Archivo de la etiqueta: Poesia española

El mendigo – Francisco Brines

Extraño, en esta noche, he recordado
una borrada imagen. El mendigo
de mi niñez, de rostro hirsuto, torna
desde otro mundo su mirada dura.
Llegaba al mediodía, y un gruñido
de animal viejo le anunciaba. (Toda
la casa estaba abierta, y el verano
llegaba de la mar.) Andaba el niño
con temor a la puerta, y en su mano
depositaba una moneda. Era
hosca la voz, los ojos fríos de odio,
y sentía un gran miedo al acercarme,
la piedad disipada. Violenta
la muerte me rondaba con su sombra.
Sólo después, al ver a los mayores
hablar indiferentes, ya de vuelta,
se serenaba el pecho. Me quedaba
cerca de la ventana, y frente al mar
recordaba las sombrías historias.

Esta noche, pasado tanto tiempo,
su presencia terrible y misteriosa
me ha desvelado el sueño. Ningún daño
he sufrido de aquella voluntad,
y el hombre ya habrá muerto, miserable
como vivió. Aquellos años, otros
muchos mendigos iban por las casas
del pueblo. Todos, sin venganza, yacen.
Los extinguió el olvido. Vagas, rotas,
surgen sus sombras; la memoria turba
un reino frío y solitario y vasto.
Poderosos, ahora me devuelven
la mísera limosna: la piedad
que el hombre, cada día, necesita
para seguir viviendo. Y aquel miedo
que de niño sentí, remuerde ahora
mi vida, su fracaso: un anciano
me miraba con ojos inocentes.

Satán – Miguel de Unamuno

¡Pobre Satán!, botado del escaño
del trono del Señor de las mercedes,
tú que ablandar con lágrimas no puedes
el temple diamantino de tu daño.

Que no puedes llorar. Satán huraño,
preso del miedo único en las redes,
del miedo á la verdad, a que no cedes
¡pobre Satán, padre del desengaño!


A vivir condenado sin remedio
contigo mismo sin descanso lidias
y buscando olvidarte y para el tedio

matar es que la vida con insidias
nos rodeas, teniéndola en asedio
mientras el ser mortal nos envidias.

El durmiente que oyó la más difusa música – Andrés Sánchez Robayna

Las delicadas espaldas del sueño
remontan rojas el océano,

nubes de densidad calurosa
al extremo del día abovedado,

el mar en esta brisa de verano.
La más difusa música, en el sueño,

La visión más intensa,
las olas prolongadas y el sol y los pinos

giran con esas olas y ese aire que él sueña.
Las nubes son su espalda.

Ni el sol ni la mañana serán ya para él
un sol o una mañana o un azul ilusorios.

Y volará contigo mi dolor – Esther Giménez

                                                         A Miguel G. M.

Miré en tus ojos
y ya no estabas.
Sólo las briznas
de la espadaña.

Miré tus ojos
que se volaban.
Los perseguían
palomas pardas.

Y en los dos fosos
de la ventana,
miré a la niña
probar las alas.

Miré tus ojos
y no lloraban.
¡Ay de la herida
de luz temprana!

Que el haz nuboso
que atrás dejabas
yo lo querría
cordel de plata.

Segunda lección del páramo – Guillermo Carnero

Veo anegarse la llanura helada
en marea de sombra que creciente
al rojo sumidero del poniente
conduce la blancura amordazada
y a la noche cerrada
unas cuantas palabras que prudente
conseguí, menos sabio que paciente,
traigo como remedio de la nada.
Solo para regalo de mis ojos
brillan y aroman y por un momento
chisporrotean en la llama huidiza;
después, con otros restos y despojos
de voluntad y de conocimiento,
perecen hechas brasas y ceniza.

Al cabo – Amalia Bautista

Al cabo, son muy pocas las palabras
que de verdad nos duelen, y muy pocas
las que consiguen alegrar el alma.
Y son también muy pocas las personas
que mueven nuestro corazón, y menos
aún las que lo mueven mucho tiempo.
Al cabo, son poquísimas las cosas
que de verdad importan en la vida:
poder querer a alguien, que nos quieran
y no morir después que nuestros hijos.

Cuéntamelo otra vez (1999)

Otoño en los castaños – Pablo García Baena

Quiero morir de amor esta tarde en el campo.
Estoy echado solo, con Dios y mi poesía,
sobre la tierra húmeda del castañar que el viento
del otoño descrencha con su peine de frío.
Mátame dulcemente, muerte que nos acechas:
ven ahora callada, ven ahora, callada
por el sendero, ahora que el corazón me tiembla
de amor, que todavía puedo darlo sangrante
y destrozado pero como una fuente puro.
Ven que quiero contarte esta tarde en el campo,
a ti, que sólo tú podrías consolarme,
todo el amargo cauce de mi llanto secreto,
a ti, que eres la única confidente que calla.
Un pájaro vuela por los pinos. ¿Son tus alas
las que mueven las nubes brillantes por el cielo
o vendrás cautelosa avanzando en la sombra,
y no oiré ni el crujido de las hojas pisadas?
Si eres libertadora de todo sufrimiento,
no, no vengas ahora a esta cita en el campo,
si te llamo no quiero el olvido en tu sueño
sino el quedar por siempre eterno en mi recuerdo.
Ven pronto, pronto, muerte. Ven, muerte, que te llamo,
antes que el corazón se me enturbie de odios
y me ciña el deseo con sus llamas ardientes.
Antes de que despierte el desprecio dormido,
ven, y en tu dura piedra, haz mi dolor eterno.
Ven, muerte, que no quiero olvidar, y ya veo
al fondo del dolor la aurora del olvido.
Ven, que quiero morir esta tarde en el campo.