Archivo de la etiqueta: Poesia española

EN tu cuerpo otear – Jesús Munárriz

En tu cuerpo otear
caminos de la noche.
Perder el rumbo voluntariamente
y descubrirlo en tus palabras.
El vellocino de oro,
en tu vientre buscarlo.
Dejar para tus labios
la anunciación gozosa de El Dorado;
para tus manos, mi melancolía.
Interpretar tu risa y tus silencios
desde esta orilla del presentimiento.
Descansar en tus ojos
mis ojos, intentando
encontrar un sentido al tiempo y a su paso.

Dormido en la yerba – Emilio Prados

Todos vienen a darme consejo.
Yo estoy dormido junto a un pozo.

Todos se acercan y me dicen:
-La vida se te va,
y tú te tiendes en la yerba,
bajo la luz más tenue del crepúsculo,
atento solamente
a mirar cómo nace
el temblor del lucero
o el pequeño rumor
del agua, entre los árboles.

Y tú te tiendes sobre la yerba:
cuando ya tus cabellos
comienzan a sentir
más cerca y fríos que nunca,
la caricia y el beso
de la mano constante
y sueño de la luna.

Y tú te tiendes sobre la yerba:
cuando apenas si puedes
sentir en tu costado
el húmedo calor
del grano que germina
y el amargo crujir
de la rosa muerta.

Y tú te tiendes sobre la yerba:
cuando apenas si el viento
contiene su rigor,
al mirar en ruina
los muros de tu espalda,
y, el sol, ni se detiene
a levantar tu sangre del silencio.-

Todos se acercan y me dicen:
-Tú duermes en la tierra
y tu corazón sangra
y sangra, gota a gota
ya sin dolor, encima de tu sueño,
como en lo más oscuro del jardín, en la noche,
ya sin olor, se muere la violeta.-
Todos vienen a darme consejo.
Yo estoy dormido junto a un pozo.

Sólo, si algún amigo mío
se acerca, y, sin pregunta
me da un abrazo entre las sombras:
lo llevo hasta asomarnos
al borde, juntos, del abismo,
y, en sus profundas aguas,
ver llorar a la luna y su reflejo,
que más tarde ha de hundirse
como piedra de oro,
bajo el otoño frío de la muerte.

Corsario – Luis Antonio de Villena

Piernas tensas. Tacones sonoros. Revuelto el cabello negro…
Era o había sido, hasta que la noche descubrió su cuerpo
largo, fibroso, duro. La magnífica belleza angular de su rostro,
la piel tan fina como el agua dulce, chispazos de fósforo.

En sus ojos –turbadores, negros– alguien ha escrito
un día una palabra soez, maravillosa: Vicio.
¿Qué significa? ¿Albas largas, cocaína, mujeres muy ardientes
besándole los pies? ¿Hombres que han alabado su terso viril joven?

Tirado, sentado en las ergástulas de la sauna, entre
toallas húmedas y aleteantes aves de silente deseo,
basta contemplar la seda de sus muslos ágiles para

olvidarlo todo. Llama es galán su cuerpo. Ansia, cobra…
La deja ver como un reptil perfecto entre lo oscuro.
Apasionado, alarmante, vicioso. ¿Él o tú? ¡Pero qué importa!

Barrio de Europa – Félix Grande

Acabo de ordeñar dos o tres cigarrillos
descendiendo por las cloacas de mi tristeza.
El siglo veinte me golpeaba como a un gong.
Mi cráneo acabará resonando a chatarra.

Se envejece muy rápido en Europa. Los barrios
se abalanzan en mezcla de buitre y de mendigo,
recitan casa a casa su quebranto, te ponen
en la nariz sus canas, hurgan tu corazón.

Lógico es morder el pezón de la infancia,
cuando cuidé las cabras sucintas de mi abuelo;
oler un poco a recuerdo de establo, ¿reposa
de este ejercicio tórrido de fumar en silencio?

Huyendo de mi propio terror he tomado
mujeres, trenes, vino; llegué a desear
el invento de un beso ecuménico, o bien
hallar unas palabras horrendas de piedad.

Entre segregación, amenaza y desprecio,
dentro del mastodonte informe de mi siglo,
escucho balidos de remota niñez, y oigo
chirriar de camas -dos amadísimos oasis.

Mas no puedo volver ni puedo prometer.
La piara se hunde en el tiempo; el amor
en el miedo. Se arrima a mí la vejez prematura
y una desolación de música enfriándose.

Una bolsa azul con tu nombre y el del veneno – Luna Miguel

Dejaste de masticar la sangre: la vida se resumía en suero porque el suero es el nuevo oro.
Ya no buscamos diamantes, queremos longevidad.

Hay reinas que coleccionan comida bajo la cama y todas se creen princesas. ¿Recuerdas el
cuento? Hay musculatura. Tu medicina no olía bien.

Hay reinas que coleccionan comida, y en sus venas el suero. Y en sus estómagos los perros.

Ahora dicen que tienes náuseas pero yo sé que cada eructo es un canto.

Una bolsa azul con tu nombre y el del asesino.

Pero tú quieres alimentarte.

Tú quieres decirlo: sobrevivir cansa.

La Noche – Ramón Andrés

Nos desea fugaces
porque pide una estela.
Es la isla emergida para el lobo,
el tronco donde cuelga su candil la lechuza,
la mano que bendice al alejarnos.

Y si le fuera dado apagar las hogueras
lo haría escondida
tras el color del cuervo.
Porque está en el extremo de las cosas,
le cede a la aurora los volúmenes,
el quehacer de las voces, la embestida,
y al mar la incandescencia de los hijos
que vienen como restos de una fragua.

El amanecer – Álvaro García

Dormida,
en tu cansancio sólo hay cuerpo,
la materialidad del día grávido.
Soy yo quien imagina alma en tu alma,

la invento con mirar,
rozo tu sueño y eres toda
la que ni tú ni yo sabemos que eres.

Amanece lo exacto sin nosotros,
que nos quedamos fuera de su peso,
temblor de sol en la ventana.

Esta penumbra nos inhibe
de brusca realidad,
aunque amanezca.

Alma es dejar de ser
en algo
y amanece.