pulso,
cuando el aire entra a fondo
en la ansiedad del tacto de mis manos
que tocan sin recelo,
con la alegría del conocimiento,
esta pared sin grietas,
y la puerta maligna, rezumando,
nunca cerrada,
cuando se va la juventud, y con ella la luz,
salvan mi deuda.

Iluminación – José Ángel Valente

Cómo podría aquí cuando la tarde baja
con fina piel de leopardo hacia
tu demorado cuerpo
no ver tu transparencia.

Enciende sobre el aire
mortal que nos rodea
tu luminosa sombra.
En lo recóndito
te das sin terminar de darte y quedo
encendido de ti como respuesta
engendrada de ti desde mi centro.

Quién eres tú, quién soy,
dónde terminan, dime, las fronteras
y en qué extremo
de tu respiración o tu materia
no me respiro dentro de tu aliento.

Que tus manos me hagan para siempre,
que las mías te hagan para siempre
y pueda el tenue
soplo de un dios hacer volar
al pajarillo de arcilla para siempre.

Canto al hombre – Carmen Conde

Cuando eres, como ahora, hermoso y fuerte,
yo te amo.
Cuando el viento se doblega para ti,
cuando a la tierra tú la rindes, yo te amo.
Yo te amo por osado,
y te amo por heroico, por audaz y porque ofreces
tu hermosura y tu valor. Por derramado.
Firme tú sobre las nubes, navegando los espacios.
Duro tú sobre las aguas, descollante tu estatura
en lo azul del océano… Hombre joven que lo afrontas
cual un elemento más, siendo tú el lazo
de elementos de creación. Yo así te amo.

Desde lejos y despacio, torpemente en el comienzo,
tu andadura cada siglo acelerando…
así has llegado.
Y ya domas a los mares y a los cielos; los cabalgas
como potros tan salvajes como fuiste. A los astros
los asedias sin temor. Igual que un astro, que otro astro
participas del secreto compartido, constelando
como ellos mi cenit. Hombre, te amo.

Yo te amo y te contemplo, yo te admiro y yo te exalto.
E ignorando cómo cantan los arcángeles, te canto.
Mientras seas como eres, una luz entre las sombras,
una luz sobre los bosques, un clamor desde los labios;
mientras cantes y sonrías, esperanza de otro tú
ya menos agrio,
hombre joven, hombre fuerte, hombre hermoso,
yo te amo.

Aunque guardas en tus ojos viejas piedras del basalto
que formaba las murallas de Proverbios y del Cántico,
ya despierta tu mirada a la ternura
enajenados resplandores fugitivos de piedad por lo creado.
Como un hacha cortas tú, y eres tan blando
que te rayan las plegarias y el amor.
Eres compacto
y flexible, quebradizo, vulnerable…
¿De qué rayo fulminose lo divino contra ti?
No te ha abrasado ni la cólera de Dios, ni su contacto.
Sobrepasas a tu propia lava impura, en sobresalto
de promesas y derrotas… Ajeno y amplio
como tierra y como el mar, como el espacio.

Pero, hermoso; pero, audaz. Loco de siembras
que, no estrellas sino mundos, vas hincando.
Empujaste las cavernas, destrozaste las pirámides,
desecaste los diluvios, apagaste los volcanes,
arrancan dando del planeta a los bienaventurados.
¡No volvías la cabeza de oro puro a lo pasado!
Por cruel y por ardiente, yo te amo.

¿Quién no aleja para ti lo que has huido;
quién no llora por tu amor lo que has matado?
Nunca yo que te contemplo; nunca yo
que me he entregado
a la sangre y al gemir de tantos duelos
como pueblan tu yacer y tus contactos.

Ahora, no. Que te liberas y me llevas por el aire,
confiando
en tu propia inteligencia, en tu arrebato.
¡Ah, los vuelos que gobiernas con sonrisa
y dócil mundo
de instrumentos que tú mismo has inventado!
Y te sirven, como sirven los esclavos.

No desciendas, no me abatas. Hombre amado,
te sostengo y me sostiene un interminable rapto.
No eres rojo ni eres negro. Eres blanco,
el fúlgido centellear de intactos arcos.
¡Atrévete con el Bien, sujétalo con tus brazos!

Hermoso varón que tanto presentía
y que he soñado.
Porque eres mi mejor yo, he ahí por qué te amo.

No te quiero cuando débil, sometido, acobardado.
Aunque torvo si acometes, más te busco despiadado
que humillando la cerviz como un toro sin sus mandos.

Que eres viejo, bien lo sé. Sé que debajo
de esta túnica de piel que te envuelve,
estás cansado de los siglos de rodar
para ver de Dios el brazo
que fulmina y que fulmina… Y, ¿no es cansancio
contemplar cómo te hundes en mi vientre,
deslizando tu niñez y tu vigor entre mis flancos
para luego desgajármelos despacio…?

¡Ah, si halláramos la brisa, si encontráramos el látigo
que flagela y que consuma a los más enamorados!
¡Por todo lo que venciste van tus piernas
de cobre forjando ajorcas para sujetar tu paso,
criatura que apretaría eternamente entre mis brazos!
Más allá de la vida y de la muerte,
Hombre, te amo.

Carilda – Carilda Oliver Labra

Traigo el cabello rubio; de noche se me riza.
Beso la sed del agua, pinto el temblor del loto.
Guardo una cinta inútil y un abanico roto.
Encuentro ángeles sucios saliendo en la ceniza.

Cualquier música sube de pronto a mi garganta.
Soy casi una burguesa con un poco de suerte:
mirando para arriba el sol se me convierte
en una luz redonda y celestial que canta…

Uso la frente recta, color de leche pura,
y una esperanza grande, y un lápiz que me dura;
y tengo un novio triste, lejano como el mar.

En esta casa hay flores, y pájaros, y huevos,
y hasta una enciclopedia y dos vestidos nuevos;
y sin embargo, a veces… ¡qué ganas de llorar!

El deseo es un agua V – Antonio Carvajal

V

El deseo es un agua
retenida en los ojos,
resbalada en los labios
que en la sombra sugieren
lentas lunas amargas,
fulguración y súplica y suplicio,
dura omisión de resplandor silvestre,
terrestre, con escamas como días,
como fechas impuestas a los súbitos
relámpagos insomnes, a la carne
que sabe cierto el límite y el trémulo
deshacerse en la luz que así la nutre,
incorporarse a un borde sin semillas.

El deseo es un agua que persigue
álamos blancos, valles y riberas,
un horizonte despejado y quieto,

alma región luciente donde fluye
una canción con labios que la dicen,
nutritiva plegaria, cuerpo solo
en que arder y vivir fueran la dicha,
el gozo, el vuelo, el silbo, el aire, el sol.

El deseo es un agua III – Antonio Carvajal

III

No es el azul ni distante-ni irónico,
ni en las puertas perplejas que entreabren
una posible llama donde el jazmín crepite
cuelgan los ramos tristes,
las pupilas, la fría
mueca por la que pierden su sollozo
quienes nunca lograron confundirse en la noche,
quienes nunca lograron que la niebla
tiñera los jardines del deseo
con otra luz que su rencor no hubiere,
mientras en las orillas, por la nube
primera, como frutos destronados
por la estrella rival y melancólica,
surten los barcos de enramadas velas,
la proa hacia los reinos de la llama,
inocente e inmune
al cierzo muerto, al austro
perseguidor de yeguas y leones,
de corzos con la lengua estremecida
por las hierbas recientes de rocío
junto a la nieve y el azul que ríen.

Porque se supo siempre
que nos habita el hálito
de un alma nunca nuestra,
víctimas de los límites
que las sombras imponen
al cuerpo y al deseo.

Porque siempre nos queda
una duda en racimos
de sed, una serpiente
de lava que si aflora
castigamos con dura
resolución de niebla,
siempre fingidos, nunca
con resplandor de carne
abrasadoramente
entregada a los vientos
que la muevan, fecunden
de pájaros y abejas,
la miel, el vuelo, el canto
por el azul extenso,

y nos llama la sombra,
no la llama, no el río
con su rumor frondoso,
su luz y su clemencia,

y el vano giro y la inventada roca
que rueda y vuelve a su lugar nativo
no los miramos como ser podrían,
concreciones de piel, sed y silencio
que como pulpa blanda entre los rígidos
y amenazantes dedos de la noche
promete siempre abrasadoramente
la nueva floración, la sangre virgen
negada por los ángeles
hipócritas que cubren
su torso con las capas
del rencor y la envidia,

nunca para dar paz, nunca para que el gozo
de la piel amanezca sobre aquellas mejillas
donde una vez pusimos la mirada y los labios,
tan ardorosamente, tan gozosos, tan ebrios
de un primer resplandor, de un desplegado
astro en sus luces sobre el mar dormido.

El deseo es un agua II – Antonio Carvajal

II

La sangre, hierro convexo, pegajosa brasa
sin renuncias, mana y no cubre, fluye
y reclama vasos, céspedes hondos, cuellos
por donde el aire resuena
con cansancios de oboe
henchido con el cuerpo que le negó la aurora,
buscando el lecho estéril y la sombra baldía,
fingiendo la planicie,
la suave piel sin fechas,
forma de fruto y pecho
desnudo de latidos,
y el pedernal lo gime.

¡Oh cosechas vencidas, oh simientes
siempre más generosas que los ojos,
más ofrecidas a las chispas súbitas
que la lengua convulsa de mentiras,
volved, volved al suelo, y la amapola
cante en las primaveras de otros sueños,
otro rumor de latidos acordes,
un desvanecimiento de los labios ardidos,
mordidos, mientras gime
la serpiente en la pulpa
borrascosa, sumida
en su propio deseo,
abrasadoramente,
nunca saciada, nunca
consumada en el tacto,
perseguidora inmune
al sudor del estío,
mientras la sangre consta,
mientras vuelve, revuélvese, se disuelve y desciende
como liquen sin luces el sopor a los cuerpos,
manteniéndolos siempre sobre el duro equilibrio
de una luz prometida que nunca, nunca alcanzan,
y una sombra perenne que los ata y los ciega!

El deseo es un agua I – Antonio Carvajal

I

Siempre vive, pervive, sobrevive y asciende,
como un astro y sus luces, el deseo a los cielos,
sin confundirse nunca con el cuerpo logrado,
sin renunciar jamás al clamor de la sangre,

a las yemas feroces donde mana
una mano las nieves sin estrépito,
boca que sigue el trazo de las aves
más allá de la noche y su sospecha.
Abierta noche insomne cuyos dientes
tiñen la sangre de un rumor perplejo,
tacto de mineral, cristal y lágrima
que el mar bebiera y en la luz se cumple
abrasadoramente, ardidamente
por donde el tiempo yergue sus promesas.

Siempre en silencio perseguido y dúctil,
resbalando por montes de corales tranquilos,
superviviente frágil que sobrenada el canto
último en que los barcos naufragaron sin día,
recubierto de arenas marchitas y de pétalos
para perder los labios donde la luna insiste,
resiste. Donde el hierro, carmín rozado, frente
de otro pesar sin nubes se desliza convulso
como serpiente muda que las sombras escruta
abrasadoramente,
nunca saciada, nunca
consumada en el tacto,
musgos frescos, saladas
márgenes, sonoras
pulpas hendidas, siempre
perseguidora inmune
al sudor del estío,
al frescor de unos ojos
palpitantes de lábiles
corpúsculos de aurora,
nunca dormida, nunca
cubierta por las alas mullidas
del olvido.