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De que callada manera… – Nicolás Guillén

¡De que callada manera
se me adentra usted sonriendo,
como si fuera la primavera !
¡Yo, muriendo!

Y de que modo sutil
me derramo en la camisa
todas las flores de abril

¿Quién le dijo que yo era
risa siempre, nunca llanto,
como si fuera
la primavera?
¡No soy tanto!

En cambio, ¡Qué espiritual
que usted me brinde una rosa
de su rosal principal!

De que callada manera
se me adentra usted sonriendo,
como si fuera la primavera
¡Yo, muriendo!

Enamorarse y no – Mario Benedetti

Cuando uno se enamora las cuadrillas
del tiempo hacen escala en el olvido
la desdicha se llena de milagros
el miedo se convierte en osadía
y la muerte no sale de su cueva
enamorarse es un presagio gratis
una ventana abierta al árbol nuevo
una proeza de los sentimientos
una bonanza casi insoportable
y un ejercicio contra el infortunio
por el contrario desenamorarse
es ver el cuerpo como es y no
como la otra mirada lo inventaba
es regresar más pobre al viejo enigma
y dar con la tristeza en el espejo

Apuntes sueltos sobre un atardecer – Sergio Ramírez

Alguien está soplando entre los árboles
con sus pulmones de cristal.

Un hombre va de esquina en esquina
encendiendo las luces en los rieles
y un niño patina en el parque
y va sonriendo como
si le hubieran nacido alas
encima de su camisa,
y otro niño se mece en un trapecio,
y pasa un hombre descalzo
y otro está sentado en el atrio
y alguien quema su basura.

De la torre ha huido un pájaro
porque están repicando las campanas.

Un barrilete ha aparecido en el cielo
encima de los techos y los árboles
y hay un anciano en la puerta de su casa.

En el cielo hay una mano
cerrando todas sus puertas
y abajo un pueblo queda encendido
entre sus casas y sus hombres.

La luz azul de un avión
se va lentamente desplazando
y los niños la saludan con las manos.

Un niño ha guardado sus patines
y se quitó sus alas de la camisa.
Otro abandonó el trapecio,
y alguien perdió su barrilete,
que quedó suelto en medio de las nubes.
Una muchacha dijo “adiós”
en todas las esquinas
—adiós,
—adiós,
pero a mí no,
no me dijo “adiós”
porque vio que tenía
tomada de las manos
a esta tarde de Masatepe.

El tiempo – Felipe Benítez Reyes

De niño andaba con sus pies de plomo,
pisando desganado los relojes.
Iba lento y solemne,
como en un carruaje muy pesado,
hacia un difuso punto de partida.

Luego anduvo con pasos más ligeros,
como huyendo de sí, como una fiera
enjaulada en un cuarto oscurecido.

Ahora lleva sus botas
aladas, va corriendo. Va
más ansioso que nunca hacia el final.
Aparta con desprecio
los soles y las lunas.

Cuando al fin se descalce,
¿qué será de nosotros, y dónde
vamos a refugiar tanta tiniebla?

Piedra Fluvial – Pilar Paz Pasamar

(Camino del Puerto a Rota,
por las lindes de la base)

Toman el sol como los caparazones
cubiertos de verdín
los plácidos quelonios de la base.
El pulpo vegetal, la yuca, en la cuneta
nos saluda -quién sabe si a nosotros
o a las gaviotas- levantando airoso
sus tentáculos verdes.
Y el nopal y el naranjo y la pita
y el pino y la chumbera
festonan los caminos desde el Puerto hacia Rota.

Mi tierra, Asta Regia turdetana,
alzada entre marismas,
tierra de polvo oscuro y albarizas,
polvo de ánforas púnicas y columnas tartesas,
con tres mil años de esqueleto.
A un lado, adoradores del lucero del alba,
-el lucifere forum- y Chipiona
que pastorea el río más hermoso,
Guadalquivir Florido,
hasta el abrevadero del océano.
Y aquel Xerex Xaduña de los cuatro portales
hacia Arcos y Medina Sidonia e Ixbiliha,
la de los Olivares e figueras,
y el puerto de Alcanate-Menesteo,
y el río Wadi Lakka,
y el río Guadalete,
el río del olvido de la guerra.

Y la historia de tumbas y arenas gaditanas,
toda una tierra fértil de paciencia,
arrodillada siempre con bandejas solícitas
de espumas y palomas
y, hoy por hoy, como siempre arrodillada
junto a grandes tortugas que sestean al sol.

-(Tú, mar, queda en tu sitio.)-

¡Oh, Wadi Lakka mío, mi río del olvido,
mi río paraíso, desbórdate y anega!
¡Desbórdate e inunda! ¡Desbórdanos y ciéganos
de olvido nuestros ojos y pon de azul el miedo!

Corre, deja tus márgenes,
apáganos la sed de tantos siglos
ya que nada ni nadie te lo impide.

La patria – Félix Grande

Los que sin fervor comen del gran pan del idioma
y lo usan como adorno o coraza o chantaje
sienten por mí un rechazo donde la rabia asoma:
yo no he llamado patria más que a ti y al lenguaje

Los que destinan himnos y medallas y honor
al cuervo de la guerra y nunca a la paloma
de la lujuria, miran mi cama con rencor:
yo no he llamado patria más que a ti y al idioma

De la fraternidad, de la honra civil
sé que nadie la siente ni nadie la derrama
si convierte al lenguaje en una jerga vil
y en su cuerpo sofoca la milagrosa llama

Celebrar como a un dios el fuego de la mano,
sentir por las palabras un respeto profundo:
sólo así el transeúnte puede ser nuestro hermano
y nuestros camaradas la materia y el mundo

La carne me ha enseñado el más hondo saber
y el lenguaje me enseña su lección venerable:
que el Tiempo es un abrazo del hombre y la mujer,
que el Universo es una palabra formidable

Tener de todo un poco – Gloria Fuertes

Tener de todo un poco —como el pato—
que nada, vuela y anda y pone huevos,
tener de tierra y mar de niña y niño
tener de bien y mal
eso tenemos.
No ser tan sólo hombres o mujeres
no ser tan sólo alma o sólo cuerpo,
no ser tan criminales como somos,
no ser tan fantasmal como seremos.

Tener de todo un poco,
trigo, avena, y dejar un rincón para el centeno.

El encuentro – Gabriela Mistral

Le he encontrado en el sendero.
No turbó su ensueño el agua
ni se abrieron más las rosas.
Abrió el asombro mi alma.
¡Y una pobre mujer tiene
su cara llena de lágrimas!

Llevaba un canto ligero
en la boca descuidada,
y al mirarme se le ha vuelto
grave el canto que entonaba.
Miré la senda, la hallé
extraña y como soñada.
¡Y en el alba de diamante
tuve mi cara con lágrimas!

Siguió su marcha cantando
y se llevó mis miradas…

Detrás de él no fueron más
azules y altas las salvias.
¡No importa! Quedó en el aire
estremecida mi alma.
¡Y aunque ninguno me ha herido
tengo la cara con lágrimas!

Esta noche no ha velado
como yo junto a la lámpara;
como él ignora, no punza
su pecho de nardo mi ansia;
pero tal vez por su sueño
pase un olor de retamas,
¡porque una pobre mujer
tiene su cara con lágrimas!

Iba sola y no temía;
con hambre y sed no lloraba;
desde que lo vi cruzar,
mi Dios me vistió de llagas.

Mi madre en su lecho reza
por mí su oración confiada.
¡Pero yo tal vez por siempre
tendré mi cara con lágrimas!

Game over o el juego de hacer versos – Javier Rodríguez Marcos

Y todos los poemas
que escribí sobre el tiempo
empiezan a ser verdad.
Ya es la cruda verdad
la certeza de la herida de la muerte,
la certeza de ser
no más que piel y huesos
(el alma es un invento
de los desalmados).
No quieras defenderte,
haz recuento de bajas
en la cola del paro,
en la caja de los supermercados,
en la fiesta de antiguos alumnos,
en las salas de espera,
en las salas de espera,
en las salas de espera.
Asume la derrota.
Debes saber que siempre
se vengan las palabras
de aquellos que jugaron
con ellas
(y la vida iba en serio, etcétera y etcétera).
Acostúmbrate pronto
a las noches en blanco
y a los remordimientos.
Negros son estos días,
azul es este sol
de la infancia.

Ella – Anne Carson

Vive sola en un brezal al norte.
Ella vive sola.
La primavera se abre como una cuchilla allí.
Yo viajo en trenes todo el día y llevo muchos libros –
unos para mi madre, algunos para mí
que incluyen Las obras completas de Emily Brontë.
Es mi autora favorita.
También mi principal temor, al que trato de enfrentarme.
Cada vez que visito a mi madre
siento que me convierto en Emily Brontë,
mi vida solitaria a mi alrededor como un páramo,
mi torpe cuerpo recortándose sobre los barrizales con una apariencia de transformación
que muere cuando atravieso la puerta de la cocina.
¿Qué cuerpo es ese, Emily, que nosotras necesitamos?