Archivo de la categoría: Poesia española

Dolor – Rocío Arana

DOLOR de ser contigo para ti
y no tener tus manos de silencio.
Dolor de ver la vida tan hermosa
desvestida de fiesta tras la lluvia
olor a pueblo, tierra, tulipanes
mojados en un patio blanco y rojo
y no tener un tú para contarlo.
Dolor de lo que fue, lo que no fue,
dolor de la callada por respuesta,
de tu llaga en mi boca derruida
doliéndome tu voz cuando callaste.
Dolor de ser feliz o de intentarlo,
dolor de ser feliz en este yermo
donde crecen las flores a deshora.

Mujer desnuda ante el espejo – Jaime Siles



Una mujer desnuda
delante del espejo
fluye por el cristal
anónimo del tiempo.
Flota en un mar de azogue
con su cielo hacia dentro
llevada por las olas
de su mismo reflejo.
Está ahí y no está
más cerca ni más lejos,
más allá de sus ojos,
más allá de su cuerpo.
Está siempre marchándose¡
y está siempre viniendo.
No se ha ido aún
y ya está de regreso.
Vuelve, se va y vuelve.
Vuelve y se va volviendo.
Borrada en la brisa
y en el color del viento.
Respirada, vivida
en el vaho soñoliento,
¿te creo o te imagino?,
¿te veo o te invento?
Tú, dentro del cristal,
y yo, dentro del tiempo,
sin poder encontrarnos,
sin poder poseernos.
Un relámpago rápido.
Un relámpago lento,
y nosotros, sumidos
en el son de lo eterno.

Rimas – Francisco Villaespesa

La noche me envolvió como un perfume;
y en el silencio tus pisadas eran
un lento resbalar de terciopelos
sobre una frágil ilusión de seda.

Tembló tu corazón bajo mi mano
con timideces de paloma presa,
y aspiré en el aliento de tu boca
todo el perfume de la primavera.

Tus rizos me envolvieron. Y entre el vago
olor a musgo de tu cabellera,
suspirante absorbí como un veneno
el acre aroma de tu carne enferma.

Los días tres… – Olvido García Valdés

Los días tres celebran la venida
del uno al otro y del quedarse, son
comienzo de meses y de años, mecanismo
que anuncia memorias que vendrán.
Si no es feliz la vida, sí es entera
y verdadera y se conocen y aman
como son, y la desdicha, y la luz, y
el amor son una sola cosa y el viento
en los árboles y el cuidar, saber
del otro que ya llega.

SOBRE EL PÁRAMO AGRESTE – JOSÉ LUIS GARCÍA HERRERA

Escribo para no morir. Ese es mi oficio.
Unir palabras sobre una estepa blanca
donde no caben las mentiras y la verdad duele
aunque cure todas las heridas que no he visto.
Hablo contra el viento para escuchar
todo lo que he escrito antes de que el día
fallezca entre las fauces de la noche.
Son palabras que queman en la piel
los días vividos en el majal de la rutina,
en el apeadero de los sueños rotos
y en la cantina de las promesas incumplidas.
En los amaneceres de la nada escribo
para no morir, para saberme hombre
entre las calles que nadie recorre
llamándome con la voz de los milagros.
Escribo para quien, un día, quizá lejano,
encuentre entre mis versos un ápice de esa vida
que he ido dejando -gotas de sangre o tinta-
sobre el páramo agreste de todos mis silencios.

Presencia – Pureza Canelo

En ti toda la hora buscando		
la distancia más alta del insecto,		
la fibra de la montaña		
envuelta en pinos, en la leyenda		
de parte a parte, de boca a boca,		
como la oscuridad del verso.		
Y sueño mi corazón.		
Bajo el peldaño de la concha,		
bajo otra, bajo más		
la compañía de ti, amor de la noche		
bajo el sol,		
tú, conservador del alma mía,		
de los besos que no existen,		
con todas las nubes acampanadas,		
el tiempo sin el olvido,		
en mi perseverancia.		

Amor, tú, único domador de mis huesos,		
de la distancia,		
de la copla sonámbula,		
este destino en que deshaces mis nudos		
como en ventana abierta.		
Y aquí en la tarde		
cuando la presencia no va a dormir nunca		
no es tu cabeza quien me convoca a ti		
sino el hormiguero de vuelta ya		
que encontrará en la noche		
su martillo silencioso.

Mercado de las ventas – Enrique Gracia Trinidad


Nada como las bolsas de plástico y de mimbre
flotando a media altura en el mercado,
bajo las manos de mujeres fuertes,
sobre pequeños carros donde un mundo cabe,
siempre dejando ver algún tallo de acelga,
una barra de pan o unas cebollas.

Es este un circo de alma insospechada:
el alboroto del frutero,
el perfume a embutido, a papel de envolver,
y la risa del tonto
que ayuda con las cajas de verdura.
El carnicero está de buen humor.
¡La mujer del pescado es tan hermosa!

No hay color en el mundo
como el que tiene un puesto de frutas apiladas,
un color oloroso de piel acariciable y fresca.
¡Hay tanta gente aquí, tanto alboroto!
-¿Quién da la vez?- repite el eco,
mientras un universo multicolor, sin tregua,
sofocante,
desfila siempre igual, distinto siempre,
junto al escaparate de aceitunas.
Se vocea el pimiento con eróticos gritos
y cómplices sonrisas,
interrogan al ojo del besugo,
miran en el profundo corazón
de la lechuga,
se palpa la manzana.

Es este el paraíso reencontrado.
A las diez de la noche
ángeles de amoniaco lo dejarán a oscuras, en silencio.

Pero antes de que llegue la limpieza
tenaz y redentora,
aunque el suelo esté sucio y maloliente,
el aire es de limones, de laurel o canela,
de verde perejil, gamba roja, café,
queso manchego,
vida.
Siempre se ve un cangrejo fugitivo
que busca un niño al que asustar
y lo consigue.

Monzón del mar – Blas de Otero

Ahora que estamos lejos, tú de mí,
yo, revolviendo la tierra por encontrarme,
he preguntado al viento de Pekín
que llega grávido de mares, 
en qué cadera tuya o cantil
se apoya mi memoria, esperándome;
no estoy desarraigado aunque ande así, 
más bien como una rama en el aire
agarrada con las dos manos a su raíz, 
precisamente esta tarde
oigo el golfo de Vizcaya aquí
en el fondo del viento de estos mares
de China, jadeantes de nocturno marfil.

Túmulo de la noche – José Manuel Caballero Bonald

Túmulo de la noche
mefítica, entre la amoratada
salmodia de los árboles,
cuando el negro crespón penitenciario
del mar me guarecía
de la injusta intemperie,
                         no
lo toquéis con vuestras manos: sagrada
es su pacífica frontera y allí yace
el cadáver del tiempo, la carroña
que arrastra el renegado, la palabra
culpable, el asesino,
                     no lo miréis
con vuestros ojos
gemelos ya a la sangre en que se fijan.

Túmulo infecto de la noche, cuando
con la temible luna hendiendo
las insaciables olas,
no busqué merecerme más refugio
que el de la libertad
junto al ruinoso barracón
marino, cerca
del taciturno azul del arrecife.

Noble tierra maldita, vigilantes
muros de odio, no cerquéis
ese confín desierto, ese nocturno
cuerpo intocable erguido
entre las gradas y los malecones,
vientre abierto del mundo, cuando
con la áspera lengua del verano
fermentando entre líquenes
sedientos, no encontré
más fundación de luz que la tiniebla.