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El soneto es tan ágil como un brinco… – Francisco Pino

El soneto es tan ágil como un brinco,
nadadora de noches perfumadas;
aquí, tu voz, tu risa, tus miradas,
esta rama de amor tejen espesa.

Desde el pálido gris a la frambuesa,
del cálido tabaco hojas doradas,
todas tus sombras rinden concentradas
aguas de una corriente que no cesa.

Oh lento surtidor que sombras mana,
tranquilas formas de figura humana,
en líquidos topacios ya resuelto.

Esta tu oscura piel de alga morena
cambia la espesa rama en fuerte vena,
y en yodo creces: surtidor esbelto.

Ternura de tigre – Carlos Barral

La lengua sobre todo, afectuosa,
áspera y cortesana en el saludo.

Las zarpas de abrazar, con qué cuidado,
o de impetrar afecto, o daño, a quien lo doma.

La caricia con uñas, el pecho boca arriba
para mostrar el corazón cautivo.

La piel toda entregada, la voz ronca
retozando en su jaula de colmillos,
y los ojos enormes, de algas, sonriendo
a la muerte inmediata
                                        a que fue sentenciado.

Coplas a la tristeza – Juan Boscán

Tristeza, pues yo soy tuyo,
tú no dejes de ser mía;
mira bien que me destruyo
sólo en ver que el alegría
presume de hacerme suyo.

¡Oh tristeza,
que apartarme de contigo
es la más alta crueza
que puedes usar conmigo!

No huyas ni seas tal
que me apartes de tu pena;
soy tu tierra natural,
no me dejes por la ajena
do quizá te querrán mal.

Pero di:
ya que está en tu compañía,
¿cómo gozaré de ti,
que no goce de alegría?

Que el placer de verte en mi,
no hay remedio para echallo,
¿quién jamás estuvo así?
Que, de ver que en ti me hallo,
me hallo que estoy sin ti.

¡Oh ventura!
¡Oh amor, que tu hiciste
que el placer de mi tristura
me quitase de ser triste!

Pues me das por mi dolor
el placer que en ti no tienes,
porque te sienta mayor,
no vengas, que si no vienes,
entonces vernás mejor.

Pues me places,
vete ya, que en tu ausencia
sentiré yo lo que haces,
mucho más que en tu presencia.

Salmo de amor – Eduardo Marquina

¡Dios te bendiga, amor, porque eres bella!
¡Dios te bendiga, amor, porque eres mía!
¡Dios te bendiga, amor, cuando te miro!
¡Dios te bendiga, amor, cuando me miras!

¡Dios te bendiga si me guardas fe;
si no me guardas fe, Dios te bendiga!
¡Hoy que me haces vivir, bendita seas;
cuando me hagas morir, seas bendita!

Bendiga Dios tus pasos hacia el bien,
tus pasos hacia el mal, Dios los bendiga!
¡Bendiciones a ti cuando me acoges;
bendiciones a ti cuando me esquivas!

!Bendígate la luz de la mañana
que al despertarte hiere tus pupilas;
bendígate la sombra de la noche,
que en su regazo te hallará dormida!

¡Abra los ojos para bendecirte,
antes de sucumbir, el que agoniza!
¡Si al herir te bendice el asesino,
que por su bendición Dios le bendiga!

¡Bendígate el humilde a quien socorras!
¡Bendígante, al nombrarte, tus amigas!
¡Bendígante los siervos de tu casa!
¡Los complacidos deudos te bendigan!

¡Te dé la tierra bendición en flores,
y el tiempo en copia de apacibles días,
y el mar se aquiete para bendecirte,
y el dolor se eche atrás y te bendiga!

¡Vuelva a tocar con el nevado lirio
Gabriel tu frente, y la declare ungida!
¡Dé el cielo a tu piedad don de milagro
y sanen los enfermos a tu vista!

¡Oh querida mujer!… ¡Hoy que me adoras,
todo de bendiciones es el día!
¡Yo te bendigo, y quiero que conmigo
Dios y el cielo y la tierra te bendigan!

Si el hombre pudiera decir lo que ama… – Luis Cernuda

Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
si como muros que se derrumban,
para saludar la verdad erguida en medio,
pudiera derrumbar su cuerpo,
dejando sólo la verdad de su amor,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria, fortuna o ambición,
sino amor o deseo,
yo sería aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
como leños perdidos que el mar anega o levanta
libremente, con la libertad del amor,
la única libertad que me exalta,
la única libertad por que muero.

Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

Esta niña se lleva la flor… – Francisco de Figueroa

Esta niña se lleva la flor,
¡que las otras no!
Esta niña hermosa
cuyos rizos son
la cuna en que el día
se recuesta al sol,
cuya blanca frente
la aurora nevó
con bruñidos copos
de su blanco humor.
Pues en cuerpo y manos
tal mano le dio
de carmín nevado
cual nunca se vio.
Esta niña se lleva la flor,
¡que las otras no!

Arcos son sus cejas
con que hiere Amor,
con tan linda vista
que a ninguno erró.
Canela y azúcar
sus mejillas son,
y quien las divide,
de leche y arroz.
No es nada la boca,
pero allí encontró
sus perlas la aurora,
su coral el sol.
Esta niña se lleva la flor,
¡que las otras no!

No lava la cara
con el alcanfor
porque avergonzado
de verla quedó.
Y en sus descuidillos
siempre confió
como en los cuidados
de mi tierno amor.
Pues si canto, canta,
llora cuando yo,
ríe cuando río
y baila a mi son.
Esta niña se lleva la flor,
¡que las otras no!

El mar – Joan Margarit

Com els lloms foscos d’un ramat de poltres,
les onades s’acosten, desplomant-se
amb una remor sorda però lírica
que Homer va ser el primer a saber escoltar.
Cansades de la llarga galopada,
es posen a tremolar.
Després es queixen, ronques de plaer,
com una dona als braços de l’amant.
Les onades, més tard, comencen
a abraonar-se, escumejants, com llops
que haguessin olorat alguna presa.
El ponent, arribant de rere meu,
posa medalles roges als seus lloms.
En la vora mullada de la sorra
veig les teves empremtes i, per l’aire,
passa una ombra daurada del teu cos.
Era de tu que m’avisava, doncs,
amb els seus gestos de sordmut, el mar.
Està dient que el lloc, dins meu, que ocupes
serà part de l’infern si el deixes buit.
Que al fons d’aquest amor torna a esperar-me
la desolació dels meus vint anys.

Pietat – Joan Margarit

El temps entre dos trens. S’hi ha acostat
buscant aquella guerra de la infància.
És patètic provar de conversar,
als cinquanta, amb el pare de vint anys.
Vora el vell riu fangós de la batalla,
gronxa herbotes el vent davant la làpida.
És una jove eternitat passant
com les aigües de l’Ebre, lluny de casa.
La tarda va tornant-se una campana
amb ocells foscos per camins de canyes.
Li va deixar un passat petit i gris,
acabat per la bala d’algun màuser.
De sobte, descobreix que està plorant
com un pare a la tomba del seu fill.

Barcelona – Joan Margarit

Aquest nom és encara un refugi.
La santedat civil de la cobdícia
i també l’exabrupte generós
dels morts a Montjuïc, enfront del mar.
On és aquella burgesia culta?
I aquells obrers que, a més del seu ofici,
se sabien poemes de memòria?
Què pot, encara, unir-me a una ciutat
a qui li veig la cara maquillada
com d’una mare morta?
Callat, escolto el ferro dels tramvies
que quan jo era jove passaven per la Rambla:
una sonata de pobresa i roses.
Però, a Montjuïc tinc dues filles,
i ara m’ofèn una gentada estranya,
que s’encega en la festa innecessària
d’hotels gelats i aparadors superflus.
Sol ser als refugis
on, a vegades, fa més fred que enlloc,
desolada ciutat que fas de puta.