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Las pequeñas palabras – Alfonso Costafreda

Decías tú palabras
íntimas, silenciosas.

Palabras que se dicen
del amor al amor,
de una boca a otra boca.

El poema secreto
para todos se hacía,
las pequeñas palabras
memorables, dichosas.

Las hazañas diarias,
ilusiones del día,
las más pequeñas cosas;
palabras compartidas,
útiles, generosas.

El poema secreto
para todos se hacía,
las pequeñas palabras
-otras no he de decir-
durarán como rocas.

Donde tu aparecías de cristal… – Juan Eduardo Cirlot

Donde tu aparecías de cristal,
tu cuerpo de cristal tú aparecías
entre las hierbas blancas donde tú.

En la blancura inmensa de la torre,
del bosque de las rocas, de las nubes,
de los grises, los mares de los mares.

Los bosques de los bosques, el cristal
donde lo negro crece ante el altar,
donde crece el cristal ante el altar

Al que me entrego, Bronwyn, al no ser,
al no ser roca blanca ni mar gris,
ni las nubes, ni el cielo, ni la torre.

Tristeza del recuerdo – Luis Cernuda

Por las esquinas vagas de los sueños
alta la madrugada, fue conmigo
tu imagen bien amada, como un día,
en tiempos idos, cuando Dios lo quiso.

Agua ha pasado por el río abajo,
hojas verdes perdidas llevó el viento
desde que nuestras sonrisas vieron quedas
su afán borrarse con el sol traspuesto.

Hermosa era aquella llama, breve
como todo lo hermoso: luz y ocaso.
Vino la noche honda, sus cenizas
guardaron el desvelo de los astros.

Tal jugador febril ante una carta,
un alma solitaria fue la apuesta
arriesgada y perdida en nuestro encuentro;
el cuerpo entre los hombres quedó en pena.

¿Quién dice que se olvida? No hay olvido
Mira a través de esta pared de hielo
ir esa sombra hacia la lejanía
sin el nimbo radiante del deseo.

Todo tiene su precio. Yo he pagado
el mío por aquella antigua gracia,
y así despierto, hallando tras mi sueño
un lecho solo, afuera yerta el alba.

La sombra dorada – Álvaro Valverde

Abro la verja del jardín sin nadie.
Espera mi llegada el viejo limonero
y al verlo me parece
que no hubiera pasado en parte alguna
todo este largo tiempo,
que siempre hubiera estado
sentado en esta sombra, silencioso,
viendo pasar los días
con la mirada turbia de los que nada esperan,
pero al fin sobreviven.
Con tanta asiduidad he recordado
este mismo lugar
que no es extraño
sentir la vuelta a casa
como un hecho casual como si ahora
volviera una vez más y simplemente
cerrara una vez más la misma puerta.
La casa es hacia dentro el laberinto
que siempre he perseguido. Permanece
sitiada por los muros
azules de la infancia,
por ecos de una edad sobrevenida.
En la azotea,
el puerto sigue siendo un sueño antiguo
y arriba en las estrellas
leo de nuevo
el rumbo del viaje que comienza.

Alegría interior – José Hierro

En mí la siento aunque se esconde. Moja
mis oscuros caminos interiores.
Quién sabe cuántos mágicos rumores
sobre el sombrío corazón deshoja.

A veces alza en mí su luna roja
o me reclina sobre extrañas flores.
Dicen que ha muerto, que de sus verdores
el árbol de mi vida se despoja.

Sé que no ha muerto, porque vivo. Tomo,
en el oculto reino en que se esconde,
la espiga de su mano verdadera.

Dirán que he muerto, y yo no muero.¿Cómo
podría ser así, decidme, dónde
podría ella reinar si yo muriera?

A esa, a la que yo quiero… – Pedro Salinas

A esa, a la que yo quiero,
no es a la que se da rindiéndose,
a la que se entrega cayendo,
de fatiga, de peso muerto,
como el agua por ley de lluvia.
hacia abajo, presa segura
de la tumba vaga del suelo.
A esa, a la que yo quiero,
es a la que se entrega venciendo,
venciéndose,
desde su libertad saltando
por el ímpetu de la gana,
de la gana de amor, surtida,
surtidor, o garza volante,
o disparada -la saeta-,
sobre su pena victoriosa,
hacia arriba, ganando el cielo.

Impulso – Carlos Bousoño

Este fulgor del alma, esta ternura
que me nace en el pecho y que me eleva
en ascensión de pájaro que lleva
fuego en sus alas, gracia en su premura,

tiene la luz incierta, la hermosura
arrebatada y dulce que Dios nieva
para que yo la sufra y me la beba.
Pero antes Dios, el mismo Dios la apura.

Soy pájaro y temblor, estoy desnudo
entre el estío de la gloria agudo
que pasa por el alma y la encandece.

Tengo fuego en mis ojos y en mis venas
y conservo mi hueso humano apenas.
Oh plena gracia de otra luz que crece.

Las mil y una noches – Joan Margarit

Me miras: el presente son tus ojos,
unos instantes que se desvanecen
y no puedo cambiar: Pero también
son un mañana que ya estaba escrito
en el fugaz espejo de la infancia.
Y se convertirán en el ayer,
la suma indiferencia de los años.
Después serán recuerdo, un mundo gris
donde te mire aunque no pueda verte.
Tras el recuerdo habrán de ser olvido:
nadie sabrá por qué estabas mirándome
ni por qué hay este pozo en tu lugar.
Cada instante una historia diferente
de las mil y una noches en tus ojos.