Eres un buen momento para nacerme de este brazo.
Para nacerme de las rodillas.
Para nacerme:
nunca del vientre,
sí del tatuaje plateado.
Antes del óxido yo lo era todo.
Ahora soy futuro.
El hilo delicado que se anuda en el ancla.
Eres un buen momento para nacerme de este brazo.
Para nacerme de las rodillas.
Para nacerme:
nunca del vientre,
sí del tatuaje plateado.
Antes del óxido yo lo era todo.
Ahora soy futuro.
El hilo delicado que se anuda en el ancla.
Entre ruinas, entre periódicos sangrientos
se vienen consumando tu muñón y tu ultraje;
infames educados, chaquets llenos de lobo
amenazan a tu conciencia, te martirizan.
Tú venías con una partitura, traías
el pedal de un piano junto a un vaso
para beber el zumo de la amistad -tu sed
pudo haber hecho algún bien en el barrio.
Y te esperaban en la trinchera, vigilaban
tu alma con un espejo retrovisor, caíste
en un espeso charco rojo en donde
kilómetros de venas se habían vaciado aullando.
El charco estaba a la entrada del teatro;
del escenario, lleno de mapas y altavoces,
fluía una voz monótona que hacía promesas: himnos
y porras y papeles, en contrapunto, persuadían.
Lo que has visto ha tornado inflamable a tu idea;
vas a hablar y te aflora por la boca una llama
que solloza tambaleándose entre saliva;
te sueñas como incendio o dragón decadente.
Aquí dan de beber gasolina. En los parques
hay locos incubando crímenes laboriosos.
Vivir parece el epicentro de la desgracia.
Y hace ya veinte años se desmanda el brasero.
El brasero mundial que marea y atufa
antes de reducir a cenizas la vida.
Cada persona es un sobreviviente. Los niños
son desastres subdesarrollados. Hija mía.
Hubo un tiempo en el cual temías volverte loco:
eras feliz, te daba poco miedo la vida,
o bien te daba poco miedo el horror: te hallabas
algo más lejos que hoy de tu cero abrasado.
Venías con alpargatas para andar entre amigos
y viste las aceras asaetadas de esputos
de todos los que duermen fumando. El ocaso
trae un tambor. Amanece con cicatrices.
Contiene más carcoma que madera este baúl.
Ya no quieren los pájaros detenerse en los hilos
del telégrafo: se lastiman con las premoniciones
con que los países, enojados, demoran la barbarie.
Ahora esperas la bala o la hoguera mitológica
o el timbrazo furioso en la puerta, o la locura,
la locura entrañable, dulce, amada mía.
Tú, que venías con una partitura de amor.
Mañana, mañana clara:
¡si fuese yo quien te amara!
Paso a paso en tu ribera,
yo seré quien más te quiera.
Hacia toda tu hermosura
mi palabra se apresura.
Henos sobre nuestra senda.
Déjame que yo te entienda.
¡Hermosura delicada
junto al filo de la nada!
Huele a mundo verdadero
la flor azul del romero.
¿De tal lejanía es dueña
la malva sobre la peña?
Vibra sin cesar el grillo
A su Paciencia me humillo.
¡Cuánto gozo a la flor deja
Preciosamente la abeja!
Y se zambulle, se obstina
la abeja. ¡Calor de mina!
El grillo ahora acelera
su canto. ¿Más Primavera?
Se pierde quien se lo pierde.
¡Qué mío el campo tan verde!
Cielo insondable a la vista:
amor es quien te conquista.
¿No merezco tal mañana?
Mi corazón se la gana.
Claridad, potencia suma:
mi alma en ti se consuma.
Aquí paz,
y después gloria.
Aquí,
a orillas de Francia,
en donde Cataluña no muere todavía
y prolonga en carteles de «Toros à Ceret»
y de «Flamenco’s Show»
esa curiosa España de las ganaderías
de reses bravas y de juergas sórdidas,
reposa un español bajo una losa:
paz
y después gloria.
Dramático destino,
triste suerte
morir aquí
paz
y después…
perdido,
abandonado
y liberado a un tiempo
(ya sin tiempo)
de una patria sombría e inclemente.
Sí; después gloria.
Al final del verano,
por las proximidades
pasan trenes nocturnos, subrepticios,
rebosantes de humana mercancía:
manos de obra barata, ejército
vencido por el hambre
paz…,
otra vez desbandada de españoles
cruzando la frontera, derrotados
…sin gloria.
Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.
¿Qué precio es el peor?
Me lo pregunto
y no sé qué pensar
ante esta tumba,
ante esta paz
«Casino
de Canet: spanish gipsy dancers»,
rumor de trenes, hojas…,
ante la gloria ésta
…de reseco laurel
que yace aquí, abatida
bajo el ciprés erguido,
igual que una bandera al pie de un mástil.
Quisiera,
a veces,
que borrase el tiempo
los nombres y los hechos de esta historia
como borrará un día mis palabras
que la repiten siempre tercas, roncas.
La culpa se levanta al caer de la tarde,
la oscuridad la alumbra,
el ocaso es su aurora…
Se empieza a oír la sombra desde lejos
cuando el cielo está limpio aún sobre los árboles
como una pampa verdeazul, intacta,
y el silencio recorre
los quietos laberintos de arrayanes.
Llegará el sueño: alerta está el insomnio.
Antes que caiga la cortina oscura,
gritad al menos, hombres,
como el pavón metálico que grazna su lamento
desgarrado en la rama de la araucaria.
Gritad con voces múltiples,
piad entre la enredadera,
entre las hiedras y rosales trepadores.
Buscad refugio en las glicinas
con los gorriones y zorzales
porque avanza la onda de la noche
y su ausencia de luz,
y su implacable huésped
de suaves pasos, el peligro…
La vida es desengaño y desengaño,
uno detrás de otro, nada más,
sin más consuelos que la cama tibia
y chispas de Belleza inmaterial.
Y detrás de eso siempre estará el mundo
con su hedor cadavérico y su faz
de horribles cicatrices, y este agónico
e implacable terror al más allá…
Contra mi tacto evocador me afano.
Con los más duros y ásperos pertrechos
he trabajado hasta dejar deshechos
por el hierro los dedos de esta mano.
Los quiero embrutecer, pero es en vano;
en sus fibras más íntimas, maltrechos,
aún guardan la memoria de tus pechos,
su tibia paz, su peso soberano.
Ni violencias ni cóleras impiden
que fieles y calladas a porfía
mis manos sueñen siempre en su querencia,
ni mil heridas lograrán que olviden
que acariciaron largamente un día
la piel del esplendor y su opulencia.
Angustiosa armonía
de estos dos infinitos,
que se limitan, ¡ay!,
Que quieren recojerse
en una esfera de delicia,
con otra forma, en la del cuerpo humano!
¡Presentimiento inmenso,
en su fuente secreta,
de formas inefables, continentes
del alma nueva del futuro!
¿No oyes sus jadeos? Cada vez
yo los oigo más cerca: solo,
contigo, en medio del verano,
entre los gritos de la multitud,
junto al fuego, en invierno,
con un hermoso libro,
en el crujido de la nieve,
en el estruendo de la lluvia,
cuando enciendo las luces de mi casa,
cuando el mar, cuando llegas,
cuando alargo la mano
hacia los rojos frutos palpitantes.
Está ahí, al acecho,
alza la zarpa, espera.
Tú no la ves, sonríes,
sonrío yo también.
Déjame que te bese una vez más
antes de que su aliento nos alcance.