Amapolas en julio – Sylvia Plath

Pequeñas amapolas, llamitas infernales,
¿es que daño no hacéis?

Se apagan y reviven. No puedo tocarlas.
En su fuego pongo las manos. Nada se incendia.

Contemplarlas me consume
Llameando así, su rojo ajado y brillante como piel
de alguna boca.

¡Una boca recién ensangrentada
pequeñas faldas sangrientas!

Hay efluvios que no puedo asir.
¿Dónde están tus opios, tus asquerosas cápsulas?

¡Si pudiera desangrarme y dormir! —
¡Si pudiera mi boca unir a una herida así!

Oh, vuestros líquidos rezuman en mí, cápsula de vidrio
Apagándose y aquietándose.

Mas, sin color, sin color. Descoloridamente.

Las distancias no miden lo mismo – Roberto Juarroz

Las distancias no miden lo mismo
de noche y de día.
A veces hay que esperar la noche
para que una distancia se acorte.
A veces hay que esperar el día.
Por otra parte
la oscuridad o la luz
teje de tal manera en ciertos casos
el espacio y sus combinaciones
que los valores se invierten:
lo largo se vuelve corto,
lo corto se vuelve largo.
Y además, hay un hecho:
la noche y el día no llenan igualmente el espacio,
ni siquiera totalmente.
Y no miden lo mismo
las distancias llenas
y las distancias vacías.
Como tampoco miden lo mismo
las distancias entre las cosas grandes
y las distancias entre las cosas pequeñas.

Pasatiempo – Rafael Cadenas

Por la mañana exploro las paredes de mi cuarto en busca de nuevos agujeros.
        Pongo en ellos cartón piedra, jirones de ropa inservible, trozos de periódicos.
        Encima les pego pequeñas tarjetas con vehementes recados.
        Son exhortaciones anotadas apresuradamente en letras gruesas.

Certezas – Juan Gelman

A ver cómo es.
Estaba quieta la inquietud por una vez.
La desazón en sazón y
¡cómo se parecía el mundo a Gerarda
envuelta en sensaciones de encaje!
Las palabras chocan contra la tarde
/y no la descomponen.

La furia no me deja solo conmigo.
Habrá que recortar la sombra militar.
¡Camaradas especialistas en esperar cansancios:
apaguen el amor dudoso
que baja humilde y despacito!

Hasta el revés del cosmos morirá!

Hace ya tiempo que no sé de ti – Pablo García Baena

A Cándida Guerrero Natera

Hace ya tiempo que no sé de ti
y está la sierra como te gustaba
con el otoño.
Por Escalonias y por San Calixto
a las primeras lluvias han crecido
las hierbas y una seña silenciosa
me entregan tuya en verdor y aroma.
Las ciervas ramonean acebuches
y está la brama resonando fiera,
en el fragor del monte su sollozo.
El venado de sombra taciturna
alza la cuerna como un candelabro
que incendiara de celo y oro el bosque,
y el jaro jabalí híspido bate
el hosco ramo prieto de la encina,
tal me decías.

Hace ya tiempo que callas, lejana.
Mañana de los lunes en el viejo
archivo provincial, legajos, cintas
rojas de las carpetas, boletines.
Todo el oficinal rito perenne
se estremecía al aire del lentisco,
al varear de juncos en las fugas,
al corno inglés en óperas de Weber.

Y queda aún olor de jara y pólvora,
en el veraz relato, entre tus manos,
hace ya tiempo.

Y pienso en ti y sonrío y me es grata
tu memoria, como una prenda usada
de abrigo al calofrío de la casa.

Alegría – Luis Antonio de Villena

La terraza veraniega quedaba frente al Museo del Prado.
Era el verano muy dulce de 1989
y una noche de Julio de calor benigno,
una de esas noches en que un vientecillo de primicia
acaricia y ondea las masas verdosas,
las grandes hojarascas de los árboles del Prado.
Estábamos sentados al inicio de la noche
y yo diría que no teníamos nada mejor que hacer
sino esperar y gozar de la nocturna travesía,
de las delicias que deparara la nave…
Buscábamos al negro que pasaba coca.
(Sí, esnifábamos una rayita de cuando en cuando.
Nada grave.)
Bebíamos ron con coca-cola, y nos gustaba la luz
artificial chocando contra aquellas grandes moles arbóreas…
Reíamos. No recuerdo de qué, pero reíamos.
Eso era la alegría. El mundo como aventura,
abierto, cálido, dispuesto, como prietas nalgas afortunadas.
El futuro nos parecía —incluso a mí, que era mayor—
algo por hacer y construir. Algo por llegar,
que haríamos casi como quisiéramos hacer…
Querido y abolido amigo joven,
¿qué decías?
«¿Ahí va Igor, el hermoso muchacho
de volátil pelo que se diría aéreo y grácil
como un maravilloso puma alado?»
Sí. Adiós, y que el Ángel de la Suerte te bendiga.
La noche se diría como una rosa azul.
No teníamos nada que hacer.
El mundo y el placer —vinieran como viniesen—
eran todo. Todo debía ocurrir
y todo sería alegría, sed, pasión, calor, piel, cuerpos finos.
Yo no sé (de veras no sé) si he sido feliz.
Ignoro más bien qué es la felicidad,
y aunque admiro la alegría
casi por encima de cualquier otra cosa,
ruego a vuesas mercedes no me pregunten
qué es ser feliz o en qué consiste la dicha.
Pero si alguien puede,
si algún arcano pacto se lo permite (bendito ladrón)
lléveme, devuélvame un ratito a aquella lejana
noche de un perdido y ocioso verano madrileño.
(Los dos jóvenes evocados, los dos, murieron ya)
Pero por Hércules le juro,
por el gran Heracles le aseguro y prometo que yo
—viejancón y triste aún—
en un pis-pas, le diré lo qué es cabalmente ser feliz…

El reclinatorio – Pilar Paz Pasamar

¿Quién colocó mentira sobre el suelo
para las descansadas bienvenidas?
¿Para qué fe sin luz, ansias mullidas
arropan el dolor con terciopelo?

Quien cabalgue amargura, vaya a pelo
con las roncas espuelas doloridas,
fluyéndole la sangre por las bridas,
sobre las ancas de la bestia en celo.

De rodillas aquéllos, los que ignoren
que pueden encontrarte en una rosa
o en la terrible soledad espesa.

Que es muy fácil, Señor, que aquí te lloren
con una bienvenida presurosa
y la sangre rotundamente ilesa.

Poesía de todas la épocas y nacionalidades