Archivo de la categoría: Premio Nobel

Una novela – Louise Elisabeth Glück

Nadie podría escribir una novela sobre esta familia:
hay demasiados personajes parecidos. Además, todos son mujeres.
Tan sólo un héroe hubo.

Y el héroe ya murió. Las mujeres, como ecos, duran más;
resisten demasiado por la cuenta que les trae.

Y a partir de aquí, nada cambia:
sin héroe, no hay argumento.
Y en esta casa argumento significa historia de amor.

Las mujeres no evolucionan.
Oh sí, se visten, comen, guardan las apariencias.
Pero no hay acción, no hay desarrollo en los personajes.

Todas han decidido suprimir
la crítica del héroe. El problema reside
en que el héroe es débil, sus escenas indican
su función, no su carácter.

Quizá eso explique por qué su muerte no fue conmovedora.
Primero está sentado en la proa de la mesa,
donde más se necesita el mascarón.
Luego, a pocos metros, agoniza y su mujer
le acerca un espejo a los labios.

Asombroso, cómo se afanan estas mujeres, la esposa y las dos hijas.
Ponen la mesa, retiran los platos.
Una espada les perfora el corazón.

Dos cuerpos – Octavio Paz

Dos cuerpos frente a frente
son a veces dos olas
y la noche es océano.

Dos cuerpos frente a frente
son a veces dos piedras
y la noche desierto.

Dos cuerpos frente a frente
son a veces raíces
en la noche enlazadas.

Dos cuerpos frente a frente
son a veces navajas
y la noche relámpago.

Dos cuerpos frente a frente
son dos astros que caen
en un cielo vacío.

Primavera a la vista – Octavio Paz

Pulida claridad de piedra diáfana,
lisa frente de estatua sin memoria:
cielo de invierno, espacio reflejado
en otro más profundo y más vacío.

El mar respira apenas, brilla apenas.
Se ha parado la luz entre los árboles,
ejército dormido. Los despierta
el viento con banderas de follajes.

Nace del mar, asalta la colina,
oleaje sin cuerpo que revienta
contra los eucaliptos amarillos
y se derrama en ecos por el llano.

El día abre los ojos y penetra
en una primavera anticipada.
Todo lo que mis manos tocan, vuela.
Está lleno de pájaros el mundo.

Amante – Vicente Aleixandre

Lo que yo no quiero
es darte palabras de ensueño,
ni propagar imagen con mis labios
en tu frente, ni con mi beso.
La punta de tu dedo,
con tu uña rosa, para mi gesto
tomo, y, en el aire hecho,
te la devuelvo.
De tu almohada, la gracia y el hueco.
Y el calor de tus ojos, ajenos.
Y la luz de tus pechos
secretos.
Como la luna en primavera,
una ventana
nos da amarilla lumbre. Y un estrecho
latir
parece que refluye a ti de mí.
No es eso. No será. Tu sentido verdadero
me lo ha dado ya el resto,
el bonito secreto,
el graciosillo hoyuelo,
la linda comisura
y el mañanero
desperezo.

La calle – Octavio Paz

Es una calle larga y silenciosa.
Ando en tinieblas y tropiezo y caigo
y me levanto y piso con pies ciegos
las piedras mudas y las hojas secas
y alguien detrás de mí también las pisa:
si me detengo, se detiene;
si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie.
Todo está oscuro y sin salida,
y doy vueltas en esquinas
que dan siempre a la calle
donde nadie me espera ni me sigue,
donde yo sigo a un hombre que tropieza
y se levanta y dice al verme: nadie.

Las palabras – Octavio Paz

Dales la vuelta,
cógelas del rabo (chillen, putas),
azótalas,
dales azúcar en la boca a las rejegas,
ínflalas, globos, pínchalas,
sórbeles sangre y tuétanos,
sécalas,
cápalas,
písalas, gallo galante,
tuérceles el gaznate, cocinero,
desplúmalas,
destrípalas, toro,
buey, arrástralas,
hazlas, poeta,
haz que se traguen todas sus palabras.