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Meditatio – Ramón Andrés

Amar, tener la muerte en que morir,
no angostarse, pensar goces de anchura,
necesitar a todos los maestros.
Salvar la rienda tensa de relincho,
ser el plural de lo que fue unidad,
buscar consejo pero errar sin guía.
No acatar, no temer apagamientos
del azar, de la idea, y recordar:
lo que te pertenece te destruye.
Y saber que no hay hombres inocentes,
caer a solas en la siembra estéril,
y de la imperfección hacer sosiego.

Luz que nunca se extingue – Eloy Sánchez Rosillo

Te equivocas, sin duda. Alguna vez alcanzan
tus manos el milagro;
en medio de los días que idénticos transcurren,
tu indigencia, de pronto, toca un fulgor que vale
más que el oro más puro:
con plenitud respira tu pecho el raro don
de la felicidad. Y bien quisieras
que nunca se apagara la intensidad que vives.
Después, cuando parece que todo se ha cumplido,
te entregas, cabizbajo, a la añoranza
del breve resplandor maravilloso
que hizo hermosa tu vida y sortilegio el mundo.

Tu error está en creer que la luz se termina.
Al cabo de los años he llegado a saber
que en la naturaleza del milagro
se funden lo fugaz y lo perenne.
Tras su apariencia efímera,
el relámpago sigue viviendo en quien lo vio.
Porque su luz transforma y ya no eres
el hombre aquel que fuiste antes de que en tus ojos,
de que en el fondo oscuro de tu ser fulgurase.

No, la luz no se acaba, si de verdad fue tuya.
Jamás se extingue. Está ocurriendo siempre.
Mira dentro de ti,
con esperanza, sin melancolía.
No conoce la muerte la luz del corazón.
Contigo vivirá mientras tú seas:
no en el recuerdo, sino en tu presente,
en el día continuo del sueño de tu vida.

Flor de una noche – Felipe Benítez Reyes

Dimos en aquel bar de aquel suburbio,
y un vaso con licor de mala marca,
con su oro falso y pálido, quemando
por dentro como un fuego de artificio;
final de fiesta ya, muerta la luna.

Iban llegando obreros soñolientos.
Un marinero hablaba de Marruecos
y era la voz del mar su voz brumosa.
La aurora dibujaba en los cristales
su rosa de papel descolorida.

Una gitana vieja se acercó hasta nosotros
y nos vendió claveles mustios,
arrancados, quién sabe, del jardín
de un cementerio, robados de las tumbas.

Al día siguiente tuve
sobre mi mesa aquella flor,
con su espeso olor muerto,
como símbolo –y es un decir–
de las noches festivas,
aburridas y vanas, reino de juventud
que busca halago en las pasiones
pasajeras, triviales –y alguna vez muy serias–,
que por lo visto hacen de la vida,
vista a cierta distancia, una alegre leyenda
algo menos vulgar que la vulgar vida misma.

Incitación – Ana Rossetti

Escapémonos, huyamos a los cómplices
días de la niñez. Perdámonos inertes
por los intensos vértigos de la piel insabida.
Confundidos, al no encontrar los nombres
para tanto esplendor, inventaremos fórmulas
de un idioma secreto: como antes.
Extraviémonos por la gran pesadilla
de la noche. En los negros pasillos
del horror insistamos hasta que el fiel desmayo
–dobladas las rodillas– nos socorra.
Ven. Miremos por toda bocallave
que encierre algo prohibido,
gravemente matemos mariposas vidriadas,
pisoteemos seda, desgarremos la gasa
que nubla las magnolias,
y la desobediencia sea privilegio nuestro.

Todo se compra, todo se vende – Jesús Munárriz

La sinecura, la escultura,
la tortura, la pintura,
la impostura de la hermosura,
la escritura, la dulzura,
la hartura, la dictadura,
la basura, la frescura,
la futura vividura,
la locura, la cultura,
todo se compra, todo se vende,
todo se vende, todo se compra,
todo pasa la factura.

La jerarquía, la teoría,
la trapería, la soltería,
la pía arpía, la carestía,
la rebeldía, la amnistía,
la satrapía de la hidalguía,
la sodomía, la monarquía,
la minoría, la mayoría,
la epifanía, la poesía,
todo se compra, todo se vende,
todo se vende, todo se compra,
todo es pura mercancía.

La excitación, la devoción,
la confusión, la alienación,
la integración en la emoción
y en la insubordinación,
la opción a la información,
la perversión de la inflación,
la erudición, la inquisición,
la unión, la acción, la razón,
todo se vende, todo se compra,
todo se compra, todo se vende,
todo es pura transacción.

La autoridad, la necedad,
la edad, la nacionalidad,
la obesidad, la caridad,
la oblicuidad de la verdad,
la potestad, la santidad,
la bondad, la virginidad,
la libertad de la entidad,
la amistad, la realidad,
todo se compra, todo se vende,
todo se vende, todo se compra,
todo es contabilidad.

El sermoneo, el cosquilleo,
el veraneo, el bombardeo,
el trofeo del gineceo,
el gorjeo del corifeo,
el cotorreo, el ajetreo,
el choteo del bloqueo,
el aporreo, el manoseo,
el jadeo del himeneo,
todo se compra, todo se vende,
todo se vende, todo se compra,
todo es puro trapicheo.

La infancia, la adolescencia,
la elegancia, la decencia,
la importancia, la competencia,
la constancia, la paciencia,
la Francia de la resistencia,
la jactancia de la inconsciencia,
la tolerancia de la impotencia,
la concordancia de la ciencia,
todo se compra, todo se vende,
todo se vende, todo se compra,
todo es pura transferencia.

Dios del amor – Luis Antonio de Villena

Podrías ser la vida, pero está muy lejana.
Ni siquiera engañarse resultaría fácil…
La imperfección y el tiempo –la vida– nos separa.
Así es que tú también eres muerte de nuevo.

Hermosa muerte dulce, cuerpo de belleza
perfecta, plenitud, gracia, vida, muerte absoluta.
Y su risa de ensalmo era también la muerte,
y ayer la muerte rubia, y la forma soberbia

de contundente oro, y el sexo y la mirada.
Todo muerte. Su longura de río, el alhelí que
palpas, la humedad de los labios, la penumbra,

el olor suave de su piel y las rosas… Muerte todo.
Fríos mis labios ya de besar tanta muerte,
desnudo y solo, espero la nada o el engaño

Prisión de la memoria – Antonio Lucas

Si bastase una palabra para olvidar la sed.
Si la música fuese un eclipse descalzo.
Si tú no fuese tú, ni yo mismo siquiera.
Si el océano es llanto de cruces arrasadas.
Si lo absoluto es la luz, y ésta el atrio de la niebla.
Si hundieses lentamente lo quieto de tu voz
en lo fatal de mi mano.
Si fuiste en cierto día esa verdad tan bien mentida.
Si un reloj desconsolado ya es el tiempo.
Si no te vuelvo a ver.
Si no te he visto nunca.
Si rompo este cristal de aguas repentinas.
Si de vacío celeste son tus hombros, son los míos.
Si alguna vez odio los mapas porque van a ti,
como una lumbre a oscuras.
Si todo beso es labio en vencimiento.
Si del lado más puro de la vida…
Si del lado más puro de la vida
nace el ángulo indeleble del olvido.
Si poema es el nombre que toma un grito cierto,
¿dónde éste ha sucedido?
Si aún fuese posible ya nunca recordarnos,
vibrar como el adiós cuando la luz clarea,
cuando la noche esgrime su blanco puñal de ave,
sin más piedad que un dios cosido a la alegría.
Si aún fuese posible, digo, estar lejos de aquí
no habría dicha, ni cumbre, ni más alto jardín
que esta ardiente sed hecha de abril y desmemoria,
de ópalos como coronas para aquella que no fuiste.

Y si acuciase… – Esther Giménez

Te reto a que me enseñes a ganarte.
No es fácil desprenderse de tal trono
-recuerda qué apetito le entró a Crono,
aunque ni yo soy hija ni tú Marte,

ni yo Afrodita loca por follarte…
Pero a veces confundo y me acojono
por si te acucia el hambre o a mí el mono
y acabo digerida en cualquier parte.

Apuesto a que no sabes no saber;
pero no apuesto nada -la maestra,
desde su condición como mujer,

cuando se contradice lo demuestra.
Te reto a que me aprendas y un deber:
que salgas de una vez a mi palestra.

Mientras desciende el sol… – Félix Grande

Mientras desciende el sol, lento como la muerte,
observas a menudo esa calle donde está la escalera
que conduce a la puerta de tu guarida. Dentro
se encuentra un hombre pálido, cumplida ya, remota
la mitad de su edad; fuma y se asoma
hacia la calle desviada; soríe solitario
a este lado de la ventana, la famosa frontera.

Tú eres ese hombre; una hora larga llevas
viendo tus propios movimientos
pensando desde fuera, con piedad,
las ideas que en el papel pacientemente depositas;
escribiendo, como fin de una estrofa,
que es muy penoso ser, así, dos veces,
el pensarse pensando,
la vorágine sinuosa de mirar la mirada,
como un juego de niños que tortura, paraliza, envejece.

La tarde, casi enferma de tan lejana,
se sumerge en la noche
como un cuerpo harto ya de fatiga, en el mar, dulcemente.
Cruzan aves aisladas el espacio de color indeciso
y, allá al final, algunos caminantes pausados
se dejan agostar por la distancia; entonces
el paisaje parece un tapiz misterioso y sombrío.

Y comprendes, despacio, sin angustia,
que esta tarde no tienes realidad, pues a veces
la vida se coagula y se interrumpe, y nada entonces
puedes hacer contra ello, más que sufrir un sufrimiento,
desorientado y perezoso, una manera de dolor marchito,
y recordar, prolijamente,
algunos muertos que fueron desdichados.

Ceniza – Francisco David Ruiz

Pero llegan las horas
muertas en que la tizne
pudre un cuenco de naranjas
y en la casa entran las moscas
a pervertir la gravedad
como satélites
de una paz mezquina.
Y entonces te das cuenta,
han pasado también
los días por la quietud
de las habitaciones.
Ya no hay nadie que
renueve el polvo
de los cuadros colgados
o descorra las cortinas
con una mano tibia.
También la casa, sola,
parece que comprenda
el tiempo transcurrido
durante tu viaje.