¡Oh, refulgentes astros!, cuya lumbre
el manto oscuro de la noche esmalta,
y que en los altos cercos silenciosos
giráis mudos y eternos;
y ¡oh tú, lánguida luna!, que argentada
las tinieblas presides, y los mares
mueves a tu placer, y ahora apacible
señoreas el cielo:
¡ay, cuántas veces, ay, para mí gratas,
vuestro esplendor sagrado ha embellecido
dulces felices horas de mi vida
que a no tornar volaron!
¡Cuántas veces los pálidos reflejos
de vuestros claros rostros derramados,
húmedos resbalar por las colinas
vi, apacibles, del Betis,
y en su puro cristal vuestra belleza
reverberar con cándidos fulgores
admiré, al lado de mi prenda amada,
más que vosotros bella!
Ahora, al brillar en las salobres ondas,
solo y mísero, prófugo y errante,
de todo bien me contempláis desnudo
y a compasión os muevo.
¡Ay! Ahora mismo vuestras luces claras,
que el mar repite y reverente adoro,
se derraman también sobre el retiro,
donde mi bien me llora.
Tal vez en este instante sus divinos
ojos clava en vosotros, ¡oh, lucientes
astros!, y os pide, con lloroso ruego,
que no alteréis los mares.
Y el trémulo esplendor de vuestras lumbres
en las preciosas lágrimas rïela,
que esmaltan, ¡ay!, sus pálidas mejillas
y más bella la tornan.
Archivo de la etiqueta: poesia
Astimelesa – Alcmán
Con un deseo que desmaya el cuerpo
dirige una mirada que hace desfallecer
más que el sueño y la muerte:
sin vanidad alguna, es ella dulce.
Astimelesa nada me responde.
Recoge la guirnalda como un astro que vuela
por un cielo radiante
como un tallo dorado, como una pluma suave.
Con pies esbeltos cruza.
Y como brilla el bálsamo de Chipre
sobre las cabelleras de las jóvenes,
así, solicitada, camina Astimelesa entre la gente
y alcanza un gran honor.
Si acaso me viniera y me tomara
de la tierna mano, yo
al instante sería
un suplicante suyo.
El silencio – Carilda Oliver Labra
A Raúl Luis
No lo puedo decir. La voz precisa
quedó bajo el silencio sepultada;
cuando retoza el crimen ya no es nada
el diente que pelea en la sonrisa.
No lo puedo decir. Y acaso es largo
el camino que el daño me asegura.
No lo puedo decir, y sin embargo
sé que está cerca la total negrura.
No lo puedo decir ...Todas las penas
se van volviendo ya como serenas
soledades que aquí no tienen signo.
Aunque la muerte simplemente abra,
aunque al fin me arrebaten la palabra
no me voy a callar ni me resigno.
El eco del deseo – Meleagro
Sin descanso me inunda los oídos el eco del Deseo.
Mis ojos en silencio a las Pasiones le ofrecen llanto dulce.
No trajeron sosiego ni la noche ni el fulgor de los días,
y ya en mi corazón la cicatriz de filtros amorosos
instalada se sabe. Ay, Amores alados, ¿no me sobrevolasteis
otras veces?
¿Por qué no sois capaces de remontar el vuelo?
No es sólo belleza – Samira Brigüech
¡Qué belleza volver a amanecer
adornado de chispas fugaces,
y a sus labios unir la lealtad
y la traición de la mar,
y el brillar y encender
del tiempo!
¡Qué belleza alentar
la lluvia y la tierra,
el sabor agridulce del invierno,
la sencillez de mi pueblo de pan,
con aquella su tenue fragancia
dorada de tantos y tantos lloros!
¡Qué belleza al despertarme
soñando con volver a sentir,
ver, gozar, de toda esta vida
esculpida en oro y plata pero que…
no es sólo belleza!
Lamento – Eugenio de Nora
¡Seguid, seguid ese camino,
hermanos;
y a mí dejadme aquí
gritando!
¡Dejadme aquí! Sobre esta tierra seca,
mordido por el viento áspero
—campanario de Dios
frente al derrumbe rojo del ocaso—.
¡Dejadme aquí! Quiero gritar,
tan hondo en el dolor, tan alto,
que mi voz no se oiga sino lejos, muy lejos,
libertada del tiempo y del espacio.
¡Dejadme aquí! Dejadme aquí,
gritando...
A Eugenio de Nora – Blas de Otero
Hay una rabia dentro de los ojos,
una rabia de Dios y de los hombres,
y de ti mismo y de mí mismo. Nada
es comparable a un mar que ya se rompe.
Que ya no puede más. Pero nosotros
insistimos, entramos por la noche
no con las manos, no, tendidas, nunca:
gritando a voces y llamando a golpes.
¡A fuerza de querer que se despierten,
palios de luz, penumbra de rincones,
todo, lo desgarramos, no queremos
limosna: manos no, garras insomnes!
Amigo mío, mi cansancio es bello.
Se parece a ese ruido de los bosques.
Cualquier día sabrás que me he callado,
como hice ayer, para inventar más nombres.
Tú y yo, cogidos de la muerte, alegres,
vamos subiendo por las mismas flores:
un manto rojo, en pleamar, el tuyo;
un manto verde, como el mar, el monte.
Apóyate. Ay, apoyémonos.
No te importe ser mástil. Que se ahonde
más, y que, hendiendo por el fondo, falte
arriba poco para hender los soles.
Yo entré en aquella jaula en lugar de la fiera… – Joseph Brodsky
Yo entré en aquella jaula en lugar de la fiera...
y gravé mi condena y mi apodo en prisión,
habité junto al mar y jugué a la ruleta,
y vestido de frac comí con no sé quién.
Asomado a un glaciar he visto medio mundo,
tres veces naufragué y dos me acuchillaron.
Abandoné el país que me daba sustento.
Quienes me han olvidado son casi una ciudad.
Vagué por las estepas que aún recuerdan al huno,
vestí lo que hoy ha vuelto a ponerse de moda,
sembré trigo, cubrí los graneros con brea,
y sólo me faltó beberme el aguarrás.
Dejé entrar en mis sueños el ojo azul del guardia,
comí el pan del destierro sin dejar la corteza.
Permití a mi garganta todo menos aullar.
He pasado al susurro. Ya cumplí los cuarenta.
¿Qué decir de la vida? Que ha resultado larga.
Sólo con la desgracia me siento solidario.
Pero mientras mi boca no se llene de barro
de ella sólo verán brotar la gratitud.
Aquí estoy expuesta como todos – Gloria Fuertes
Aquí estoy expuesta como todos,
con una mano ya en el otro mundo,
con una suave cuerda en la garganta
que me da música y me quita sangre.
Esto de escribir esto es horroroso,
—un día moriré de amar a alguien—,
lo llaman ser poeta y es ser santo,
nadie nos canoniza pero andamos,
con raras aureolas por las sienes,
por las noches a veces relucimos,
con invisibles seres conversamos,
apariciones múltiples tenemos
y dormimos sentados en la sala.
Nos desprecian los jefes, se nos ríen
detrás los empleados,
y los perros nos siguen por las calles.
Que yo tengo de santo y de mendigo
esto de amar a un ser sobre las cosas
esto de no tener nunca zapatos
y esto de que Dios baje por peinarme.
Trozo – Gloria Fuertes
Van saltando los tigres de la noche
por el cuerpo rendido de la aurora.
Van los cisnes rugiendo suavemente
por el aire del agua del incienso.
Va la sangre mojando nuestra pluma
y va el hombre exprimiendo su racimo.
Va la vida a otra vida sin excusa.
Todo marcha y se empuja por asirse,
solo un terco oriental ensimismado
besándose a sí mismo a Dios le besa.