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A la sartén de hierro – Luz Machado

Blanco primero, luego renegrido
por el fuego curtiéndole la espalda.
San Lorenzo doméstico, respalda
el credo vegetal de lo nacido.

Su luna de metal enardecido,
el verdor terrenal junta y escalda;
y entre crujidos olorosos salda
las diferencias del sabor reunido.

En el ocio después, de un calvo alzado,
o mudo, horizontal, abandonado
frío en mortal quietud inexorable,

-péndulo, fruta, nota, cerradura,
península, alfiler- en su figura
una lágrima negra inexplicable.

La muerte del niño herido – Antonio Machado

Otra vez en la noche… Es el martillo
de la fiebre en las sienes bien vendadas
del niño. -Madre, ¡el pajarillo amarillo!
¡las mariposas negras y moradas!

-Duerme, hijo mío.- Y la manita oprime
la madre, junto al lecho.- ¡Oh flor de fuego!
¿Quién ha de helarte, flor de sangre, dime?
Hay en la pobre alcoba olor de espliego;

fuera, la oronda luna que blanquea
cúpula y torre a la ciudad sombría.
Invisible avión moscardonea.

-¿Duermes, oh dulce flor de sangre mía?
El cristal del balcón repiquetea.
-¡Oh, fría, fría, fría, fría, fría!

Suplicio de amor – Gertrudis Gómez de Avellaneda

¡Feliz quien junto a ti por ti suspira,
quien oye el eco de tu voz sonora,
quien el halago de tu risa adora
y el blando aroma de tu aliento aspira!

Ventura tanta, que envidioso admira
el querubín que en el empíreo mora,
el alma turba, el corazón devora,
y el torpe acento, al expresarla, expira.

Ante mis ojos desaparece el mundo
y por mis venas circular ligero
el fuego siento del amor profundo.

Trémula, en vano resistirte quiero.
De ardiente llanto mi mejilla inundo.
¡Delirio, gozo, te bendigo y muero!

Amor tardío – José Ángel Buesa

Tardíamente, en el jardín sombrío,
tardíamente entró una mariposa,
transfigurando en alba milagrosa
el deprimente anochecer de estío.

Y, sedienta de miel y de rocío,
tardíamente en el rosal se posa,
pues ya se deshojó la última rosa
con la primera ráfaga de frío.

Y yo, que voy andando hacia el poniente,
siento llegar maravillosamente,
como esa mariposa, una ilusión;

pero en mi otoño de melancolía,
mariposa de amor, al fin del día,
qué tarde llegas a mi corazón…

La misma estrella V – Jesús Orta Ruiz

V

Vendrá mi muerte ciega para el llanto,
me llevará, y el mundo en que he vivido
se olvidará de mí, pero no tanto
como yo mismo, que seré el olvido.

Olvidaré mis muertos y mi canto.
Olvidaré tu amor siempre encendido.
Olvidaré a mis hijos, y el encanto
de nuestra casa con calor de nido.

Olvidaré al amigo que más quiero.
Olvidaré a los héroes que venero.
Olvidaré las palmas que despiden

al Sol. Olvidaré toda la historia.
No me duele morir y que me olviden,
sino morir y no tener memoria.

La misma estrella IV – Jesús Orta Ruiz

IV

No me asusta morir… Sólo lamento
no tener ojos para ver las cosas
que se transformarán: zarzas en rosas,
lobos en hombres, polvo en monumento.

No me asusta morir… Sólo lamento
ser sordo con el frío de las losas
cuando vengan las músicas gloriosas,
cuando una larga risa sea el viento.

Sólo lamento no tener mi tacto
cuando sea concreto el mundo abstracto
que en crisoles de sueño se moldea.

No me asusta morir… Sólo lamento
quedarme quieto cuando todo sea
la perfecta expresión del movimiento.

La misma estrella III – Jesús Orta Ruiz

III

Me queda por decir no sé que cosa
que me parece inusitada y bella.
He gastado palabras como estrella,
rocío, rosicler, sonrisa, rosa…

Y en lo pobre del verso y de la prosa
no he logrado apresar el alma de ella.
La he visto: fugitiva mariposa
o pájaros con alas de centella.

Cuando callo, la escucho y la medito,
pero se pierde en el poema escrito.
Me queda poco tiempo de palabra.

Me desespera la que nunca encuentro.
¿Y he de morir sin que mi mano abra
puertas al ave que me canta dentro?

El hombre que seré – Manuel Altolaguirre

Vida de amor, como un jardín cerrado,
por entre cuyas flores va perdido
el hombre que seré, el que vencido
por los años recuerde su pasado.

Me veo pasar, decrépito y cansado,
entre flores que fueron y aún no han sido,
por un jardín de amores que el olvido
para mi bien o mal a respetado.

No otros mares y campos mi memoria
me ofrece así de claros y lucientes.
Yo, peregrino por mi propia historia,

me detengo al llegar a las vertientes;
que nieblas cubren donde está escondida
la que fue tierra estéril en mi vida.

La misma estrella II – Jesús Orta Ruiz

II

Estoy, con el paisaje cara a cara,
contemplando la tarde que agoniza.
Hay una estrella que espiritualiza
al horizonte, como si pensara.

Reina una sombra todavía clara.
El día es una terquedad rojiza.
¡Qué lenta rapidez en la plomiza
hora que de la noche me separa!

Todo se queda en un recogimiento:
los cálices, los pájaros, el viento,
la luz que sosegada se retira,

la yerba leve y el palmar minúsculo,
y yo –la tarde que a la tarde mirasoy
la parte consciente del crepúsculo.

¿Yo de amor y de ausencia… – Rosario Castellanos

¿Yo de amor y de ausencia qué sabía?
y di al fiel, al fugitivo, al viento,
la tremenda verdad de un juramento.
Y en la nada, mi voz se deshacía.

Para guardar el rostro que quería,
el agua sin memoria. Y el cimiento
sobre arena y espuma. Y el violento
ser del fuego, velando mi agonía.

Ay, fuego consumido y aire lejos
y agua anegando formas y reflejos,
todo pasó. La tierra persevera

con la paloma negra en su regazo
y su silencio. Y ese lento abrazo
que ceñirá mi pecho cuando muera.