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Lucrecia – Fernando de Rojas

Oh, quién fuese la hortelana
de aquestas viciosas flores,
por prender cada mañana
al partir a tus amores.

Vístanse nuevas colores
los lirios y la azucena;
derramen frescos olores
cuando entre por estrena.

Alegre es la fuente clara
a quien con gran sed la vea;
mas muy más dulce es la cara
de Calisto a Melibea.

Pues aunque más noche sea,
con su vista gozará.
¡Oh cuando saltar le vea,
qué de abrazos le dará!

Saltos de gozo infinitos
da el lobo, viendo al ganado;
con las tetas los cabritos;
Melibea con su amado.

Nunca fue más deseado
amador de la su amiga;
mi huerto más visitado,
ni noche tan sin fatiga.

Sin flores y sin frutos… – José María Parreño

Sin flores y sin frutos
me ha encontrado el verano
otra vez

en las ramas de sangre
un nido esta esperando
al corazón

y un caracol o labio me recorre
escribiendo un conjuro
que protege
de la nube
del hacha
del ahorcado:
«sostén tu sombra al hombro
que ya vendrá el amor
a verte florecer
1que ya vendrá el dolor
a hacerte madurar»

Adiós – Claudio Rodríguez

Cualquier cosa valiera por mi vida
esta tarde. Cualquier cosa pequeña
si alguna hay. Martirio me es el ruido
sereno, sin escrúpulos, sin vuelta
de tu zapato bajo. ¿Qué victorias
busca el que ama? ¿Por qué son tan derechas
estas calles? Ni miro atrás ni puedo
perderte ya de vista. Esta es la tierra
del escarmiento: hasta los amigos
dan mala información. Mi boca besa
lo que muere, y lo acepta. Y la piel misma
del labio es la del viento. Adiós. Es útil
norma este suceso, dicen. Queda
tú con las cosas nuestras, tú, que puedes,
que yo me iré donde la noche quiera.

Sed – Susana March

¿Por qué esta voz antigua desvelada y ardiente
que me sube a los labios cuando quiero cantarte?
¿Por qué he de buscar el viejo acento griego
para decirte que te amo?

Daré mi voz al río que mece tu existencia,
al viento delicado que orea tu ignorancia.
Quizás ella consiga huracanar tu sangre
en férvida borrasca de deseos
y te arrebate al sobrio mundo tuyo
para clavarte vivo en mi locura.

Tú jamás me miraste con tus ojos humanos.
Ignoras todavía que soy morena y pálida
que tengo un ritmo arcaico de danzarina íbera.
Desconoces mi sueño fabuloso y magnífico,
la sed que como un nudo me ciñe la garganta.
Estás ciego a mi gracia, sordo al supremo canto
que para ti concibo.

¡Ah, déjame quererte con toda la potencia
de mi sangre mezclada y generosa!
¡Por mis antepasados helénicos y hebreos,
por aquellos latinos celtíberos que me dieron su sangre,
bien merezco que gustes de besarme la boca!

Sola estoy en la selva de mi mortal fatiga,
exhausta de esperarte.
¡Dime qué mal sin nombre me acongoja la vida!,
¡dime qué fuego es éste
que tú enciendes en mí, como un reguero
de sol desde mi nuca a mis rodillas!
¿Es para siempre ya mi amor? ¿acaso
te irás de mí como se van los sueños,
los pájaros, los días?

Me quisiera morir prieta a tu cuerpo,
ceñida por tu brazo duro y joven,
abrasada de sed y respirando
tu olor a varón limpio y admirable.

Hace ya tiempo que no sé de ti – Pablo García Baena

A Cándida Guerrero Natera

Hace ya tiempo que no sé de ti
y está la sierra como te gustaba
con el otoño.
Por Escalonias y por San Calixto
a las primeras lluvias han crecido
las hierbas y una seña silenciosa
me entregan tuya en verdor y aroma.
Las ciervas ramonean acebuches
y está la brama resonando fiera,
en el fragor del monte su sollozo.
El venado de sombra taciturna
alza la cuerna como un candelabro
que incendiara de celo y oro el bosque,
y el jaro jabalí híspido bate
el hosco ramo prieto de la encina,
tal me decías.

Hace ya tiempo que callas, lejana.
Mañana de los lunes en el viejo
archivo provincial, legajos, cintas
rojas de las carpetas, boletines.
Todo el oficinal rito perenne
se estremecía al aire del lentisco,
al varear de juncos en las fugas,
al corno inglés en óperas de Weber.

Y queda aún olor de jara y pólvora,
en el veraz relato, entre tus manos,
hace ya tiempo.

Y pienso en ti y sonrío y me es grata
tu memoria, como una prenda usada
de abrigo al calofrío de la casa.

Alegría – Luis Antonio de Villena

La terraza veraniega quedaba frente al Museo del Prado.
Era el verano muy dulce de 1989
y una noche de Julio de calor benigno,
una de esas noches en que un vientecillo de primicia
acaricia y ondea las masas verdosas,
las grandes hojarascas de los árboles del Prado.
Estábamos sentados al inicio de la noche
y yo diría que no teníamos nada mejor que hacer
sino esperar y gozar de la nocturna travesía,
de las delicias que deparara la nave…
Buscábamos al negro que pasaba coca.
(Sí, esnifábamos una rayita de cuando en cuando.
Nada grave.)
Bebíamos ron con coca-cola, y nos gustaba la luz
artificial chocando contra aquellas grandes moles arbóreas…
Reíamos. No recuerdo de qué, pero reíamos.
Eso era la alegría. El mundo como aventura,
abierto, cálido, dispuesto, como prietas nalgas afortunadas.
El futuro nos parecía —incluso a mí, que era mayor—
algo por hacer y construir. Algo por llegar,
que haríamos casi como quisiéramos hacer…
Querido y abolido amigo joven,
¿qué decías?
«¿Ahí va Igor, el hermoso muchacho
de volátil pelo que se diría aéreo y grácil
como un maravilloso puma alado?»
Sí. Adiós, y que el Ángel de la Suerte te bendiga.
La noche se diría como una rosa azul.
No teníamos nada que hacer.
El mundo y el placer —vinieran como viniesen—
eran todo. Todo debía ocurrir
y todo sería alegría, sed, pasión, calor, piel, cuerpos finos.
Yo no sé (de veras no sé) si he sido feliz.
Ignoro más bien qué es la felicidad,
y aunque admiro la alegría
casi por encima de cualquier otra cosa,
ruego a vuesas mercedes no me pregunten
qué es ser feliz o en qué consiste la dicha.
Pero si alguien puede,
si algún arcano pacto se lo permite (bendito ladrón)
lléveme, devuélvame un ratito a aquella lejana
noche de un perdido y ocioso verano madrileño.
(Los dos jóvenes evocados, los dos, murieron ya)
Pero por Hércules le juro,
por el gran Heracles le aseguro y prometo que yo
—viejancón y triste aún—
en un pis-pas, le diré lo qué es cabalmente ser feliz…