La noche yace en el jardín.
La oscuridad en silencio respira.
Cae del agua una gota de tiempo.
Un día más se ha sepultado en mi cuerpo.
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Tu seno… – Max Aub
Tu seno,
-guindas, rosas y armiño-
en mi mano pleno,
«eso no, eso no»
me miraste.
Tu cabeza en mi hombro,
¿has dormido?
¿has fingido?
Cobardía – Amado Nervo
Pasó con su madre. ¡Qué rara belleza!
¡Qué rubios cabellos de trigo garzul!
¡Qué ritmo en el paso! ¡Qué innata realeza
de porte! ¡Qué formas bajo el fino tul…!
Pasó con su madre. Volvió la cabeza:
¡me clavó muy hondo su mirar azul!
Quedé como en éxtasis…
Con febril premura,
«¡Síguela!», gritaron cuerpo y alma al par.
…Pero tuve miedo de amar con locura,
de abrir mis heridas, que suelen sangrar,
¡y no obstante toda mi sed de ternura,
cerrando los ojos, la deje pasar!
Música – Jaime Torres Bodet
Amanecía tu voz
tan perezosa, tan blanda,
como si el día anterior
hubiera
llovido sobre tu alma…
Era, primero, un temblor
confuso del corazón,
una duda de poner
sobre los hielos del agua
el pie
desnudo de la palabra
Después,
iba quedando la flor
de la emoción, enredada
a los hilos de la voz
con esos garfios de escarcha
que el sol
desfleca en cintillos de agua.
Y se apagaba y se iba
poniendo blanca,
hasta dejar traslucir,
como la luna del alba,
la luz
tenue de la madrugada.
Y se apagaba y se iba,
¡ay!, haciendo tan delgada.
Elegía de Lídice – Efraín Huerta
Pequeña mártir, tú, Lídice desgarrada,
llanto de fiebre y pólvora, de espanto desangrado,
diezmada flor de luto,
Lídice de sollozos y penetrante angustia,
calosfrío del paisaje de cenizas y cruces.
¿Qué pueden ser tu cielo y el meridiano donde
la sangre es una llama y la muerte una estela?
Eres pura y severa, Lídice solitaria,
Lídice de mineros, parientes fidedignos del metal;
eras tendido abrigo para el recio antinazi
que en la noche, en el día, desde sus mismas venas
disparaba y mataba.
Pequeño pueblo muerto, orquídea mutilada,
arrasada por sorda fusilería de crimen,
hermana de dulces aldeas de Yugoslavia
que han caído incendiadas.
Lídice: diez de junio es tu gloria y tu símbolo.
Diez de junio de rabia, de rencor sin remedio,
de odio y furia infernales.
¡Cómo suena tu nombre de flor maravillosa,
de geranio y clavel, de violeta marchita,
de alto y débil desnudo frente al paisaje roto!
Pero cierra los ojos y escucha, cercenada,
cómo hay en todo el mundo un aliento de vida,
una voz de esperanza,
un grito de terrible y concreta victoria.
Mira que tu substancia, tu esencia derrotada,
se alza en los Grandes Lagos,
junto al Mississippi,
donde una aldea hermana ha tomado tu nombre,
tu perfil de muchacha, tu cuerpo atravesado.
Y mira, en otro valle de inhumana belleza,
al pie de las montañas también, Lídice mártir,
tu sangre cauce para soñar sus frutos
Estás en nuestro seno, Lídice americana,
Lídice mexicana.
Para ti, flor de muerte, de vida y de martirio,
nuestra tierra es un canto,
nuestro amor es un puño
y nuestro corazón sobre tu tumba,
¡Lídice victoriosa!
Hecatombe – Julia Santibáñez
Los degollaron a la orilla del camino.
Carcasas huecas,
el ano agrandado con cuchillo,
el lodazal harto que moja los zapatos
de una tan roja que es bien negra.
Premonición: no tardan las moscas.
Apesta el calor sin aire,
el pelo que tembló de miedo.
Un dios que sabe de soberbias
recibiría, encantado, esta ofrenda.
Donde sólo se habla de amor – Juan Bañuelos
A los hombres, a las mujeres
que aguardan vivir sin soledad,
al espeso camaleón callado como el agua,
al aire arisco (es el aire un pájaro atrapado),
a los que duermen mientras sostengo mi vigilia,
a la mujer sentada en la plaza vendiendo su silencio.
En fin, diciendo ciertas cosas reales
en una lengua unánime, amorosa;
a los niños que sueñan en las frutas
y a los que cantan canciones sin palabras en las noches
compartiendo la muerte con la muerte,
los invito a la vida
como un muchacho que ofrece una manzana,
me doy fuego
para que pasen bien estos días de invierno.
Porque una mujer se acuesta a mi lado
y amo al mundo
Algo debe morir cuando algo nace… – Tomás Segovia
Algo debe morir cuando algo nace;
debe ser sofocado, y su sustancia
chupada para ser riego o lactancia
en que otro ser su urgencia satisface.
No habrá otra hora pues en que te abrace
mientras muerdo en la cándida abundancia
de tus dos pechos; no habrá ya otra instancia
en que tu cuerpo con mi cuerpo enlace;
no penetraré más en la garganta
anfractuosa de tu sexo alpino.
Tú a otra luz amaneces; yo declino.
Mi degollado ardor tu altar levanta,
mi reprimida hambre te alimenta,
y el yermo de mi lecho te cimenta.
Peña en el mar – José Emilio Pacheco
Como sufre esta roca atada siempre
a su noria de espuma.
El mar, el mar
inconsolable que la está batiendo
desde que la inventó con su materia.
Cuánto acarreo de furia y para qué
tanta inmovilidad como lo opuesto de aquella
fluidez de la fijeza.
No pasarán,
dice la tierra a la avidez de las olas.
Un beso nada más – Manuel María Flores
Bésame con el beso de tu boca,
cariñosa mitad del alma mía:
un solo beso el corazón invoca,
que la dicha de dos… me mataría.
¡Un beso nada más! Ya su perfume
en mi alma derramándose la embriaga
y mi alma por tu beso se consume
y por mis labios impaciente vaga.
¡Júntese con la tuya! Ya no puedo
lejos tenerla de tus labios rojos…
¡Pronto… dame tus labios! ¡Tengo miedo
de ver tan cerca tus divinos ojos!
Hay un cielo, mujer en tus abrazos,
siento de dicha el corazón opreso…
¡Oh! ¡Sosténme en la vida de tus brazos
para que no me mates con tu beso!