ME GUSTÓ QUE LLORARAS,
¡Qué blandos ojos sobre tu falda!
No sé, pero tenías
de todas partes, largas
mujeres, negras aguas.
Quise decirte: hermana.
Para incestar contigo
rosas y lágrimas.
Duele bastante, es cierto,
todo lo que se alcanza.
Es cierto, duele
no tener nada.
¡Qué linda estás, tristeza,
cuando así callas!
¡Sácale con un beso
todas las lágrimas!
¡Que el tiempo, ah,
te hiciera estatua!
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Tu barco – Tere Medina
Nunca tu quilla agresora
ha penetrado
tras la muralla de rocas,
cárcel cruel de mis orgasmos.
¿por qué caminos, dime, te has entrado
al recóndito mar de mis hormonas?
(Tu barco
va espoleando mis olas).
Con la mirada humilde – Xavier Villaurrutia
ESTA VEZ serán mudas mis ansias,
y mis pasos velados, y nulo mi rogar;
extenderé las manos ayunas de fragancias
cuando tú no las mires, o cuando te hayas ido;
concentraré mis fuerzas, procuraré olvidar
todo lo no logrado y todo lo perdido,
y acallaré mis ansias insólitas de amar.
Si pues tú me lo pides
con la mirada humilde y la boca entreabierta,
seré bueno, no olvides
que dormiré mi angustia despierta,
que ahogaré el más fuerte latido,
y cerraré la confesión abierta
que debió haber salido…
Y sólo porque sea
tu vida una callada mansedumbre,
un solar, una aldea
donde no haya más lumbre
que la tranquila del hogar,
y en donde no se vea
ni la sombra inconfesa de un desear.
Y todo sin embargo
yo te lo sacrificio por la mirada aquella
tan humilde, que sella
mi espasmo y mi dolor,
y apaga mi más largo
y mi más hondo
soñar en el amor…
Canción del tentador – ROSARIO CASTELLANOS
Habitación de duendes
barre tu casa;
deja ya de gemir porque no tienes
un manojo de espigas en la falda.
Borra de esas paredes
calaveras pintadas,
cesa de pisotear racimos secos,
lleva tus pies a la piadosa grama.
Hurgas en ti y encuentras
alacenas saqueadas
y en el hogar un copo de ceniza
y un haz de leña verde y hogueras apagadas.
Abre tu puerta y oye:
alguien tiende los brazos y te llama.
Es el mundo que pide su rescate
como Moisés perdido entre las aguas.
Hoja de diario – Julia Santibáñez
Lunes
Noto que F. me ronda de nuevo. De espalda
dos números más grande, tan sin respiro.
Martes
Tiene manos sólidas. Cuando lo noto me
quedo inmóvil, como un insecto que ante el
peligro finge estar muerto.
Miércoles
Miles de pájaros. Y vértigo. Quiero que él
huela mi cabello.
Jueves
Como si fuera el aire y yo apenas, su beso es
ávido.
Viernes
Todo siempre, para siempre. Es tan acérrimo.
Sábado
Persevera en sus pequeños defectos, como un
héroe en casa.
Domingo
El aliento pesa cuando espesa. Tan cómodo.
Lunes
L. es de ojeras fúnebres. Me inquieta su
sombra.
Postales – Rubén Márquez
I
El aliento de las olas
se diluyó en tu boca.
II
El atardecer untó su polvo
sobre la selva impresionista.
III
Viaje por la noche de tu cuerpo
donde duerme lo amarillo de la luna.
IV
Tu sexo
en medio del espacio
una libélula dormida
delirando.
V
En la barca de Caronte
navegamos juntos por el aire.
Uno es el hombre – Jaime Sabines
Uno es el hombre.
Uno no sabe nada de esas cosas
que los poetas, los ciegos, las rameras,
llaman "misterio", temen y lamentan.
Uno nació desnudo, sucio,
en la humedad directa,
y no bebió metáforas de leche,
y no vivió sino en la tierra
(la tierra que es la tierra y es el cielo
como la rosa rosa pero piedra).
Uno apenas es una cosa cierta
que se deja vivir, morir apenas,
y olvida cada instante, de tal modo
que cada instante, nuevo, lo sorprenda.
Uno es algo que vive
algo que busca pero encuentra,
algo como hombre o como Dios o yerba
que en el duro saber lo de este mundo
halla el milagro en actitud primera.
Fácil el tiempo ya, fácil la muerte,
fácil y rigurosa y verdadera
toda intención que nos habita
y toda soledad que nos perpetra.
Aquí está todo, aquí. Y el corazón aprende
-alegría y dolor- toda presencia;
el corazón constante, equilibrado y bueno,
se vacía y se llena.
Uno es el hombre que anda por la tierra
y descubre la luz y dice: es buena,
la realiza en los ojos y la entrega
a la rama del árbol, al río, a la ciudad
al sueño, a la esperanza y a la espera.
Uno es el destino que penetra
la piel de Dios a veces,
y se confunde en todo y se dispersa.
Uno es el agua de la sed que tiene,
el silencio que calla nuestra lengua,
el pan, la sal, y la amorosa urgencia
de aire movido en cada célula.
Uno es el hombre -lo han llamado hombre-
que lo ve todo abierto, y calla, y entra.
Envión – Julia Santibáñez
El monstruo se desata.
Corre calle abajo
(embriagado)
y avasalla.
En loca carrera trastorna,
fascina con el portento de su rabia.
Lo espera una flor incandescente.
Qué prodigio de ojos excesivos.
Obsolescencia – Julia Santibáñez
Perdiste la vida
y vas a pasar de moda
si no te apuras a encontrarla.
Los ruidos del alba – Efraín Huerta
I
Te repito que descubrí el silencio
aquella lenta tarde de tu nombre mordido,
carbonizado y vivo
en la gran llama de oro de tus diecinueve años.
Mi amor se desligó de las auroras
para entregarse todo a su murmullo,
a tu cristal murmullo de madera blanca incendiada.
Es una herida de alfiler sobre los labios tu recuerdo,
y hoy escribí leyendas de tu vida
sobre la superficie tierna de una manzana.
Y mientras todo eso,
mis impulsos permanecen inquietos,
esperando que se abra una ventana para seguirte
o estrellarse en el cemento doloroso de las banquetas.
Pero de las montañas viene un ruido tan frío
que recordar es muerte y es agonía el sueño.
Y el silencio se aparta, temeroso
del cielo sin estrellas,
de la prisa de nuestras bocas
y de las camelias y claveles desfallecidos.
II
Expliquemos al viento nuestros besos.
Piensa que el alba nos entiende:
ella sabe lo bien que saboreamos
el rumor a limones de sus ojos,
el agua blanca de sus brazos.
¡Parece que los dientes rasgan trozos de nieve.
El frío es grande y siempre adolescente.
El frío, el frío: ausencia sin olvido.)
Cantemos a las flores cerradas,
a las mujeres sin senos
y a los niños que no miran la luna.
Cantemos sin mirarnos.
Mienten aquellos pájaros y esas cornisas.
Nosotros no nos amamos ya.
Realmente nunca nos amamos.
Llegamos con el deseo y seguimos con él.
Estamos en el ruido del alba,
en el umbral de la sabiduría,
en el seno de la locura.
Dos columnas en el atrio
donde mendigan las pasiones.
Perduramos, gozamos simplemente.
Expliquemos al viento nuestros besos
y el amargo sentido de lo que cantamos.
No es el amor de fuego ni de mármol.
El amor es la piedad que nos tenemos.