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Échale a él la culpa – Vicente Gallego

                     A José María Álvarez y Carmen Marí


Hoy te has ido de fiesta con amigas,		
y sin que tú lo sepas me regalas		
un tiempo de estar solo que ya empieza		
a ser raro en mi vida, un tiempo útil		
para intentar pensar en ti como si fueras		
lo que siempre debiste seguir siendo		
cuando pensaba en ti: aquella persona,		
en todo semejante a cualquier otra,		
que una noche lejana tuvo el gesto		
generoso y extraño de entregarme su amor.		
Pero el amor nos cambia, nos convierte en espías		
ridículos del otro, en implacables jueces		
que condenan sin pruebas y comparten		
sus estúpidas penas con el reo.		
El amor nos confunde y trata ahora		
de que vea en tu fiesta una traición.		

Por huir de esa trampa me amenazo		
con los nombres que cuadran al que en ella se enreda:		
egoísta, ridículo, inseguro, celoso...		
Y como un ejercicio de humildad pienso en ti		
divirtiéndote sola: te imagino bailando		
y mirando a otros hombres;		
al calor del alcohol		
confiesas a una amiga algunas cosas		
que te irritan de mí sin que yo lo sospeche,		
y por unos instantes saboreas		
una vida distinta que esta noche te tienta		
porque eres humana, aunque no me haga gracia.		

Ahora caigo en la cuenta de que dudas		
como yo dudo a veces, y que también te aburres,		
y que incluso algún día habrás soñado		
follar como una loca con el tipo que anuncia		
la colonia de moda.		
Para calmarme un poco		
tras la última idea, yo me digo		
que el amor es un juego donde cuentan		
mucho más los faroles que las cartas,		
y procuro ponerme razonable,		
pensar que es más hermoso que me quieras		
porque existen las fiestas, y las dudas,		
y los cuerpos de anuncio de colonia.		
Lo que quiero que sepas es que entiendo		
mejor de lo que piensas ciertas cosas,		
que soy tu semejante, que he pensado besarte		
cuando llegues a casa; y que es el amor		
—ese tipo grotesco y marrullero—		
el que va a hacerte daño con palabras		
absurdas de reproche cuando vuelvas,		
porque ya estás tardando, mala puta.

La noche salada en tus ingles – Jorge Riechmann

                    1

Arcilla roja soy en las manos inquisitivas del dolor.		
Me hacen sentir la tormenta inmóvil de su fuerza		
tan delicadamente, sin quebrarme.		
Acaso
reservan mi sangre para otras fiestas de más hermosa agonía		

o acaso sufrir es sólo el peor engaño,		
la mentira incurable		
que para mejor clavar las manos taladradas		
arranca el clavo.		


                    2

Fuera la alegría finísimo cuchillo		
que separase mi carne fibra a fibra		
siguiendo cada hilo hasta su origen secreto		
desenredando cada turbio ovillo de dolor		

y ondeara luego nuestro así sobrecuerpo		
como una gloriosa cabellera agónica		
libre a todo viento sensible a todo sol.		


                    3

Bello como el		
suicidio. Solamente		
después, hermana, de amarte		
—mendaz como quienes sustituyen		
el pensamiento haciéndose por una frase hecha		
iba a decir: ángel negro,		
cuando tu vida entera es una explosión blanca,		
blanca violencia tu cuerpo		
de diosa degollada,		
blanco sacrificio tu rebelión		
inerme y cotidiana y absoluta—		
sólo después de lamer la noche salada en tus ingles		
he entendido la imagen.		


                    4

A las pruebas de la muerte sucedieron		
los hermosos dientes de la California.		

«Es raro» me dijo		
«que no llores nunca y no sientas		
tal carencia como mutilación».		
Ella arrojó los dados fracturantes:		
no volví a despertar.

Señales y profecías – Gloria Gil

De dónde vienes, en quién te encuentras,
cuál es tu plato de la balanza,
¿sobrevives de viento o de tierra?

Qué ramo de perspectivas es el que estás manejando,
qué cimiento juega a ruina,
qué trampa de trébol deshojado.

Cuándo será la venida, el llano,
en qué hora has de esperar con tu lámpara encendida,
en qué camino sales a su encuentro,
con qué dios, dime si lo sabes,
con qué dios estamos apostando.

Brasas – Olga Novo

A veces
no sé si escribo o es que ando descalza sobre las brasas
si puedo acariciar tu médula a la que solo le falta hablar
como un campo de flautas.

A veces
no sé
quien soy y me pregunto al caos
me pasan por delante de los ojos la noche y el murciélago
secreto 
de tu amor
pido
muérdeme el aliento
cómeme el corazón
y si todavía quieres más
ven a ver:
La noche succiona mi polen negro
para oscurecer la madrugada
tira de mis tendones para tensar la aurora.

A veces no sé si florezco o es que hablo aire
me entrego a ti o hago el amor con la mitad de mí misma
si te abrazo o acuno un trébol de cuatro hojas
si tengo un hijo dormido en mi vientre como un dolmen pequeño
o si todo cuanto veo no es más que un lamento
de no verte

de no verte
me poso en la rama del pensamiento
lo siento como un hierro candente bajo las patas
intuyo bajo la sombra el cuerpo de tu ausencia
como el grano de maíz como una hostia sagrada
y bajo a beber a la fuente ayer
donde tú no estabas.

El tiempo se comunica conmigo
por sondas subterráneas
apenas entiendo nada salvo la fiera sentimental
que gruñe allá en el fondo de tu oído interno.

Oigo voces que no son yo
me desplazo sin moverme
como el son de la lira
voy a donde ya estuviste
y encuentro
una luciérnaga que dejó en la hierba tu aura desnuda.

Se queda la lana a tejer hasta el alba
se queda la seda acariciando el feto de la oruga
el sol en su pozo entona un oráculo
se quedan mis ansias sentadas a la puerta
golpeando un báculo mi corazón.

A veces no sé si escribo
o es que ando descalza sobre brasas
o es que ando descalza sobre brasas
o es que ando descalza sobre brasas

Mi primera soledad – Elena Martín Vivaldi

Mi primera soledad
fuiste tú. Tú la primera
espada de mi dolor
sin nombre. Tú la primera
nostalgia. Voz que no es
sino un silencio de ausencias.
Voz en silencio. Y pregunta
por mí. Que a los aires lleva,
con ansias de viento y flor,
semilla que el fruto espera.
Mi primera soledad.
Tú; soledad por mis venas.
Te pregonaba mi ser
con raíces en la tierra,
con sed que nunca se calma,
con grito y llanto, con nueva
palabra del corazón, 
con amarilla tristeza.
Con rumor de viento gris
—íntimo paisaje y niebla—
entre la lluvia. Su mano
humedeciendo mi pena.
Árbol sin ramas, sin ti,
perdido para mi senda.
Ninguna sombra ilumina
tu camino, ni una seña
dicen las hojas, están
silenciosas, ya no estrenan,
vegetales, su color
radiante de primavera.
Soledad de ti y por ti.
Eco mudo las estrellas
de mi noche. No se escucha
su temblorosa presencia.

Mi primera soledad.
Tú, mi soledad primera.
¿Dónde buscaré tu voz
de plata, de agua y de seda?

Penetra… – José Luis Hidalgo

Penetra. Yo te escucho,		
latido leve, pluma prisionera.		
Penetra en este círculo donde arrojo mi vida;		
donde me pongo en pie cuando abriendo los ojos		
como un árbol sereno a la muerte me ofrezco.		
Yo te escucho, penetra,		
mi orilla empieza siempre y no se acaba nunca		
sobre esta tarde limpia,		
bajo esta tierra seca...		

Date prisa. Te espero		
...y no se acaba nunca.		

Contra el sol del crepúsculo transparento mi muerte.

País de poetas – Elvira Sastre

Hoy a España le han dado una paliza
—el último parte indica agonía—
y llora como un cachorro abandonado en la cuneta
mientras susurra llena de pánico:
Se están llenando mis puentes.
Y yo la miro
con los ojos llenos de justicia
y le digo:
Aguanta, te salvaremos los supervivientes.

En la calle solo queda viva un hambre feroz
que aterra:
el canibalismo de un capitalismo devorador.
Quien dice defendernos nos acaricia
y nos deja la cara llena de sangre:
un abrazo falso duele más que una puñalada…
y lo saben.

Quieren rajar nuestras gargantas
y nutrirnos de sus restos,
atar la libertad de pies y manos y lanzarla al mar
como quien ahorca con saña los derechos humanos.
Son culpables de todo este daño
y no saldrán indemnes:
este aullido en su oído pronto se convertirá en dentellada.
Seguimos siendo salvajes humanos
dentro de su circo,
pero terminará la función y destrozaremos su sonrisa de payaso.
Os estamos descubriendo
y la rabia fluye por nuestras venas
junto al hambre, la pobreza y la injusticia.

Quién os lo iba a decir:
cabe más humanidad en estos cuerpos
que mierda en todos vuestros discursos.

Hoy España huele a podrido,
aunque yo la siento más guapa que nunca
cuando bajo a comprar al mercado
en ese puesto que está a punto de cerrar
y me desean buen día
o cuando veo a un estudiante
ceder su asiento a una mujer con una pensión de mierda
que sonríe con esa resignación
de quien ha vivido de paz a guerra de paz a guerra de paz…
Parece que cada mañana el pueblo grita:
Nos quedamos para salvarte,
España.
Y el pueblo nunca miente.

Y vosotros escuchad,
soltad los hilos corruptos de vuestras manos
y mirad hacia abajo,
cerrad vuestra boca llena de humo negro
y abrid bien vuestros oídos viciosos:
solo aquel que no tiene nada
tiene todo.
Nos habéis convertido en el ejército más poderoso:
ese que no tiene nada que perder.
Y vamos a por vosotros,
armados hasta los dientes de valor,
escudados con una resistencia caníbal
y con un amor violento por la supervivencia.

Jamás debisteis usar a las palabras en vano:
vivís en un país lleno de poetas.