Quisiera tener sujeta
la naranja de la tarde
así entre las manos, fresca,
sin la piel rubia y brillante,
tirabuzón de la luna
peinado por mi cuchillo.
Qué sabor a fruta nueva
ha de tener en los bordes
el mar, la arena y el aire.
¡Qué deseo de partir
en dos mitades la tarde!
Cuando la noche se asome
a su ventanal de cobre
se tragará la naranja.
¡Ay, niña desconsolada!
Noches sobre la playa: rumor de orilla fresca.
Blanco batir de remos que la sombra sorprende.
Sobre la barra grande los hachones de pesca,
y un cuerpo perezoso que en la arena se tiende.
En lo alto de la Isleta el faro gira y gira.
Un denso olor a algas... Venus, la Osa Mayor...
Rasguea una guitarra. Una mujer suspira.
La brisa trae aromas de madreselva en flor.
Y en las noches de luna, sentados en la acera,
al ritmo melodioso de una antigua habanera
lánguida y cadenciosa con su aire dulzón,
evocar las figuras de la memoria mía
(los padres, el hermano, Dolores y María)
envuelta entre los pliegues de un viejo pañolón.
Agua clara del estanque.
Era un espejo del chopo
y alfombra verde del cielo
con reflejos de los árboles.
¡Oh si yo hubiera podido
entrar con los pies descalzos
y ser el viento en el agua
y hacer agitar el chopo!
Y era un silencio duro como piedra;
un silencio de siglos.
Era un silencio adusto, impenetrable;
un silencio sin venas.
Era un dolor de amor, hecho de largas
noches sin el amado.
Hecho de fieles manos que se tienden
estremecidas, solas.
Era una voz dormida entre las sombras,
unas lágrimas secas.
Febril temblor de labios, una loca
esperanza desierta.
Si mi voz no te alcanza
ahora que estás dormido,
recréame en el mundo
de tus mágicos sueños.
Olvida cómo soy,
edifícame en piedra
para que así tu puedas
vivirme eternamente.
Inscrita en tu memoria
por los siglos seré
amor indestructible,
inamovible roca enamorada y alta.
Si mi voz no te alcanza
puesto que estás dormido,
déjalo para luego.
Soy tan frágil ahora
que la lluvia me hiere.
Edifícame en piedra,
suéñame inalterable.
A tientas por la casa
con pasos de tiza,
con la luz de los sueños
tan pronto opaca o radiante.
¿Quién alumbra esa pantalla
en el cerebro a oscuras?
Como la piel se aja desde dentro
el misterio de ese fulgor persiste.
Apresuradamente
llega el otoño hasta los arces
con pies de bailarina
por el aire.
Es septiembre. Ha llovido,
un penúltimo olor a hierbabuena
y un pájaro postrero
por el aire.
Qué agónico jardín para el recuerdo,
bordado en la madera de la tarde.
Perdido entre las cosas
mi corazón, mi corazón
que toma el nuevo nombre
de cada nuevo amor.
Una sonrisa basta,
un jazmín, un color
para llevarse entero
mi corazón, mi corazón.
El mundo en vilo viene
a ser en mi canción,
a ser él mismo siendo
en mí que ya no soy.
¡Oh pasos en la nada!
Mi corazón, mi corazón
diciendo los mil nombres
y olvidando mi voz.
¡Oh tú, que yo recreo
más puro en la canción,
que ya no eres tú mismo
como yo no soy yo!
Se me va, peregrino,
mi corazón, mi corazón,
pero me queda, eterno,
el hijo de mi amor.
No recuerdo tu nombre
aunque abejas libaran tu apellido
pródigas en la miel.
Desde el rincón del libro
donde habitaba el son de aquel poema
desprende polvo una flor.
Y el mar que no muere,
ha borrado la arcilla de tu nombre
para que no regrese
a mis labios de sol y enredadera.