Lenín piensa en Finlandia
Las fauces del tigre están llenas de sangre
el hombre libre merca sus lágrimas de plata sus gestos
suena un pistoletazo en el barrio judío
una conciencia más que explota dice el Führer
No tengo carros ni munición ¡aguantad como podáis!
el coronel telegrafista mueve la manivela
pensando en su mujer (una georgiana sentimental)
y el carrusel aquel de Beograd ambos sin pasaporte
Como si hubieran sido higos podridos
la lengua de la hiena está irritada
¿cómo dices que llaman en tu tierra a las mujeres de la vida?
¿y a las que nunca te dejan hacer nada?
Duerme la tarde y oscurece las suaves torres
ciruelas malvas como atacadas por un hielo salvaje
la brigada hace guardia en San Juan de Acre son
como avispas doradas a la luz de un quinqué
Todo esto sucede en Moscú en enero de 1919
cuando por el más largo corredor del Palacio de Invierno
el caballo de Kornilov galopa enfurecido.
Archivo de la categoría: Poesia española
Estela funeraria – José María Álvarez
«Este que aquí dejó en la tetradracma…»
Konstantino Kavafis
Sobre el muro, grabadas
con una cuchara o con las uñas,
dos palabras.
El odio y la soberbia
del vencedor, no precisó borrarlas.
Quién fue. Joven
o viejo, o mujer, o niño. Cómo
soñaría su vida. Qué madrugada
bajo ruido de puertas, botas, armamento,
vivas y mueras bruscamente cortados
por los disparos,
vio ante sí el rostro de los asesinos.
Qué les diría.
Sobre el muro,
junto a insultos y fechas,
nombres escritos para no morir
del todo, su
YA VIENEN.
Después caminaría
con desesperación y sueño
hacia el alba helada.
Inútil escrutar tan alto cielo… – Manuel Vázquez Montalbán
Inútil escrutar tan alto cielo
inútil cosmonauta el que no sabe
el nombre de las cosas que le ignoran
el color del dolor que no le mata
inútil cosmonauta
el que contempla estrellas
para no ver las ratas.
Deriva – Antonio Martínez Sarrión
Paraísos que nunca se perdieron,
se hallaban emboscados simplemente
en las encrucijadas del futuro
adoptando las formas más disímiles:
azulados caballos que dibujan
los escapes del gas, arborescencias
en bucle del asfalto derretido, palomas
que vuelven al sombrero del prestímano
abatidas por la cohetería
que clausura entre palmas un siglo tan feliz.
Entre estos intervalos de esplendor
se deslizaba el tiempo como un buque
con las luces cegadas, el gobernalle roto
y una leve modorra en el pasaje
que en vano interrogaba a la marinería
por el dudoso muelle del atraque final.
EL dibujo en el agua – Felipe Benítez Reyes
Bien sabes que estos años pasarán,
que todo acabará en literatura:
la imagen de las noches, la leyenda
de la triunfante juventud y las ciudades
vividas como cuerpos.
Que estos años
pasarán ya lo sabes, pues son tuyos
como una posesión de nieve y niebla,
como es del mar la bruma o es del aire
el color de la tarde fugitivo:
pertenencias de nadie y de la nada
surgidas, que hacia la nada van:
ni el mismo mar, ni el aire, ni esa bruma,
ni un crepúsculo igual verán tus ojos.
Un dibujo en el agua es la memoria
y en sus ondas se expresa el cadáver del tiempo.
Tú harás ese dibujo.
Y de repente
tendrás la sombra muerta
del tiempo junto a ti.
El pasado es la constancia… – Antonio Hernández
El pasado es la constancia
de nuestro asombro,
el hueco de amor que deja
la experiencia en nuestro pecho.
(Sólo la infancia no tiene memoria
porque nada brilló antes que ella.)
Mi pasado es el saldo de lo nítido:
un aroma, un amor, una luna
sin cautela,
el viejo enigma en que amaneceré.
Blues del nacimiento – Antonio Gamoneda
Nació mi hija con el rostro ensangrentado
y no me la dejaron ver despacio.
Nació mi hija con el rostro ensangrentado
pero me la quitaron de las manos.
Mi hija ahora ya va a hacer tres años
y habla conmigo y ella ve mi rostro.
Mi hija ahora ya va a hacer tres años
y canta y piensa pero ve mi rostro.
Yo ahora ya no me pregunto
por qué se ama a un rostro ensangrentado.
Poetas andaluces de ahora – Antonio Hernández
Salvo a Vicente y su callada riqueza
y salvo a Rafael y su escrutinio
de lo bello, nunca los vi. Porque la guerra
los puso lejos como un barco arrugado
en la memoria, no vi a Luis Cernuda,
ni a Federico, ni a Emilio Prados
o a Altolaguirre.
Ellos cantaban
la luz como los potros de mi pueblo
y extraían claveles de sus venas
astrales. Con mi edad, o mejor dicho
un poco más expertos en los astros
terrestres, se marcharon, con el ave
de la muerte o del exilio, a otros mundos
lejanos, perseguidos por la doble
sombra de la derrota para que,
de nuevo, se cumpliera el destino
de quien canta y quien ama.
(No los vi
y ahora serían amigos, a los cuales
cuesta trabajo visitar por miedo
a visitar la propia egolatría,
la de uno, la que al fin desaparece
con los versos de ellos.)
No los vi, y lo repito en un sollozo
con la herida cerrada, lo repito
con una salva póstuma de aplausos
y como un corazón para que todos
sepan que se recuerda con doliente
armonía a lo desconocido
que hace presencia en unos versos suyos
porque aparezca el Sur en la distancia,
habite el mundo entero, no disponga
la Tierra de lugar para otro sueño.
Para que, acaso, pueda contemplarlos
aún —no los vi— pues permanecen rotos.
Igual duran la gloria y la injusticia.
Ella y sus ojos – Pureza Canelo
Lo mejor de sus Ojos,
mi constancia.
Deprisa quieren madrugada,
mi ofrecimiento.
Si los miro
prendiendo fuego al vértice
crecen dentro, y hablan.
Lo mejor de sus Ojos
es un punto que comienza
en el asombro.
Y su hebra, a lo mejor
es la mía, que busca
la materia.
Va y viene.
Llamo al mundo. Se hace mundo.
Golpea, pero no a esta boca hiere.
Si lo hiciera, un brote de luz
bajaría
del paladar a los labios.
Es mi espacio de emoción
y la tela más pura
a mi único brazo.
Es la creación.
En la creación.
En sus Ojos.
Donde da la luz – Antonio Hernández
Se hace la pequeñez como un relámpago
que ilumina un instante cuanto observa
callado —cuanto
es parte de ella misma, también poco—
y entonces se engrandece.
Acaso sea
vivir para los otros nuestra forma
de ser el mundo entero, lo que existe
y lo que revelamos en el trance
del amor que nos crea.
Acaso crear sea
encender nuestras breves miniaturas.