Entre doradas flores… – Francisco de Figueroa

Entre doradas flores
Al son del agua clara, que corría,
Hacian ruiseñores
Dulcísima harmonía
En una selva, al asomar del dia.

Pudiéran sus canciones
Volver de triste, un hombre muy gozoso,
Y entre estas recreaciones
Muy falto de reposo
Estaba Endimion triste y lloroso.

Como el que ve venir:
Quien le ha de dar tormento riguroso,
Y no puede huir;
Así se está medroso
Contra el rayo del sol, que presuroso

Ya por los anchos cielos
En caballos blanquísimos traía
El gran señor de Delos,
Que dando sér al dia,
Por la falda del monte descendia.

Endimion llorando
Al ayre con suspiros encendia,
Y el rostro levantando
Las manos retorcía
Mirando al turbador de su alegría,

Que de la hermosa luna
Le encubre el rostro bello y amoroso
Odiando su fortuna;
Y muéstrase envidioso
Contrario de su bien y su reposo.

El triste amante baña
El suelo con un rio lagrimoso,
Y con angustia estraña
Se quedó muy pensoso
Tras un suspiro triste y congojoso.

Mas despertando luego,
Como quien reposar ya no podia,
Y ardiendo en vivo fuego
Con voz, que enternecía,
Tales palabras contra el sol decia:

0 sol resplandeciente,
Causa de mi dolor y desventura,
A toda humana gente
Le es ver tu figura
Luz clara; y para mí triste y oscura,

Y pues me mata el verte,
Por mas valor te fuera reputado,
Venir á darme muerte
Con paso sosegado,
Que con furioso curso apresurado.

¡O quánta gloria! ¡ó quánta
Belleza con tu vista me escondiste!
Tu gran crueldad me espanta:
¿Sabes bien lo que hiciste?
Mi sol con tu tiniebla oscureciste.

Mas aunque esté muriendo,
No dexaré de estar con gran tristura
Mil quejas esparciendo,
Mirando por ventura
Si te pueden mover en tal altura.

Y no es posible cierto,
Que dexen de ablandar tu pecho helado,
Pues ves queda el desierto
De oir tan lastimado
Las quejas de un pastor enamorado.

Y no pido que dexes
El curso, que en mi mal cruel hiciste;
Mas que de mí te alejes:
Y pues tanto corriste,
No tardes en volver á do saliste.

Este claro silencio. Y este gozo… – Carlos Murciano

Este claro silencio. Y este gozo.
Y este rumor de noche. Y esta pena.
Y esta destrozadísima cadena
que te desencadena el alborozo.

Y este muro infinito. Y este trozo
de soledad. y este montón de arena.
Y esta voz que te absuelve y te condena.
Y esta sed sin principio. Y este pozo.

Acércate al brocal, bebe sin miedo
y camina después hacia ese ruedo
sin barreras, sin toro y sin testigos.

Yo te bendigo, te bendigo. Anda.
Echa ya a andar, que la esperanza manda
y sangra la amapola entre los trigos.

Propuesta del higo – Carmen Matute

Te propongo
la dulzura del higo,
su carne sonrosada,
replegada y húmeda
como un animal marino.

Goza el misterio de este fruto,
su textura de molusco,
su íntimo tamaño.
Tersa,
su pulpa
apremiará el deseo
de tu lengua.

Te propongo
las delicias del higo.
Muerde su violado,
desamparado centro,
prueba de nuevo -empecinado-
su carne
que guarda mieles y diluvios.

Las delicias y dulzura del higo
-pequeño y desbordado-
tan sólo te propongo.
Que tu boca profunda
se demore
en el dulzor secreto,
que asalte con lentitud
su carne desvelada.

Deja que a tu paladar
traiga la memoria
de sabores primitivos.

La pregunta – Vicente Gallego

En la noche avanzada y repetida,
mientras vuelvo bebido y solitario
de la fiesta del mundo, con los ojos muy tristes
de belleza fugaz, me hago esa pregunta.
Y también en la noche afortunada,
cuando el azar dispone un cuerpo hermoso
para adornar mi vida, esa misma pregunta
me inquieta y me seduce como un viejo veneno.
Y a mitad de una farra, cuando el hombre
reflexiona un instante en los lavabos
de cualquier antro infame al que le obligan
los tributos nocturnos y unas piernas de diosa.
Pero también en casa, en las noches sin juerga,
en las noches que observo desde esta ventana,
compartiendo la sombra
con el cuerpo entrañable que acompaña mis días,
desde esta ventana, en este mismo cuarto
donde ahora estoy solo y me pregunto
durante cuánto tiempo cumpliré mi condena
de buscar en los cuerpos y en la noche
todo eso que sé
que no esconden la noche ni los cuerpos.

Voy hacia el nombre – Paulina Vinderman

Y es siempre el terror a los veranos
y el lento no saber.
Voy hacia el nombre.
Tal vez me llame invierno
en el país del lenguaje.
Cuando no hay viento,
y el silencio se olvida de cerrar
una ventana,
hago el refugio en mi imagen perdida.
El alma
desparramada por los mundos,
reúne sus pedazos
en las noches sin luna.
El universo entero
se acerca de puntillas a mi mesa
cuando recobro la manera de mirar.

Carpe noctem – Aurora Luque

Carpe noctem, amor. Coge el brusco deseo
ciego como adivino,
los racimos del pubis y las constelaciones,
el romper y romper
de besos con dibujos de olas y espirales.
Miles de arterias fluyen
mecidas como algas. Carpe mare.
Seducción de la luz,
de los sexos abiertos como tersas actinias,
de la espuma en las ingles y las olas
y el vello en las orillas, salpicado de sed.

Desear es llevar
el destino del mar dentro del cuerpo.

Encantamiento – Paul Valéry

Vierte la luna débil sus albores sagrados
como una basquiña ,de vaporoso argento
sobre moles de mármol que cruza el soñoliento
paso de alguna virgen en velos nacarados.

A los cisnes sedeños que abren los juncales
con su quilla de pluma donde la luz reposa
les deshoja su mano la más nevada rosa,
y en el agua los pétalos difunden espirales.

Soledad extasiada, dulcificante duna,
cuando el agua hervorosa bruñida por la luna
sus voces cristalinas sin término propaga,

-¿qué alma padeciera la magia inexorable
de la rútila noche con su cielo implacable
sin exhalar un grito puro como una daga?

Un beso nada más – Manuel María Flores

 
Bésame con el beso de tu boca,
cariñosa mitad del alma mía:
un solo beso el corazón invoca,
que la dicha de dos… me mataría.

¡Un beso nada más! Ya su perfume
en mi alma derramándose la embriaga
y mi alma por tu beso se consume
y por mis labios impaciente vaga.

¡Júntese con la tuya! Ya no puedo
lejos tenerla de tus labios rojos…
¡Pronto… dame tus labios! ¡Tengo miedo
de ver tan cerca tus divinos ojos!
Hay un cielo, mujer en tus abrazos,
siento de dicha el corazón opreso…
¡Oh! ¡Sosténme en la vida de tus brazos
para que no me mates con tu beso!

Las manos – Vicente Aleixandre

Mira tu mano, que despacio se mueve,
transparente, tangible, atravesada por la luz,
hermosa, viva, casi humana en la noche.
Con reflejo de luna, con dolor de mejilla,
con vaguedad de sueño,

mírala así crecer, mientras alzas el brazo,
búsqueda inútil de una noche perdida,
ala de luz que cruzando en silencio
toca carnal esa bóveda oscura.

No fosforece tu pesar, no ha atrapado
ese caliente palpitar de otro vuelo.
Mano volante perseguida: pareja.
Dulces, oscuras, apagadas, cruzáis.

Sois las amantes vocaciones, los signos
que en la tiniebla sin sonido se apelan.
Cielo extinguido de luceros que, tibios,
campo a los vuelos silenciosos te brindas.

Manos de amantes que murieron, recientes,
manos con vida que volantes se buscan
y cuando chocan y se estrechan encienden
sobre los hombres una luna instantánea.

Poesía de todas la épocas y nacionalidades