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Conjuros para la noche de una virgen – Juan Luis Panero

Ah, ese látigo, ese látigo que gime entre los muslos,
que despliega en la sombra su tenaz poderío,
ese látigo que viene de la muerte hacia la muerte,
aventando cenizas a los aires más puros,
señalando fronteras en cinturas y pechos,
recorriendo la piel con ciego escalofrío.
Ese látigo, su furor incansable,
pongo hoy en tus manos y celebro sus llagas.
Fuente de esperma, cabellera al viento,
navegar de tu vientre en un mar imposible,
coronas de cansancio y manos que resbalan
y resbalan y caen y caen trepando el muro,
la imponente pared que, al fin,
mármol o sangre, resquebrajada se desploma.
Ah, ese látigo, camino de elefantes,
muñeca de trapo herida de alfileres,
cruz donde la piel termina y su bosque de pelo.
Olas blancas de sábana sobre tus ojos locos,
dientes sin más oficio que morder en su dicha,
placer de ser un dedo, un cuchillo, la sombra.
«Hemos venido caminando, hemos buscado eternamente,
y hoy, por fin, llegamos a nosotros,
ponemos nuestra planta en tierra verdadera.»
La ceremonia, el rito con incienso de voces,
húmedos labios, palabras como espejos,
ha de tener su principio solemne:
dilatada pupila, ejercicio de furia y de sonámbulo,
estatuas que el cincel deseara.
Más tarde se extenderá el silencio,
un silencio de océano vacío,
una calma impasible de nieve
donde la sangre cantará su derrota.
Al terminar se oirán dos voces,
súbitamente naciendo de la nada
y un tropel de caballos en celo
moverá las cortinas y pisará los sueños.
La luz del día, 26 de agosto, pondrá su velo azul
sobre caricia y hueso, pezón alzado y extinta lengua.
Jornal de ausencia pagará estas horas,
olor de sucia oveja y plantas que se pudren.
«Sí hemos andado, hemos andado hasta llegar aquí
y ahora sabemos que no era ésta nuestra tierra.»
Rasgando el aire, nubes, sol, luna, estrellas,
un látigo de fuego pregona su condena.

Aquel verano de mi juventud – Francisco Brines

Y qué es lo que quedó de aquel viejo verano
en las costas de Grecia?
¿Qué resta en mí del único verano de mi vida?
Si pudiera elegir de todo lo vivido
algún lugar, y el tiempo que lo ata,
su milagrosa compañía me arrastra allí,
en donde ser feliz era la natural razón de estar con vida.

Perdura la experiencia, como un cuarto cerrado de la infancia;
no queda ya el recuerdo de días sucesivos
en esta sucesión mediocre de los años.
Hoy vivo esta carencia,
y apuro del engaño algún rescate
que me permita aún mirar el mundo
con amor necesario;
y así saberme digno del sueño de la vida.

De cuanto fue ventura, de aquel sitio de dicha,
saqueo avaramente
siempre una misma imagen:
sus cabellos movidos por el aire,
y la mirada fija dentro del mar.
Tan sólo ese momento indiferente.
Sellada en él, la vida.

Segundo paje… – Francisco de Quevedo

Segundo paje diz que tienes, puta,
Y según que de puta tienes fama,
más pajes, que no pajas en la cama,
tendrás, según te muestres disoluta.

¿Por qué nos das al vulgo nueva fruta,
Pues que ya todo el mundo lo reclama,
Y eres fregona transformada en dama,
Aunque la principal te ha enviado astuta?

Vuelve, resuelve, reconoce y mira
los sodómicos jóvenes que has muerto,
al escribano, sastre y al danzante.

Y pues que mi verdad haces mentira,
no quiero flores de tan puto huerto
cogidas en creciente ni menguante.

Carne de mi carne – Juan Larrea

Entre lirios de falsa alarma
la insistencia de una avispa deja adivinar tu cuerpo
el ardor ahoga una presa demasiado mía para ser fingida
nodriza de dos filos sobre su lecho de convidado
el ardor deshace el nudo de la marisma viviente
donde el amor te esparce y se retira

El ancla de tu palidez se sumerge
hasta la detención de las formas es aquí
donde la lluvia se pinta de azul el corazón
y furtiva una corriente de aire
desmiente ese gesto que significa ignoro
el bello blanco que ofrezco

El ojo lava su párpado al borde confuso de la duda
y descompone tu cabeza en siete ruiseñores mórbidos
lo hay ya necesidad de apagar nuestras heridas
espacio por sí mismo se olvida para plegarse a tus alas

Quisiera tener varias sonrisas de recambio – Concha Méndez

Quisiera tener varias sonrisas de recambio
y un vasto repertorio de modos de expresarme.
O bien con la palabra, o bien con la manera,
buscar el hábil gesto que pudiera escudarme…

Y al igual que en el gesto buscar en la mentira
diferentes disfraces, bien vestir el engaño;
y poder, sin conciencia, ir haciendo a las gentes,
con sutil maniobra, la caricia del daño.

Yo quisiera ¡y no puedo! ser como son los otros,
los que pueblan el mundo y se llaman humanos:
siempre el beso en el labio, ocultando los hechos
y al final… el lavarse tan tranquilos las manos.

La posteridad – María Elvira Lacaci

Con frecuencia, oigo hablar a poetas
de la posteridad.
“Tenemos que intentar –dicen con énfasis–
que las generaciones venideras…”
Y yo digo que sí –siempre me incluyen–. Pero mi corazón
sonríe
al tiempo virgen para sus latidos.

Yo quiero vivir al día,
lo mismo que las aves.
Ser pan de todos, sí
de los que conmigo muerden la agonía.
Y ya no aspiro a más.
Sólo a pudrirme –cuando llegue la hora–
junto a mis letras húmedas y doloridas.