Aimé Césaire
Nunca fabricaron nada.
No inventaron nunca nada.
Nunca descubrieron nada
salvo el ala de la nada.
Y dio un paso atrás la muerte.
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Mercado de las ventas – Enrique Gracia Trinidad
Nada como las bolsas de plástico y de mimbre
flotando a media altura en el mercado,
bajo las manos de mujeres fuertes,
sobre pequeños carros donde un mundo cabe,
siempre dejando ver algún tallo de acelga,
una barra de pan o unas cebollas.
Es este un circo de alma insospechada:
el alboroto del frutero,
el perfume a embutido, a papel de envolver,
y la risa del tonto
que ayuda con las cajas de verdura.
El carnicero está de buen humor.
¡La mujer del pescado es tan hermosa!
No hay color en el mundo
como el que tiene un puesto de frutas apiladas,
un color oloroso de piel acariciable y fresca.
¡Hay tanta gente aquí, tanto alboroto!
-¿Quién da la vez?- repite el eco,
mientras un universo multicolor, sin tregua,
sofocante,
desfila siempre igual, distinto siempre,
junto al escaparate de aceitunas.
Se vocea el pimiento con eróticos gritos
y cómplices sonrisas,
interrogan al ojo del besugo,
miran en el profundo corazón
de la lechuga,
se palpa la manzana.
Es este el paraíso reencontrado.
A las diez de la noche
ángeles de amoniaco lo dejarán a oscuras, en silencio.
Pero antes de que llegue la limpieza
tenaz y redentora,
aunque el suelo esté sucio y maloliente,
el aire es de limones, de laurel o canela,
de verde perejil, gamba roja, café,
queso manchego,
vida.
Siempre se ve un cangrejo fugitivo
que busca un niño al que asustar
y lo consigue.
Monzón del mar – Blas de Otero
Ahora que estamos lejos, tú de mí,
yo, revolviendo la tierra por encontrarme,
he preguntado al viento de Pekín
que llega grávido de mares,
en qué cadera tuya o cantil
se apoya mi memoria, esperándome;
no estoy desarraigado aunque ande así,
más bien como una rama en el aire
agarrada con las dos manos a su raíz,
precisamente esta tarde
oigo el golfo de Vizcaya aquí
en el fondo del viento de estos mares
de China, jadeantes de nocturno marfil.
Túmulo de la noche – José Manuel Caballero Bonald
Túmulo de la noche
mefítica, entre la amoratada
salmodia de los árboles,
cuando el negro crespón penitenciario
del mar me guarecía
de la injusta intemperie,
no
lo toquéis con vuestras manos: sagrada
es su pacífica frontera y allí yace
el cadáver del tiempo, la carroña
que arrastra el renegado, la palabra
culpable, el asesino,
no lo miréis
con vuestros ojos
gemelos ya a la sangre en que se fijan.
Túmulo infecto de la noche, cuando
con la temible luna hendiendo
las insaciables olas,
no busqué merecerme más refugio
que el de la libertad
junto al ruinoso barracón
marino, cerca
del taciturno azul del arrecife.
Noble tierra maldita, vigilantes
muros de odio, no cerquéis
ese confín desierto, ese nocturno
cuerpo intocable erguido
entre las gradas y los malecones,
vientre abierto del mundo, cuando
con la áspera lengua del verano
fermentando entre líquenes
sedientos, no encontré
más fundación de luz que la tiniebla.
Ancla plateada – Luna Miguel
Eres un buen momento para nacerme de este brazo.
Para nacerme de las rodillas.
Para nacerme:
nunca del vientre,
sí del tatuaje plateado.
Antes del óxido yo lo era todo.
Ahora soy futuro.
El hilo delicado que se anuda en el ancla.
El principio de realidad – Félix Grande
Entre ruinas, entre periódicos sangrientos
se vienen consumando tu muñón y tu ultraje;
infames educados, chaquets llenos de lobo
amenazan a tu conciencia, te martirizan.
Tú venías con una partitura, traías
el pedal de un piano junto a un vaso
para beber el zumo de la amistad -tu sed
pudo haber hecho algún bien en el barrio.
Y te esperaban en la trinchera, vigilaban
tu alma con un espejo retrovisor, caíste
en un espeso charco rojo en donde
kilómetros de venas se habían vaciado aullando.
El charco estaba a la entrada del teatro;
del escenario, lleno de mapas y altavoces,
fluía una voz monótona que hacía promesas: himnos
y porras y papeles, en contrapunto, persuadían.
Lo que has visto ha tornado inflamable a tu idea;
vas a hablar y te aflora por la boca una llama
que solloza tambaleándose entre saliva;
te sueñas como incendio o dragón decadente.
Aquí dan de beber gasolina. En los parques
hay locos incubando crímenes laboriosos.
Vivir parece el epicentro de la desgracia.
Y hace ya veinte años se desmanda el brasero.
El brasero mundial que marea y atufa
antes de reducir a cenizas la vida.
Cada persona es un sobreviviente. Los niños
son desastres subdesarrollados. Hija mía.
Hubo un tiempo en el cual temías volverte loco:
eras feliz, te daba poco miedo la vida,
o bien te daba poco miedo el horror: te hallabas
algo más lejos que hoy de tu cero abrasado.
Venías con alpargatas para andar entre amigos
y viste las aceras asaetadas de esputos
de todos los que duermen fumando. El ocaso
trae un tambor. Amanece con cicatrices.
Contiene más carcoma que madera este baúl.
Ya no quieren los pájaros detenerse en los hilos
del telégrafo: se lastiman con las premoniciones
con que los países, enojados, demoran la barbarie.
Ahora esperas la bala o la hoguera mitológica
o el timbrazo furioso en la puerta, o la locura,
la locura entrañable, dulce, amada mía.
Tú, que venías con una partitura de amor.
Amor a una mañana – Jorge Guillén
Mañana, mañana clara:
¡si fuese yo quien te amara!
Paso a paso en tu ribera,
yo seré quien más te quiera.
Hacia toda tu hermosura
mi palabra se apresura.
Henos sobre nuestra senda.
Déjame que yo te entienda.
¡Hermosura delicada
junto al filo de la nada!
Huele a mundo verdadero
la flor azul del romero.
¿De tal lejanía es dueña
la malva sobre la peña?
Vibra sin cesar el grillo
A su Paciencia me humillo.
¡Cuánto gozo a la flor deja
Preciosamente la abeja!
Y se zambulle, se obstina
la abeja. ¡Calor de mina!
El grillo ahora acelera
su canto. ¿Más Primavera?
Se pierde quien se lo pierde.
¡Qué mío el campo tan verde!
Cielo insondable a la vista:
amor es quien te conquista.
¿No merezco tal mañana?
Mi corazón se la gana.
Claridad, potencia suma:
mi alma en ti se consuma.
Camposanto en Colliure – Ángel González
Aquí paz,
y después gloria.
Aquí,
a orillas de Francia,
en donde Cataluña no muere todavía
y prolonga en carteles de «Toros à Ceret»
y de «Flamenco’s Show»
esa curiosa España de las ganaderías
de reses bravas y de juergas sórdidas,
reposa un español bajo una losa:
paz
y después gloria.
Dramático destino,
triste suerte
morir aquí
paz
y después…
perdido,
abandonado
y liberado a un tiempo
(ya sin tiempo)
de una patria sombría e inclemente.
Sí; después gloria.
Al final del verano,
por las proximidades
pasan trenes nocturnos, subrepticios,
rebosantes de humana mercancía:
manos de obra barata, ejército
vencido por el hambre
paz…,
otra vez desbandada de españoles
cruzando la frontera, derrotados
…sin gloria.
Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.
¿Qué precio es el peor?
Me lo pregunto
y no sé qué pensar
ante esta tumba,
ante esta paz
«Casino
de Canet: spanish gipsy dancers»,
rumor de trenes, hojas…,
ante la gloria ésta
…de reseco laurel
que yace aquí, abatida
bajo el ciprés erguido,
igual que una bandera al pie de un mástil.
Quisiera,
a veces,
que borrase el tiempo
los nombres y los hechos de esta historia
como borrará un día mis palabras
que la repiten siempre tercas, roncas.
La culpa – Rosa Chacel
La culpa se levanta al caer de la tarde,
la oscuridad la alumbra,
el ocaso es su aurora…
Se empieza a oír la sombra desde lejos
cuando el cielo está limpio aún sobre los árboles
como una pampa verdeazul, intacta,
y el silencio recorre
los quietos laberintos de arrayanes.
Llegará el sueño: alerta está el insomnio.
Antes que caiga la cortina oscura,
gritad al menos, hombres,
como el pavón metálico que grazna su lamento
desgarrado en la rama de la araucaria.
Gritad con voces múltiples,
piad entre la enredadera,
entre las hiedras y rosales trepadores.
Buscad refugio en las glicinas
con los gorriones y zorzales
porque avanza la onda de la noche
y su ausencia de luz,
y su implacable huésped
de suaves pasos, el peligro…
Definitivamente pesimista – Carmen Jodra Davó
La vida es desengaño y desengaño,
uno detrás de otro, nada más,
sin más consuelos que la cama tibia
y chispas de Belleza inmaterial.
Y detrás de eso siempre estará el mundo
con su hedor cadavérico y su faz
de horribles cicatrices, y este agónico
e implacable terror al más allá…