Me miras: el presente son tus ojos,
unos instantes que se desvanecen
y no puedo cambiar: Pero también
son un mañana que ya estaba escrito
en el fugaz espejo de la infancia.
Y se convertirán en el ayer,
la suma indiferencia de los años.
Después serán recuerdo, un mundo gris
donde te mire aunque no pueda verte.
Tras el recuerdo habrán de ser olvido:
nadie sabrá por qué estabas mirándome
ni por qué hay este pozo en tu lugar.
Cada instante una historia diferente
de las mil y una noches en tus ojos.
Conversación – Jaime Gil de Biedma
Los muertos pocas veces libertad
alcanzáis a tener, pero la noche
que regresáis es vuestra,
vuestra completamente.
Amada mía, remordimiento mío,
la nuit c’est toi cuando estoy solo
y vuelves tú, comienzas
en tus retratos a reconocerme.
¿Qué daño me recuerda tu sonrisa?
¿Y cuál dureza mía está en tus ojos?
¿Me tranquilizas porque estuve cerca
de ti en algún momento?
La parte de tu muerte que me doy,
la parte de tu muerte que yo puse
de mi cosecha, cómo poder pagártela…
Ni la parte de vida que tuvimos juntos.
Cómo poder saber que has perdonado,
conmigo sola en el lugar del crimen?
Cómo poder dormir, mientras que tú tiritas
en el rincón más triste de mi cuarto?
El Salvador – Claribel Alegría
Envuelta por un juego de colores
va conmigo la imagen de tu cielo
las ondulantes líneas de tu suelo
y la luz de tus verdes miradores.
Es un mapa cordial de hondos rumores
caminando de brisa, de arroyuelo
de nubes encendidas en tu vuelo
y de volcanes verdes entre flores.
¡Oh Tierra donde mayo se levanta
como la voz henchida en la garganta!
Si en mí se aloja la belleza un día
es porque fue mi amiga en tu follaje.
Escondido en mis ojos tu paisaje
será siempre un remanso de poesía.
Viceversa – Mario Benedetti
Tengo miedo de verte
necesidad de verte
esperanza de verte
desazones de verte
tengo ganas de hallarte
preocupación de hallarte
certidumbre de hallarte
pobres dudas de hallarte
tengo urgencia de oírte
alegría de oírte
buena suerte de oírte
y temores de oírte
o sea
resumiendo
estoy jodido
y radiante
quizá más lo primero
que lo segundo
y también
viceversa.
Campo nuestro – Oliverio Girondo
En lo alto de esas cumbres agobiantes
hallaremos laderas y peñascos,
donde yacen metales, momias de alga,
peces cristalizados;
pero jamás la extensa certidumbre
de que antes de humillarnos para siempre,
has preferido, campo, el ascetismo
de negarte a ti mismo.
Fuiste viva presencia o fiel memoria
desde mis más remota prehistoria.
Mucho antes de intimar con los palotes
mi amistad te abrazaba en cada poste.
Chapaleando en el cielo de tus charcos
me rocé con tus ranas y tus astros.
Junto con tu recuerdo se aproxima
el relente a distancia y pasto herido
con que impregnas las botas… la fatiga.
Galopar. Galopar. ¿Ritmo perdido?
hasta encontrarlo dentro de uno mismo.
Siempre volvemos, campo, de tus tardes
con un lucero humeante…
entre los labios.
Una tarde, en el mar, tú me llamaste,
pero en vez de tu escueta reciedumbre
pasaba ante la borda un campo equívoco
de andares voluptuosos y evasivos.
Me llamaste, otra vez, con voz de madre
Y en tu silencio sólo halló una vaca
junto a un charco de luna arrodillada;
arrodillada, campo, ante tu nada.
Cuando me acerco, pampa, a tu recuerdo,
te me vas, despacio, para adentro…
al trote corto, campo, al trotecito.
Aunque me ignores, campo, soy tu amigo.
Entra y descansa, campo. Desensilla.
Deja de ser eterna lejanía.
Cuanto más te repito y te repito
quisiera repetirte al infinito.
Nunca permitas, campo, que se agote
nuestra sed de horizonte y de galope.
Templa mis nervios, campo ilimitado,
al recio diapasón del alambrado.
Aquí mi soledad. Esta mi mano.
Dondequiera que vayas te acompaño.
Si no hubieras andado siempre solo
¿todavía tendrías voz de toro?
Tu soledad, tu soledad… ¡la mía!
Un sorbo tras el otro, noche y día,
como si fuera, campo, mate amargo.
A veces soledad, otras silencio,
pero ante todo, campo: padre-nuestro.
Historia en versos – John Keats
Lo hermoso es alegría para siempre:
su encanto se acrecienta y nunca vuelve
a la nada, nos guarda un silencioso
refugio inexpugnable y un reposo
lleno de alientos, sueños, apetitos.
Por eso cada día nos ceñimos
guirnaldas que nos unan a la tierra,
pese a nuestro desánimo y la ausencia
de almas nobles, al día oscurecido,
a todos los impávidos caminos
que recorremos; cierto, pese a esto,
alguna forma hermosa quita el velo
de nuestro temple oscuro: talla luna,
el sol, los árboles que dan penumbra
al ganado, o tales los narcisos
con su universo húmedo o los ríos
que construyen su fresco entablamento
contra el ardiente estío; o el helecho
rociado con aroma de las rosas.
Y tales son también las pavorosas
formas que atribuimos a los muertos,
historias que escuchamos o leemos
como una fuente eterna cuyas aguas
del borde de los cielos nos llegaran.
Y no sentimos a estos seres sólo
por breve lapso; no, sino que como
los árboles de un templo pronto aúnan
su ser al templo mismo, así la luna,
la poesía y sus glorias infinitas
cual una luz alegre nos hechizan
el alma y nos seducen con tal fuerza
que, haya sombra o luz sobre la tierra,
si no nos acompañan somos muertos.
Así, con alegría, yo refiero
la historia de Endimión (…)
Contra la muerte – Jorge Riechmann
Un único conjuro
amor, contra la muerte:
comunidad. (Palabra sin veneno
pero a menudo endulza
los venenos mortales).
La repito no obstante, la sostengo
como un planeta tibio
recién nacido:
comunidad.
El frescor de tus brazos y el himno
de la conversación entre seres libres.
Contra los celos – Jorge Riechmann
Lo dijo la mujer de un político español
de aquella patria que fue la Segunda República
y yo lo adapto mutatis mutandis:
—Si yo la quiero tanto,
¿cómo va a extrañarme que los demás la quieran?
Contra la traición – Jorge Riechmann
Si me extraviase tan absolutamente
como el tesorero de abyección
si negase
que en el vasto lenguaje simbólico del mundo
alienta el delirio de un amor ingobernable
sin otro apetito que su transparencia
si acariciase las romas vértebras del verdugo
si de sopetón me durmiese por un siglo
si no supiese quién soy
como un grano de sal condenado a muerte
si asesinase a un gato
para ganar la lepra en algún sedicente paraíso
bastaría que me rozara un dedo tuyo
la resurrección de un solo dedo tuyo
para regresarme.
Poema mundano – Tristan Tzara
Poema mundano, cómo vivir nuestra vida —pregunta—
Estoy aburrido, soy la tierra rotulada en el otoño
y la literatura es el gusano que roe el camino subterráneo
por donde vendrá el agua para nutrir la cosecha del verano.
Fotografía empolvada sobre el piano y encontrada viva después
en la provincia donde los padres daban clase
para conservar la fe -ha pensado que es mejor venir
a la gran ciudad con fiestas para la enajenación de la conciencia.
Mi alma: una mujer mundana que sale con cualquiera
Las mozas no son fieles, ni los violines son verdaderos
Bailarinas flores derrumbadas bailarinas trasegadas
muéstranos el secreto despojado de las hojas de algodón.
En el escenario silencio mujer desnuda, en la sala embarazo, pero
ni menos un pensamiento que te duela, ni un actor que se muera
El negro de la luna desciende (deleitosamente) como el gorrión sobre un violín
y si lo quieres, amada mía, si lo quieres te pagaré un capricho