Oh, luna ilusoria,
que encantas a los hombres
inoculando en sus venas
visiones de oropel,
los gallos levantan
a tu rival cacareando
para que se ría en tu cara
y eclipse ese óvalo
que nos impele a perder
la razón y a allegarnos
a este horizonte de fábula
y de capricho.
El alba rasgará
tu velo de plata
que hace creer al amado
que su amada es hermosa;
la luz de la lógica
nos hará ver que tu magia
disoluta nos enloquece:
ningún amable disfraz
resiste esa mirada
cuyo candor revela
que el amor es una esfera
que nos vuelve pálidos.
En los jardines sórdidos
los durmientes despiertan
mientras su dorado verdugo
aumenta el tormento;
los cuerpos sagrados
que se rinden a la noche
son aplastados por el
microscopio que lo estudia:
los hechos han hecho estallar
el marco del ángel,
y la cruda verdad ha retorcido
el radiante miembro.
El sol abrasador
brilla aterrorizado:
se zambulle en tu espejo
y se ahoga.
El señor de la guerra (Homenaje a J.E. Cirlot) – Álvaro Valverde
A Néstor Hervás
Hoy mi reino
es esa tierra de nadie
Umberto Saba
Veinte años de guerras me contemplan
y eso, a mi edad, es una vida.
A pesar de la fama y las victorias,
el que llega a este oscuro
rincón de Normandía
es un hombre que ha sido derrotado.
Desde esta única torre que rodean
un bosque y una ciénaga,
se ve el paisaje atroz
del fin del mundo.
En medio de este páramo que anegan
las aguas ponzoñosas de un pantano,
no hay ley que legitime ningún orden,
ni distinción de súbdito y proscrito,
ni mayor amenaza que uno mismo.
Tan sólo una mujer podrá salvarme.
Porque ella es la verdad y la belleza.
No tengo otro señor que su palabra.
Ella es mi redención. Ella, mi muerte.
Destino de exiliados – Sylvia Plath
Ahora, al regresar de las catedrales abovedadas
De nuestros colosales sueños, llegamos a casa para hallar
Una majestuosa metrópolis de catacumbas
Erguida en los profundos pasadizos de nuestra mente.
Las verdes alamedas donde nos regocijábamos se han transformado
En la infernal guarida de unos peligros diabólicos;
La canción y los violines seráficos han enmudecido;
Cada tictac del reloj consagra la muerte de los extranjeros.
Mejor sería dar marcha atrás y reclamar el día
Antes de que caigamos deshechos, como ícaro;
Aquí no hay más que altares en ruina
Y palabras profanas garabateadas en negro en el sol.
Y, aun así, nos empeñamos en intentar partir la nuez
En la que yace encerrado el enigma de nuestra raza.
Sobre el bárbaro hervor del mar lejano… – Juan Eduardo Cirlot
Sobre el bárbaro hervor del mar lejano
turbio de oscuras voces sin regreso,
la atmósfera se exalta en un poseso
fulgor donde el metal se vuelve mano
cuyos dedos de espuma en el arcano
antiguo se exacerban en acceso
nostálgico de bronces sin el beso
arcaico de aquel viento sobre el llano.
La Doncella de barro sonrosado
tiene un pájaro azul entre los senos,
o el temblor de los cantos panhelenos,
sobre cumbres perdidas en la sombra,
que el tiempo tenebroso ha derramado
a los pies de esta diosa que no nombra.
Prólogo a la primavera – Sylvia Plath
El paisaje invernal cuelga ahora en equilibrio,
Traspasado por la mirada azul, furiosa de la Gorgona;
Los patinadores se hielan en un cuadro de piedra.
El aire se vuelve cristalino y el cielo entero
Quebradizo como una taza de porcelana inclinada;
La colina y el valle se atiesan, hilera a hilera.
Cada hoja que cae, cae convertida en acero,
Arrugada como un helecho en este ambiente de cuarzo;
Un sosiego escultural mantiene el campo aquietado.
¿Qué contrahechizo podría deshacer el ardid
Que ha inmovilizado in situ esta estación
Y dejado en suspenso cuanto podría ocurrir?
Los lagos yacen encerrados en ataúdes de cristal pero,
Mientras nosotros nos preguntamos qué puede surgir del hielo,
Los pájaros que anuncian el verde irrumpen desde las rocas.
La Coruña – César Antonio Molina
Construyeron tan altos edificios
que desde ningún punto
se ve ya el faro de mi infancia.
Hoy la luz se estrella
contra los grandes bloques de cemento
y no hay más verdad que la de esas
omnipotentes vallas que cubren las fachadas.
Perdí los cines, los cafés, los trasatlánticos
inmensos como rascacielos por encima de las aduanas.
Perdí mi eucaliptus, mis plátanos queridos.
¡todos talados! ¡talados! ¡todos talados!
Su recta hilera que me protegía con su tacto
en la Puerta de Aires.
¡Oh! si al menos supiera lo que hicieron con sus ramas.
Diez o doce, o apenas menos golpes de hacha
van aniquilando los lugares de mi memoria.
¿Dónde estoy?
Y ahora despierto y sólo siento el manto de la niebla,
y la luz que no llega
para iluminar mi espíritu perdido por sus calles.
Mientras, a lo lejos, suena la draga como un yunque
arrancando un sanguinolento mordisco de amargura.
Soneto a Satán – Sylvia Plath
En la cámara oscura de tu ojo, la mente alunada
da un salto mortal hacia el falso eclipse:
los ángeles brillantes pierden la consciencia en la tierra
de la lógica, tras el obturador de sus impedimentos.
Ordenándole al cometa en espiral que arroje un chorro de tinta
para embadurnar el mundo con un remolino de brea,
nublas todos los rangos del cenit del orden
y ensombreces la fotografía radiante de dios.
Serpiente ascendiendo en espiral bajo esa luz opuesta,
invades las lentes dilatadas del génesis
para imprimir tu flameante imagen en la mancha de nacimiento
con caracteres que ningún canto de gallo puede borrar.
Oh, creador del orgulloso negativo del planeta,
oscurece el sol abrasador hasta que todos los relojes se paren.
Madrigal – Luis López Anglada
Desde esta mañana, amor,
la rosa será más rosa
y más vivo el ruiseñor.
¡Y tú sin saberlo, amor!
La fuente mucho más clara
mojándome de alegría
con agua fresca la cara.
Y el cielo, desde hoy, azul,
y, dentro del cielo, dios...
¡Y tú sin saberlo amor!
Terminal – Sylvia Plath
Volviendo a casa desde las crédulas cúpulas azules,
el soñador refrena el despertar de su apetito
aterrorizado en la cosecha de las catacumbas
que surge de noche como una plaga de setas venenosas:
los refectorios en los que se deleitaba se han transformado
en una fonda de gusanos, cuchillas rapaces
que urden en el blanco útero del esqueleto
una podredumbre de lujosos brocados a modo de caviar.
Volviendo las tornas de este gourmet de ultratumba,
entra el diabólico mayordomo y le sirve como banquete
la dulcísimo carne de la obra maestra del infierno:
su propia novia pálida sobre una bandeja flameante:
adobada con elegías, la joven yace de cuerpo presente
aguardando a que él la consagre con su bendición.
Elegía en abril – Carilda Oliver Labra
Andaba yo volando por el suelo,
sin zapatos,
sin mi traje de nube de las nubes;
sola para tus manos,
patética,
inviolada,
pobre,
sola para tus manos,
sola,
y me empinaba hasta rozarte el ángel.
Andaba yo
-noche sobre la noche-
distraída en tu voz de inconfundibles dalias;
andaba yo como entre acosos de belleza,
clásica,
lírica,
absoluta,
y en las paredes profanadas por otros sin el sueño
rebotaban lejanías, pedazos de palabras,
besos
que guardaré mañana.
Mi boca dio en la tuya
como un ave de paso.
Pensé en abril
y en que las noches de amor son breves como
fósforos negros
De qué serán los versos sino de aquella sombra
que hicimos sobre el lecho?
Su enredadera me arroja en la inocencia
y otra vez soy la misma
que demoraba su salud de novia.
Me he preguntado hoy si tú entendías la media luz
si hallaste el todo,
si te faltaba piel, no quiero, entraña, como a mí.
Me he preguntado si asumes la ternura de memoria,
si odias tu trabajo, los relojes, mi ómnibus,
el alba fiera, insobornable...
¡Ay, tantas cosas...
(¡Qué trastorno hace aquí si te recuerdo,
qué venas tengo nuevas si me ayudas
a duplicar el alba
otra vez en mi frente!)
Y las preguntas pasan inalterables, con verano,
ayer, ahora, siempre,
siempre, ahora, ayer,
y quedo muda sobreseyendo un pájaro,
la fiebre, el mar,
la arena que debe estar contigo,
todas las soledades,
el desayuno triste como un acuerdo impronunciado.
¡Ay, qué palabra diré para ignorarte,
en cuál silencio no hablaré tu nombre
que ya supe!
Mira, te quejas y el amor instala
la agonía,
el tiempo,
la casa extraña donde empecé tu carne
hecha de estalactitas y misterios.
Mira, te quejas,
y yo me acojo a un zumo de azucenas porfiadas,
a niños que desean intervenir mi vientre.
Mira, te quejas,
y estoy yo sola con tu voz
-nelumbio, amarillez, cauto cristal-
viviendo el alarido de la noche muerta
que resucito en el poema.
Yo me pregunto hoy cómo aplacar el cisne,
lo inefable de tu tedio,
la marca de mi alma,
esto que no es morirme aunque me muero.
Y sigo oscura, oscura, oscura,
por gusto derramada,
como esos sauces que nos dicen llantos
que no oímos,
como esas olas que se acaban tan cerca y no miramos,
como esos cánceres horribles que ni duelen,
como esa luz que aunque es la luz porque es la luz
nos deja ciegos...
Yo me pregunto,
llama que no se dijo,
cerrada puerta,
óxido,
hueso maldito,
sed;
yo me pregunto cómo saberte a toda la sorpresa,
a adolescencia,
a naufragio por fin,
a vértigo,
a imposible;
cómo salir de pronto a condenar tu sangre,
a dividirte en truenos,
a ser otra
metida en tus gavetas de estudiante.
Pregunto,
y me socorren todos los incendios del mundo
y vuelvo sola,
y sola vuelvo
y vuelvo sola.
No sé qué tengo. Digo que es jueves
y me asesina un miércoles.
Llega el frío.
Paseo entre callados árboles
sin otro aviso
que el que me traen las horas que nos vieron.