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Carmen de la eterna vida – Eugenio de Nora

Miraba yo las rosas penando de alegría,
solas entre mis manos, atónitas, perdidas.

Miraba antes las rosas. Quería tener, tenerlas.
Quería querer. Quería. Mas la forma no sueña.

Yo canté entre los chopos. Y contra el sol poniente
vi florecer los ramos de luz dorada y verde.

Y besé el agua, el cielo. Me trasfundí, fui todo.
Pero en la cima, siempre, sentí que estaba solo.

( Queremos lo infinito. Nos duele lo que escapa,
aunque entre luz y rosas sintamos fluir el alma.

Sólo es cual si cesara la corriente del tiempo
con otro tiempo humano. Tú y yo, remanso eterno. )

Felicidad contigo. Nos viven y sustentan
en lo hondo de la noche las eternas estrellas.

¡Felicidad! Tendremos, alba de cada día,
nuestro infinito en rosas desnudas. Nuestra vida.

Mesa del silencio – Clara Janés

                              Tirgu Jiu



Nos sentamos a la mesa del silencio,		
al aire de los chopos y los arces		
del parque interminable de hojas muertas.		
Implacable y amoroso		
callaba el caudal inmóvil de blancos cantos.		

La piedra ingrávida,		
paréntesis al tiempo		
y altar		
de la profunda soledad del alma humana.		

El blanco lecho vacío de las venas		
era blanco como aquel blanco cauce		
donde el río no corre.		

Nos sentamos		
y allí nos quedamos para siempre,		
en la mesa del silencio.		

Allí,		
donde tiempo más tiempo más tiempo		
no es nunca igual a tiempo.		

Carmen del éxtasis – Eugenio de Nora

Distraída del mundo; más, lejana
como un vuelo de pájaros, tú existes
donde el silencio empieza, donde el alma.

Donde las avenidas, misteriosas
de árboles altos y de sombra extraña
nos llevan a la pena más hermosa;
donde la noche llora, constelada
frente a sí misma, porque todo es poco,

porque los mundos brillan en la nada,
como nosotros, donde la belleza
suspende el tiempo; donde canta
mi voz más sola; en mi reducto último,
allí estás tú, silencio, alma.

Alza los ojos, tienes la cabeza
de una imposible luz aureolada;
quieres, querrías, pero no te sientes,
porqué eres sólo noche, noche clara.

¡Ah, dame ese silencio, rompe
esta belleza que nos mata!
Y en tu infinita noche, álcese
un viento dulce, despertando ramas.

Carmen de lo repetido – Eugenio de Nora

Quizá, quizá me repito;
si tú lo dices es cierto;
y aunque estrene siempre el alma,
será en el mismo universo.

Pero también se repite
el mar, múltiple y perpetuo,
y fulge en estrellas únicas
cada noche eterno el cielo.

La primavera, las nieves,
en la corona del tiempo,
cuando todo había pasado
lo devuelven, limpio y nuevo.

Así que si mis palabras
se enlazan porque te quiero
deben, con varia hermosura,
decir siempre el mismo sueño.

La afinidad de las cosas
tiembla en el rocío del verso
repetido: ¡Gota, mundo,
alba del conocimiento!

—También las rosas, también
los suspiros, y los besos
se repiten en ternura...
Todo lo repetiremos.

Epitafio para una muchacha – María Victoria Atencia

Porque te fue negado		
el tiempo de la dicha		
tu corazón descansa		
tan ajeno a las rosas.		
Tu sangre y carne fueron		
tu vestido más rico		
y la tierra no supo		
lo firme de tu paso.		

Aquí empieza tu siembra		
y acaba juntamente		
—tal se entierra a un vencido		
al final del combate—,		
donde el agua en noviembre		
calará tu ternura		
y el ladrido de un perro		
tenga voz de presagio.		

Quieta tu vida toda		
al tacto de la muerte,		
que a las semillas puede		
y cercena los brotes,		
te quedaste en capullo		
sin abrir, y ya nunca		
sabrás el estallido		
floral de primavera.

Quizá el amor es simplemente esto… – Antonio Gala

Quizá el amor es simplemente esto:
entregar una mano a otras dos manos,
olfatear una dorada nuca
y sentir que otro cuerpo nos responde en silencio.

El grito y el dolor se pierden, dejan
sólo las huellas de sus negros rebaños,
y nada más nos queda este presente eterno
de renovarse entre unos brazos. 

Maquina la frente tortuosos caminos
y el corazón con frecuencia se confunde,
mientras las manos, en su sencillo oficio,
torpes y humildes siempre aciertan.

En medio de la noche alza su queja
el desamado, y a las estrellas mezcla
en su triste destino.
Cuando exhausto baja los ojos, ve otros ojos
que infantiles se miran en los suyos.

Quizá el amor sea simplemente eso:
el gesto de acercarse y olvidarse.
Cada uno permanece siendo él mismo,
pero hay dos cuerpos que se funden.

Qué locura querer forzar un pecho
o una boca sellada.
Cerca del ofuscado, su caricia otro pecho exige,
otros labios, su beso,
su natural deleite otra criatura.

De madrugada, junto al frío,
el insomne contempla sus inusadas manos:
piensa orgulloso que todo allí termina;
por sus sienes las lágrimas resbalan...
Y sin embargo, el amor quizá sea sólo esto:
olvidarse del llanto, dar de beber con gozo
a la boca que nos da, gozosa, su agua;
resignarse a la paz inocente del tigre;
dormirse junto a un cuerpo que se duerme.

Carmen de la plenitud – Eugenio de Nora

Más bien no tener palabras,
sino estrellas, sino rosas.
Más bien decir, al pensarte,
la belleza: ella te nombra.

Ah, si el mundo que sé y quiero
se implantara, forma a forma,
¡qué plenitud, qué alegría,
qué nueva creación gozosa!:
Desbordarían las fuentes
a la sed; las tensas rocas
a los cielos; la caricia
a las manos creadoras,
felicidad!
Todo, nuevo
a tu imagen; todo sombra
de tu paso: porque existes
y vivo tu eterna hora.

¡Cima, plenitud: sentirte
descanso del alma, y forma!
¡Quererte!: florecer astros,
y estrellar la noche a rosas...

Carmen de la riqueza- Eugenio de Nora

Yo, muchacho aldeano, regresando
por mis años de fresca y verde senda,
traigo, para tu tiempo, la alegría
de aquella inagotable primavera.

Para tu boca traigo la caricia
de tantas flores de color que sueña;
para tus ojos en los que oscurece,
la estrella de la tarde triste y bella.

Traigo la voz del agua que ha pasado
en el silencio tibio de la hierba;
te traigo el cielo, corazón sonoro
con álamos de música y ribera.

Abre tu alma. Mira el valle inmenso.
Nos ha correspondido esta riqueza.
es todo tuyo. el borde de la dicha
va más allá del tiempo y de la tierra.

Versículo del Génesis – José Manuel Caballero Bonald

Por las ventanas, por los ojos		
de cerraduras y raíces,		
por orificios y rendijas		
y por debajo de las puertas,		
entra la noche.		

Entra la noche como un trueno		
por las rompientes de la vida,		
recorre salas de hospitales,		
habitaciones de prostíbulos,		
templos, alcobas, celdas, chozos,		
y en los rincones de la boca		
entra también la noche.		

Entra la noche como un bulto		
de mar vacío y de caverna,		
se va esparciendo por los bordes		
del alcohol y del insomnio,		
lame las manos del enfermo		
y el corazón de los cautivos,		
y en la blancura de las páginas		
entra también la noche.		

Entra la noche como un vértigo		
por la ciudad desprevenida,		
rasga las sábanas más tristes,		
repta detrás de los cobardes,		
ciega la cal y los cuchillos		
y en el fragor de las palabras		
entra también la noche.		

Entra la noche como un grito		
entre el silencio de los muros,		
propaga espantos y vigilias,		
late en lo hondo de las piedras,		
abre sus últimos boquetes		
entre los cuerpos que se aman,		
y en el papel emborronado		
entra también la noche.

Carmen de la lluvia fina – Eugenio de Nora

¡Oh universo en que quiero
estar! ¡Ramo de estrellas!
Estas gotas de lluvia,
tierra tibia, te encuentran...

Hasta ti fue la vida toda
como un inmenso mar de ausencia.

Pero, poco nos basta.
Las medidas humanas
no son tan infinitas como piensas
felicidad: ese algo
de concreción, de pura forma bella,
ya nos basta. ¡Racimo
de lluvia, cabellera
levemente mojada,
y que ilumina una sonrisa eterna:
te basta ya!
Y éste es el mundo
estrellado en que habitas; ésta era
la lejanía soñada. ¡Canta!
Aquí está la promesa.