Archivo de la categoría: Soneto

Desnudos de mujer – Manuel Machado

¡Oh la dorada carne triunfadora
de esta gentil madona veneciana,
que ha sido Venus, Dánae, Diana,
Eva, Polymnia, Cipris y Pandora!…

¡Oh gloria de los ojos, golosina
eterna del mirar, dulce y fecunda
carne de la mujer, suave y jocunda,
madre del Arte y del vivir divina!

Húmedos labios a besar mil veces…
Líneas de lujuriantes morbideces
que el veneciano sol dora y estuca…

¡Oh el delicioso seno torneado!…
¡Oh el cabello de oro ensortijado
en el divino arranque de la nuca!

Ser de río sin peces. Esto he sido… – Rosario Castellanos

Ser de río sin peces. Esto he sido.
Y revestida voy de espuma y hielo.
Ahogado y roto llevo todo el cielo
y el árbol se me entrega mal herido.

A dos orillas de dolor uncido
va mi caudal a un mar de desconsuelo.
la garza de su estero es alto vuelo
y adiós y breve sol desvanecido.

Para morir sin canto, ciego, avanza
mordido de vacío y de añoranza.
Ay, pero, a veces, hondo y sosegado

se detiene bajo una sombra pura.
Se detiene y recibe la hermosura
con un leve temblor maravillado.

El árbol de la ciencia – Andrés Trapiello

Dicen, mi amor, que es imposible hacer
versos de amor feliz, de enamorado,
que sólo lo perdido o no alcanzado
se canta en la poesía, el padecer

olvido o el sufrimiento de volver
al recuerdo de todo lo pasado.
Unas veces la sed de lo vedado;
otras, el vino del amargo ayer.

No hagas caso, mi amor, habladurías.
Contigo todas mis melancolías
son ramas escarchadas en anís

donde se posa un pájaro de nieve.
Escúchale cantar tan hondo y breve.
Que no te engañe su plumaje gris.

El lirio azul el lirio fucsia el lirio… – Óscar Hahn

El lirio azul el lirio fucsia el lirio
de color colorado el lirio triste
con pétalos de cera se reviste
y va a la fiesta convertido en cirio.

En cirio gris en cirio negro en cirio
de las aguas sin luz en cirio triste
que al llegar de la fiesta se desviste
y vuelve a ser en el jardín un lirio.

O este espejo se está poniendo viejo
o lo que estoy mirando es un delirio
dice la flor hablándole al espejo.

Adentro del azogue brota un cirio
y al tiempo que se enciende su reflejo
al fondo del jardín se apaga un lirio.

Estremecido vi tu boca aprisa… – Antonio Hernández

Estremecido vi tu boca aprisa
y no era todo, pero era el ave.
Asombro fuiste, pero no es la clave.
Más he caído en mí que en tu sonrisa.

Venía yo de penitencia. Y misa
necesitaba. Y la cantaste suave
como la noche que, aunque duerma, sabe
que oficia, oficia, oficia, oficia, oficia.

De mi sorpresa se creó el diamante.
De tu repente, el rayo. Y con ojeras
pulido me quedé como quien jura.

Mas de lo que amo a mí hay un instante.
Un destello que resta sus maneras.
Una salud que tiene calentura.

Lo que dejé por ti – Rafael Alberti

Dejé por ti mis bosques, mi arboleda
perdida, mis perros desvelados,
mis capitales años desterrados
hasta casi el invierno de mi vida.

Dejé un temblor, dejé una sacudida,
un resplandor de fuegos no apagados,
dejé mi sombra en los desesperados
ojos sangrantes de la despedida.

Dejé palomas tristes junto a un río,
caballos sobre el sol de las arenas,
dejé de oler la mar, dejé de verte.

Dejé por ti todo lo que era mío.
Dame tú, Roma, a cambio de mis penas,
tanto como dejé para tenerte.

¡Oh pobre tierra de mi ser alzada… – Manuel Altolaguirre

¡Oh pobre tierra de mi ser alzada
contra goces y penas de la vida!
Si abro los ojos, por la doble herida
la luz se adentra carga muy pesada.

Que vivir es guardar con la mirada
en breve espacio magnitud crecida,
y un alma tengo para dar cabida
a la extensión del mundo dilatada.

Derriba, tierra, pronto mis prisiones,
que mi espíritu quiere ser llanura
y vuelve al surco desde el cual te alzaron.

Que mi alma no precisa sepultura
ni el tiempo quiere ya limitaciones.
Horas y muros para mí acabaron.

El poema de la carne – Francisco Villaespesa

Cuando me dices: Soy tuya,
tu voz es miel y es aroma,
es igual que una paloma
torcaz que a su macho arrulla.

Sobre mi mano dormida
de tu nuca siento el peso,
mientras te sorbo en un beso
todo el fuego de la vida.

Cuando ciega y suspirante
tu cuerpo recorre una
convulsión agonizante,

adquiere tu faz inerte
bajo el blancor de la luna
la palidez de la Muerte.

No es sólo por antojo el haber dado – Sor Juana Inés de la Cruz

No es sólo por antojo el haber dado
en quererte, mi bien, pues no pudiera
alguno que tus prendas conociera
negarte que mereces ser amado.

Y si mi entendimiento desdichado
tan incapaz de conocerte fuera,
de tan grosero error aun no pudiera
hallar disculpa en todo lo ignorado.

Aquella que te hubiere conocido,
o te ha de amar o confesar los males
que padece su ingenio en lo entendido,

juntando dos extremos desiguales;
con que ha de confesar que eres querido,
para no dar improporciones tales.

Nunca de amor estuve tan contento… – Juan Boscán

Nunca de amor estuve tan contento,
que en su loor mis versos ocupase:
ni a nadie aconsejé que se engañase
buscando en el amor contentamiento.

Esto siempre juzgó mi entendimiento,
que deste mal todo hombre se guardase;
y así porque esta ley se conservase,
holgué de ser a todos escarmiento.

¡Oh! vosotros que andáis tras mis escritos,
gustando de leer tormentos tristes,
según que por amar son infinitos;

mis versos son deciros: «¡Oh! benditos
los que de Dios tan gran merced hubistes,
que del poder de amor fuésedes quitos».