Que no me coma la envidia,
la peor enfermedad;
que no sepa de venganza
ni aun cumpliéndose en justicia;
que guardián no sea el odio
de una apagada alegría;
que el rencor no me empobrezca
a la hora del balance.
Y que todo sea así
no para ganarme el Cielo
sino por que vuele en paz
mi ceniza en el olvido.
Dentro de mí – Elías Nandino
Con los ojos
altamente asomados a la noche
contemplo las estrellas
y, dentro de mí,
en el río incansable de mi sangre,
las siento y las descubro
reflejadas,
luminosas y hondas,
como si mi entraña fuera
el mismo cielo
en donde están ardiendo.
Muerte habitada – Álvaro García
Tan raro este derecho
a habitar en la muerte del amigo,
si lo definitivo de la muerte
es lo que queda cuando ya se ha ido.
Un orden superior es la alegría.
Cómo desplaza el llanto al pensamiento
y qué secreto nos confía la lágrima:
con sólo verla estás en el secreto.
Todo lo que alguien logra permanece.
Puede que nos parezca innecesaria
la luz extensa de este amanecer.
En la bondad no se producen bajas.
Ausente es el que llora, no el ausente.
Ausente somos todos
cuando sospecho que morir consiste
en repartir tu espíritu entre otros.
O hacemos el esfuerzo
mientras alguien nos deja en pleno azul.
Orgasmo – José Watanabe
¿Me dejará la muerte
gritar
como ahora?
El padre de Peter – Luis Antonio de Villena
Ya no había oficialmente ingleses en la India
cuando mi padre decidió irse a Simla
y comprar una antigua casa de residentes británicos,
una casa en la falda de la montaña, envejecida.
Dio clases de lengua y trabajó en sus estudios
sobre budismo y cultura hinduista.
Tenía pocos amigos y por la tarde, en un viejo
bar que daba al valle, bebía unos güisquis
sin hielo. Miraba el paisaje, los montes,
creía en ángeles extraños que pasaban
de cuando en cuando por las alturas del mundo,
que debían ser también las alturas de la mente…
¿Gozosamente cansado de todo, del sueño, de la vida?
Dejó escritos bizarros sobre filosofía zen,
tenía un par de amigos jóvenes que le traían té
y buscaban fuentes por monasterios y viejas bibliotecas…
Nadie lo entendimos nunca muy bien.
Era un buscador, un explorador inmóvil.
Dejó un epitafio que ahora lo cubre:
«No pedí venir ni he pedido largarme.
Pero escucha: irse es mejor que permanecer.»
De la primera mirada al Homero de Chapman – John Keats
Mucho he viajado en las regiones de oro
Y tantas buenas tierras y reinos tengo vistos
Alrededor de tantas islas del occidente estuve
Donde los bardos guardan devoción a Apolo.
A menudo de amplios horizontes me han dicho
Que Homero, de hondos ojos, regía cual su heredad
Más nunca respiré tan pura serenidad
Hasta que oí a Chapman hablar fuerte y osado.
Me sentí pues como el vigía de los cielos
Cuando un nuevo planeta ancla en su entendimiento
O como el fornido Cortés cuando escudriñó el Pacífico
Con ojos de águila –y todos sus hombres
Se miraron unos a otros, con salvaje anticipación-
Silenciosos, en la cumbre… en Darién.
Yerros míos, fortuna, amor ardiente… – Luis de Camões
Yerros míos, fortuna, amor ardiente
para mi perdición se conjuraron;
los yerros y fortuna allí sobraron,
pues me bastaba amor tan solamente.
Todo se fue; mas tengo muy presente
el gran dolor de cosas que pasaron,
que las dañosas iras me enseñaron
a nunca querer ya que me contente.
Erré todo el decurso de mis años;
di causa a que Fortuna castigase
a mis tan mal fundadas esperanzas.
De amor no vi sino breves engaños.
¡Oh, quién tanto pudiese que llenase
este mi duro genio de venganzas!
A VECES UNA PIEL ES LA ÚNICA RAZÓN DEL OPTIMISMO – Luis García Montero
Debería llover
y hace falta ser lluvia,
caer en los tejados y en las calles,
caer hasta que el aire ponga
ojos de cocodrilo
mientras muerde la tierra igual que una manzana,
caer sobre la tinta del periódico
y caer sobre ti
que no llevas paraguas,
que te llamas María y Almudena,
que piensas como abril
en hojas limpias bajo el sol de mayo.
A veces una piel
pudiera ser la única razón del optimismo.
Nacimiento – Joseph Brodsky
Pasara lo que pasara alrededor
sea cual fuera el mensaje
que la ventisca se afanaba en proferir
y sin tomar en cuenta lo estrecho de su cuarto
o que no hubiera otro lugar en el mundo para ellos.
Primero: estaban juntos, segundo —antes que nada:
ya eran tres. Todo
lo que tenían y trabajaban, acumulaban, recibían
desde hoy, cual mínimo, entre los tres se repartía.
Encima de su albergue el cielo congelado se apoyaba sobre ellos
como el grande acostumbra sostenerse en los pequeños.
Y hacía brillar la estrella, que desde entonces
no tuvo a dónde ir: salvo el mirar del niño.
Con su último destello llamaba la fogata
todos dormían ahora, a ninguna la estrella se igualaba
por la habilidad en su nadir
de unir al forastero y al vecino.
Londres – Ida Vitale
I
La cabeza en la almohada,
veo un cielo ajeno, enajenada
en un maravilloso sueño breve
bajo el que brevemente me transformo.
Yo soy bajo otro cielo.
Éste lo miro
como desde una mirilla subrepticia.
¿Acepto almohada y sueño?
Quizá esté yo en la mira del Gran Ojo
–esa posible almendra intermitente o nada–,
que sabe que no estoy donde debiera
y usurpo un imprevisto edén.
Será lejano ayer el hoy perfecto.
II
Ser en el intolerable hoy
o recorrer pasados como brisa
–quizás como burbuja que estalla si la rozan—:
aquel jardín donde al amanecer andaba el zorro
y yo escondía los brillos,
cuando lo memorable hubiera sido
que me robara al vuelo
la blanquinegra urraca.