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Abril – Álvaro García

Abril, la ceremonia de las hojas
que sólo puede hablarse con la canción en blanco,
la consecuencia de lo inconsecuente
a trozos que se unen al decirlos
lo mismo que las rayas del paseo
se vuelven línea entera en la velocidad.

Las cosas son seguidas sólo en función del tiempo.
Nada enlaza al instante con su aroma.
El día por ejemplo, el día es qué,
pero de pronto es un azul tranquilo
para decirnos el secreto breve
de ser gente que vive y hace planes,
que plancha el día en la camisa húmeda
y pulveriza el agua contra el rostro.

Mañana no estaré ya en este día
que el aire desmenuza en los tejados
tendidos al poniente
y al cabeceo largo de las olas
en las que suena el respirar del mundo
igual que nadie
habrá vivido un día exacto al anterior.
Abril que nos descansa de haber gastado el tiempo.
Mañana no seremos ya los mismos,
mañana no será esto lo que mire,
aire blando de abril para silbarlo,
para decir el día con palabras
y que sean felices de ser respiración de la memoria
y por debajo de los hechos nítidos,
entregados al fuego de la continuidad y de lo útil,
esa precisa combustión de nada
en busca siempre de algo que se quema también para ser algo,
como el tiempo, tú y yo,
lo que arde exacto en fuegos inexactos,
saber y no saber y ver las olas

¡Qué pena! – León Felipe

¿Qué pena si este camino fuera de muchísimas leguas
y siempre se repitieran
los mismos pueblos, las mismas ventas,
los mismos rebaños, las mismas recuas!

¡Qué pena si esta vida nuestra tuviera
-esta vida nuestra-
mil años de existencia!
¿Quién la haría hasta el fin llevadera?
¿Quién la soportaría toda sin protesta?
¿Quién lee diez siglos en la Historia y no la cierra
al ver las mismas cosas siempre con distinta fecha?
Los mismos hombres, las mismas guerras,
los mismos tiranos, las mismas cadenas,
los mismos farsantes, las mismas sectas
¡y los mismos, los mismos poetas!

¿Qué pena,
que sea así todo siempre, siempre de la misma manera!

El desencanto – Antonio Hernández

No la tristeza por el mercachifle
ido a más que fue amigo, nuevo rico
bien cebado por las diputaciones
y los ayuntamientos. Ni tampoco
por el sandio zascandil que traduce
lo que fue traducido sin cambiar el idioma.
Ni por el pobre, pillo, animador
que llaman cultural. Menos aún
por el gacetillero que elogiara
mi poesía con un entusiasmo
tan sólo comparable a su ignorancia.
Ni por tantos moscones como tuve
sobre mí cuya vanidad recuerdo
pero cuyos poemas me son indiferentes.
Ni por los virtuosos, que saben dónde está
el cofre lleno de hojalata.
Ni por esos estultos sabios
peores que los bobos ignorantes,
sino por el maestro, al que creí
volcado a la honradez y la justicia.

Rompió mi espejo y aún escupo cristales.

Lauretta – Jon Juaristi

Ya cesaron las lluvias.
Ya perdieron su flor los jacarandáes.
Pronto me iré de aquí.

No hice muchos amigos.
No bajé a los infiernos como Lowry,
y nada me importabas
cuando te conocí.

Ojalá no te hubiera conocido,
boca de ajonjolí.
Ojalá no te hubiera querido
así.

Sólo espero que nunca la tristeza
te trate como a mí.

Amando en el tiempo – Luis Cernuda

El tiempo, insinuándose en tu cuerpo,
tal la nube de polvo en fuente pura,
aquella gracia antigua desordena
y clava en mí una pena silenciosa.

Otros antes que yo vieron un’ día,
y otros luego verán, cómo decir
la amada forma esbelta, recordando
de cuánta gloria es cifra un cuerpo hermoso.

Pero la vida sólo la aprendemos,
y placer y dolor se ofrecen siempre
tal mundo virgen para cada hombre.
Así mi pena inculta es nueva ahora.

Nueva como lo fuese al primer hombre,
que cayó con su amor del paraíso
cuando viera, tal cielo ya vencido
por sombra, envejecer el cuerpo amado.

La niña de diez años, allí, bajo el sombrajo… – Félix de Azúa

La niña de diez años, allí, bajo el sombrajo
(una vela de cruz, luminosa y salina)
con el racimo en alto me pareció Judith
y su presa Holofernes con zarcillos azules.

Del automóvil blanco, de sus puertas abiertas
al aire abrasador y la luz cenital,
llegó un recuerdo blando de alquitrán o betún
que me hizo apoyar la mano en el tabanco.

Se puso en pie despacio, sosteniendo el racimo
como si de su codo aún pingara la sangre.
Brillantes y calientes, con obscena abundancia,
sus ojos y los granos de polvoriento añil.

Sin casi hablar (¿quién puede poner precio
a un racimo de uvas en un día de agosto?)
disimulamos ambos nuestro mutuo interés.
Así los orientales mercaban sus tapices.

Más tarde comenté la intimidad del monte
sin prisa y sin respuesta, pues tanta soledad
somete al tiempo.
Colgué de la romana un billete discreto,
dije adiós y me fui con diez años de menos.

También el cielo morirá cuando muera la tierra,
pensé como consuelo.
Cuando muera la viña, la tierra morirá,
me dije luego.

Sonámbula – María Beneyto

Pasar cantando así, bajo la noche
como yo canto, como un ave ciega
que fuera hacia la luz por puro instinto,
¿os puede ser ofensa, compañeros?

Vosotros que vivís al borde mismo
del precipicio, que tenéis la casa
ya inclinada del lado del vacío,
¿perdonaréis que cante en esta hora?

Yo me inclino también. Pero no temo.
Allá en mi densa flora voy dormida
encerrada en paisajes de cretona
como en reales, sólidas prisiones.

No me digáis que entierre también esto
–la sencilla y absurda melodía
que me queda– después de darles tierra
a tantas hermosuras derruidas.

Mi canto es la primera voz del agua
corriendo entre las hierbas y las piedras.
No sabe detenerse, no se acaba.
Fluye, como yo fluyo en su corriente.

Estoy recuperando del olvido
el nombre primitivo de la vida.
Canto las cosas y los seres hondos
que no poseen voz o la perdieron.

¿Me oís cantar, sonámbula, en la noche
todavía rayada por la luna
segura, solitaria y aislada
con la voz de algún pájaro en desvelo?

Hasta el final he de cantar. Dormida.
Yo pasaré afirmándome tan sólo
por esta voz que me sostiene y guía,
delgada voz de amor fosforescente.

Y hasta en el caos, si es que el caos llega,
dejaré en la canción mi señal viva
como medida de esto inagotable
que en humano llamamos esperanza.

Surcos – Bibiana Collado Cabrera

Todavía noto, a veces,
el terror opaco a no saber
de qué canción hablabas,
a no haber visto la película
correcta,

a no reconocer un nombre propio
en mitad de una conversación.

Esa duda honda y ruidosa
de los que aún sienten
la extrañeza del lenguaje,
aunque haga mucho
que volvieron a casa.

Y percibo los surcos en la superficie,
imperfecta, incapaz de adherirse
a un mundo que siempre está
en otra parte.

El temor a ser descubierta,
a que el habla se me resquebraje.

Tú no lo sabes. Yo no lo sabía entonces
pero te escogí para que sospecharas.

Fracasadas todas las tentativas,
vivo el colapso del referente
y de mi cuerpo,
entrenado en el gesto mínimo,
en la contención de los músculos.

Cansada de producirme en símbolos ajenos,
decido que la niñez es intransferible
y que tengo muchas cosas que explicarte.

Ocaso – Manuel Machado

Era un suspiro lánguido y sonoro
la voz del mar aquella tarde… El día,
no queriendo morir, con garras de oro
de los acantilados se prendía.

Pero su seno el mar alzó potente,
y el sol, al fin, como en soberbio lecho,
hundió en las olas la dorada frente,
en una brasa cárdena deshecho.

Para mi pobre cuerpo dolorido,
para mi triste alma lacerada,
para mi yerto corazón herido,

para mi amarga vida fatigada…
¡el mar amado, el mar apetecido,
el mar, el mar, y no pensar nada…!