¡Su desnudez y el mar!
Ya están, plenos, lo igual
con lo igual.
La esperaba,
desde siglos el agua,
para poner su cuerpo
solo en su trono inmenso.
Y ha sido aquí en Iberia.
La suave playa céltica
se la dio, cual jugando,
a la ola del verano.
(Así va la sonrisa
¡amor! a la alegría)
¡Sabedlo, marineros:
de nuevo es reina Venus!
Archivo de la categoría: Premio Nobel
Las cuatro de la madrugada – Wislawa Szymborska
Hora entre la noche y el día.
Hora de un costado al otro.
Hora para treintañeros.
Hora preparada para el canto del gallo.
Hora cuando la tierra nos ignora.
Hora cuando sopla el viento de astros apagados.
Hora de y-si-de-nosotros-no-quedara-nada.
Hora hueca.
Sorda, vana.
Fondo de todas las horas.
Nadie está bien a las cuatro de la madrugada.
Si las hormigas están bien a las cuatro de la madrugada
démosles la enhorabuena. Y que lleguen a las cinco,
si hemos de seguir viviendo.
Agua mujer – Juan Ramón Jiménez
¿Qué me copiaste en ti,
que cuando falta en mí
la imagen de la cima,
corro a mirarme en ti?
Amor – Juan Ramón Jiménez
No, no has muerto, no.
Renaces,
con las rosas en cada primavera.
Como la vida, tienes
tus hojas secas; tienes tu nieve, como
la vida…
Mas tu tierra,
amor, está sembrada
de profundas promesas,
que han de cumplirse aún en el mismo
olvido.
¡En vano es que no quieras!
La brisa dulce torna, un día, al alma;
una noche de estrellas,
bajas, amor, a los sentidos,
casto como la vez primera.
¡Pues eres puro, eres
eterno! A tu presencia,
vuelven por el azul, en blanco bando,
blancas palomas que creíamos muertas…
Abres la sola flor con nuevas hojas…
Doras la inmortal luz con lenguas nuevas…
¡Eres eterno, amor,
como la primavera!
Cielo – Wislawa Szymborska
Haber empezado por ahí: el cielo.
Ventanas sin alféizar, sin marco, sin cristales.
Un hueco y nada más,
pero abierto de par en par.
No tengo que esperar una noche clara
ni levantar la cabeza
para observar el cielo.
Lo tengo detrás, a mano, sobre mis párpados.
El cielo me envuelve herméticamente
y me eleva en el aire.
Ni las montañas más altas
están más cerca del cielo
que los valles más hondos.
En ningún lugar hay más cielo
que en otro.
La nube está tan cruelmente aplastada
por el cielo como una tumba.
El topo está en el séptimo cielo
como la lechuza que bate sus alas.
Aquello que cae al abismo
cae también del cielo al cielo.
Arenosas, fluidas, rocosas,
radiantes y volátiles
superficies de cielo, migajas de cielo,
bocanadas y cúmulos de cielo.
El cielo es omnipresente
hasta en la penumbra bajo mi piel.
Como cielo, defeco cielo.
Soy trampa en otra trampa,
habitante habitado,
abrazo abrazado,
pregunta en respuesta a una pregunta.
La división en el cielo y la tierra
no es la forma adecuada
de pensar en el todo.
Permite tan sólo sobrevivir
bajo una dirección más exacta
más fácil de encontrar
si alguien quisiera buscarme.
Mis señas de identidad
son el encanto y la desesperación.
El olvido – Vicente Aleixandre
No es tu final como una copa vana
que hay que apurar. Arroja el casco, y muere.
Por eso lentamente levantas en tu mano
un brillo o su mención, y arden tus dedos,
como una nieve súbita.
Está y no estuvo, pero estuvo y calla.
El frío quema y en tus ojos nace
su memoria. Recordar es obsceno,
peor: es triste. Olvidar es morir.
Con dignidad murió. Su sombra cruza.
Espíritus de la aurora – Vicente Aleixandre
No, no es la ahora cuando la noche va cayendo,
también con la misma dulzura
pero con un levísimo vapor de ceniza,
cuando yo correré tras vuestras sombras amadas.
Lejos están las inmarchitas horas matinales,
imagen feliz de la aurora impaciente,
tierno nacimiento de la dicha en los labios,
en los seres que yo amé en vuestras márgenes.
El placer no tomaba el temeroso nombre de placer,
ni el turbio espesor de los bosques hendidos,
sino la embriagadora nitidez de las cañadas abiertas
donde la luz se desliza con sencillez de pájaro.
Por eso os amo, inocentes, amorosos seres mortales
de un mundo virginal que diariamente se repetía
cuando la vida sonaba en las gargantas felices
de las aves, los ríos, los aires y los hombres.
Silencio – Octavio Paz
Así como del fondo de la música
brota una nota
que mientras vibra crece y se adelgaza
hasta que en otra música enmudece,
brota del fondo del silencio
otro silencio, aguda torre, espada,
y sube y crece y nos suspende
y mientras sube caen
recuerdos, esperanzas,
las pequeñas mentiras y las grandes,
y queremos gritar y en la garganta
se desvanece el grito:
desembocamos al silencio
en donde los silencios enmudecen.
Elogio de la mala conciencia de uno mismo – Wislawa Szymborska
El ratonero no tiene nada que reprocharse.
Los escrúpulos le son ajenos a la pantera negra.
No dudan de lo correcto de sus actos las pirañas.
El crótalo se acepta a sí mismo sin complejos.
No existe un chacal autocrítico.
La langosta, el tábano, el gusano y el caimán
viven como viven y satisfechos con ello.
De cien kilos es el corazón de la orca,
pero en otros aspectos no le pesa.
Nada más animal
que una conciencia limpia
en el tercer planeta del Sol.
Dos ángeles – Gabriela Mistral
No tengo sólo un Ángel
con ala estremecida:
me mecen como al mar
mecen las dos orillas
el Ángel que da el gozo
y el que da la agonía,
el de alas tremolantes
y el de las alas finas.
Yo sé, cuando amanece,
cuál va a regirme el día,
si el de color de llama
o el color de ceniza,
y me les doy como alga
a la ola, contrita.
Sólo una vez volaron
con las alas unidas:
el día del amor,
el de la Epifanía.
¡Se juntaron en una
sus alas enemigas
y anudaron el nudo
de la muerte y la vida!